El advenimiento, a hipervelocidad, de la sociedad neototalitaria de rostro democrático es un hecho. El orden mundial anterior a la declaración de la pandemia por parte de la OMS el 11 de marzo de 2020, hoy es la sombra de un lejano recuerdo frente a la nueva normalidad global.

No viene mal recordar que, durante esos primeros días del año pasado, el organismo internacional llegó a la conclusión, en su evaluación de la situación, de que “no es solo una crisis de salud pública, sino que afectará a todos los sectores, haciendo un llamamiento para que los países adopten un enfoque pangubernamental y pansocial, en torno a una estrategia integral dirigida a prevenir las infecciones, salvar vidas y reducir al mínimo las consecuencias de la pandemia”. Dos días después, su Director General, Tedros Adhanom Ghebreyesus, declaró que “Europa se ha convertido en el epicentro de la pandemia, con más casos y muertes notificadas que el resto del mundo junto, al margen de la República Popular de China”. El 14 de enero de 2020, casi dos meses antes, la OMS convocó una rueda de prensa en la que declaró que, “En base a la experiencia con patógenos respiratorios, existe el riesgo de una posible transmisión entre seres humanos en los 41 casos confirmados en la República Popular China. Ciertamente es posible que se esté produciendo una transmisión limitada entre seres humanos”. Al día de hoy, según los datos de seguimiento de la Universidad Johns Hopkins, hay más de 100.000.000 de casos de contagio y casi 2.200.000 de muertes provocadas por el virus chino.

Ya se hablaba oficialmente de la “pangobernabilidad” y “pansocialidad” del nuevo orden global “panpostdémico”. Un gobierno, un modelo social y una narrativa, totales, que van tomando cuerpo a hipervelocidad. El terror sanitario es su vehículo y en él viaja el necesario “pan” control social.

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La normalización de la dictadura perfecta -la que parece no serlo y que es aceptada por la población gustosamente- es verdaderamente asombrosa y para ello ejercer el control es necesario. Es sintomático ver que el Ayuntamiento de Madrid ha destinado 218 Agentes de la Policía Municipal y la Unidad Aérea de drones para controlar que todos cumplan las normas restrictivas sanitarias. Da igual el signo político de la gestión, ya que, ante las evidencias, las categorías de izquierdas o derechas han dejado de significar algo. Cuando se utiliza la alta tecnología para la vigilancia de los movimientos ciudadanos, sean cuales sean sus motivaciones, estamos en terreno del orwellianismo puro y duro.  Del Big Data al Big Brother sin escalas.

El escenario de confinamientos, dispositivos de seguridad, zonas básicas de salud, localidades y municipios de los que no está permitido entrar ni salir salvo por motivos justificados es asombrosamente un símil al escenario bélico.  Las autoridades, con la discrecionalidad que brinda el estado de excepción, aplican sanciones (entre los 600 y los 600.000 euros) para quienes se arriesguen a ser detectados por el dron del Buen Alcalde que Todo lo Ve.

Hablamos de millones de personas que ven y sufren la reducción o cierre literal del aforo de la libertad y la conciencia. Eso también es una manifestación de la misma corrección política compartida por unos y otros. Los cada vez más tímidos y escasos planteamientos de cierta oposición política, quedaron reducidos solo a lo discursivo y corren el riesgo de convertirse en algo testimonial, y aún peor, de ser funcionales al sistema, de forma consciente o no.

El Gran Hermano de la vigilancia global observa con ojo certero y firmeza el movimiento del vecino cuando sale a comprar una barra de pan, y que tal vez, al cruzar la calzada lo esté haciendo en “zona prohibida”. El dron para eso no falla y aplica férreamente la ley. Eso sí, se puede entrar en masa y sin control al territorio nacional por la vía que sea y el dron no funciona. Evidentemente en tiempos de corrección política lo absurdo, inmoral y sin sentido cobra ente de normalidad.

Los guardianes, instrumentalizadores y propagandistas de la nueva normalidad del conformismo y la obediencia global, poseen todos los medios bio-tecnológicos a disposición para aplicar las medidas leoninas necesarias para combatir el delito ante la incipiente pandemia del criminalizado “negacionismo”. De momento, solo vemos en los telediarios que los únicos que quebrantan las normativas lo hacen por el derecho al botellón, la fiesta, la borrachera, orgia o algo de gamberrismo. Se oye el “enciérrennos por favor”, cuando debería oírse el “ya está bien”.  

Los dueños del mundo, sus secuaces, cómplices y funcionarios a nivel global, están logrando que se ame la esclavitud. Recuerdo también el motín de Aranjuez y el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid. Si hoy renaciera parte de ese espíritu indómito, los drones del Buen Alcalde que Todo lo Ve serían destruidos sin dudarlo también velozmente. Los niñatos del botellón huirían corriendo a casa, por si acaso, a ponerse la mascarilla.