Hace tiempo que la política, en un mundo sectario y de pretensiones globalistas, ha perdido su dimensión ética y se ha convertido en cínica manipulación. El Sistema basura que padecemos ejerce una lobotomización estructural que actúa sobre las muchedumbres condenándolas a la pasividad crítica. De lo que se trata es de que existan unos chivos expiatorios sobre los que cargar todo aquello que resulta socialmente frustrante, alejando así de las oligarquías el malestar y las hipotéticas represalias de la plebe.

Todo ciudadano renuente que ni acepta las consignas del pensamiento único ni es sectario de ninguna doctrina o religión, se convierte de inmediato en reo de sanción, marginación o cárcel, incluso de muerte. Será «fascista», «franquista», «negacionista», «sedicioso», «anacrónico», o cualquier otro epíteto al uso inventado por voluntades mezquinas, espíritus intoxicadores o demócratas de diseño; alguien, en definitiva, sospechoso para las mil caras del Mal, un lobo solitario carente de la sensibilidad que requieren los nuevos tiempos de colectivismo ecuménico. 

Y ello porque lo que hasta ahora veíamos normal y aceptable -los valores de la decencia cívica, del esfuerzo, de la libertad o del sentido de la solidaridad- se ha convertido en vetustez y obsolescencia, en lastres sociales más indicados para los tiempos de Maricastaña que para nuestros flamantes días de hogaño. Algo, en definitiva, no sólo ridículo, sino ominoso para el feliz proyecto comunal. 

El individuo que no acata las abominaciones globalistas, con sus múltiples ramificaciones sectarias, no es, como sería lógico, una víctima del turbio proyecto capital-comunista, sino un maldito conspirador, un insurrecto residual que, por no saber jugar sus cartas, se ha echado al monte dispuesto a llevarse por delante la gobernabilidad, el consenso, la calma, la paz de los sepulcros, o cualquier atisbo de orden social. Y para que no contamine a la sociedad alegre y confiada es por lo que debe ser descalificado y suprimido. ¡Al Gulag con él! 

Y con tal insidia y afán exterminador, los nuevos amos mundiales y sus sicarios -sectarios de izquierdas y derechas, religiosos y ateos, blancos y tintos- están desbaratando la razón, los códigos y valores tradicionales y de principios, los símbolos, los mitos y las crónicas literarias, artísticas e históricas que han fraguado la cultura occidental y nos han moldeado hasta ser lo que hemos sido hasta ahora; y están, como digo, convirtiendo en traidores, transgresores o en rebeldes «sin causa» a quienes defienden la cultura de la resistencia frente a la aberración, la injusticia y el liberticidio.

Es decir, para llevar a feliz término sus demenciales agendas, esta barbarie con piel de terciopelo conocida como NOM, y sus excrecencias de izquierdas y derechas, no pueden permitir en su seno la existencia de voces críticas, de «cavernas» intelectuales, de conciencias ilustradas y lúcidas, defensoras de la libertad, la individualidad solidaria, la abnegación y la excelencia. 

Tras todo lo antedicho, y con una masa crítica dispersa en centenares de taifas patrióticas, es obligado insistir en lo obvio: primero, sólo la unidad hace la fuerza; segundo, una sociedad que, abducida por cualesquiera consignas inhumanas y degradantes -en este caso capital-comunistas-, renuncia a la defensa de esas aspiraciones, abandonando su dignidad a rebufo de totalitarios y de mansos, está condenada a ser dirigida por esbirros políticos a sueldo de oscuros poderes irracionales.