Al principio todo era bosque y sabana y el ser humano vivía en libertad, democracia y justicia para todos, con moral y responsabilidad. Pero un buen día, algunos seres humanos se creyeron los más “perfectos” y superiores de la humanidad. Para ellos el resto de los seres humanos eran bestias con forma humana. Para el pequeño grupo de “perfectos”, las bestias antropomorfas se habían reproducido demasiado y estaban fuera de control. Había que intervenir drásticamente: acabar con la mayoría de ellos dejando un residuo de antropomorfos para que trabajasen y les sirviesen.

Los miembros de este residuo antropomorfo serían esclavos y no podrían reproducirse sin un permiso especial. También necesitarían permisos para nacer, viajar y circular, comprar y vender, alimentarse o recibir atención sanitaria. No tendrían permiso para envejecer, pero sí para suicidarse. Este residuo-ganado, sería mantenido con una ínfima paguita cuyo objetivo sería tener a las bestias constantemente pendientes de su subsistencia, sin que pudiesen pensar en otra cosa. Algunas de estas bestias recibirían privilegios, lo que les daría derecho a reunirse, hablar, asociarse o recibir atención médica casi de la misma calidad que la destinada a los “perfectos”. A las bestias privilegiadas se les daría puntos según el “buen grado de sumisión”. A más puntos más privilegios. Las bestias con más puntos y más privilegiadas serían escogidas para dirigir al resto del ganado, pero siempre a las órdenes de los “perfectos”.

Para lograr estos objetivos los “perfectos” elaboraron unas “Hojas de Rutas”, Agenda 2030 y 2045 las llamaron. Para esas fechas todas las bestias antropomorfas -todo el ganado- debería estar reunido, confinado, controlado y adiestrado en ciudades y centros especialmente levantados para estos objetivos. Allí, a todas las bestias se les marcaría con códigos bidimensionales y se les alteraría genéticamente con inoculaciones de carbono puro hexagonal, nanotubos carbónicos y mesómeros. Estas moléculas inoculadas podían entrar en el ADN de los antropomorfos y generar sus propias proteínas y florescencias racimosas. Las bestias quedarían, así, transformadas. Además, esas inoculaciones podrían generar estructuras con propiedades electromagnéticas capaces de extenderse por el cuerpo -como si tuviesen vida propia- para acabar adueñándose del huésped. Mediante satélites, antenas y ondas electromagnéticas no sólo se tendrían vigiladas a las bestias, también podrían ser conectadas a ordenadores cuánticos: se les podría extraer todo tipo de información y enviar órdenes. De tal forma las bestias antropomorfas perderían su individualidad, su capacidad de libre albedrío y, si fuese necesario, se les podría extirpar su conciencia o eliminar ya individualmente o bien a todo un grupo.

La única forma de poder llevar a cabo todo era con el beneplácito de las bestias. Es decir, qué ellas mismas lo pidiesen e incluso que lo exigiesen. Para ello, durante décadas se les machacó con guerras locales y regionales, con enfermedades desconocidas hasta entonces, con noticias sobre supuestos virus asesinos y pandemias, y con supuestas destrucciones medioambientales causadas porque en el mundo había demasiados seres vivos. El impacto, la sensación, el miedo -que ocasionaron en las bestias tantas décadas de tales “noticias”- generó una insufrible percepción de la necesidad de aceptar las Agendas planificadas por los “perfectos”, y llevarlas a cabo en el nombre de la salvación de la Humanidad.

Llegados a este punto, las ciudades y granjas levantadas para esos pérfidos objetivos recibieron el nombre de circos. La tierra fue plagada de circos y, con ellos, comenzó el exterminio. Primero sucedió como algo lento, individual. Algunos fallecían de repente desplomándose en las calles o morían trabajando en las pistas del circo. Otros eran llevados a hospitales donde morían por desconcertantes trombosis, arritmias y ataques al corazón o desordenes del sistema nervioso. Los ancianos fueron calificados como grupo de alto riesgo y encerrados en zonas de aislamiento para dejarles morir deshidratados, faltos de alimentación, en soledad.

Seguidamente las afecciones fueron extendiéndose, lo que dio pie a insistir en las noticias de nuevas cepas de virus atacando a la humanidad. Al mismo tiempo, los “perfectos” dieron orden de fumigar los circos mediante drones que soltasen en el aire partículas tóxicas de aluminio, bario, estroncio, plomo y otros metales pesados. Con tales fumigaciones no sólo se perjudicaba la salud de las bestias (infectadas ya de graves enfermedades) sino que se podía variar el clima (suprimir lluvias o provocar lluvias torrenciales) destruyendo las cosechas. Los “perfectos” llegaron a tener tecnología capaz de provocar terremotos, huracanes e incluso hacer estallar volcanes. Y todo ello pusieron en práctica con el fin de exterminar al mayor número posible de bestias antropomorfas.

El deterioro y daño -por estas acciones- sobre de la salud, el medioambiente, las cosechas, incluso sobre las relaciones sociales hizo incrementar el miedo. Las bestias antropomorfas, aterrorizadas, echaban la culpa de todo a los antropomorfos que se negaban a someterse. Muchos de los resistentes planeaban huir del circo e ir al bosque y a la sabana donde volver a vivir en democracia, libertad y justicia para todos. Otros grupos de antropomorfos optaron por protestar, primero pacífica y festivamente. Pero conforme la intimidación, la coacción y opresión aumentaban, las protestas se convirtieron en violentas. Esto no fue ningún problema para los “perfectos” que -mediante sus lacayos, bestias privilegiadas- aplastaron las algaradas. La situación les vino bien para aplicar sus dictados y avanzar en su tiránica Agenda. Es más, buscaban crear el caos controlado para imponer ese Nuevo Orden Mundial que habían diseñado. De hecho, uno de los lemas de los “perfectos” era: “del caos al orden”.

Sin embargo, aun con todo, por estos métodos la reducción y control de las bestias era lenta. Había que ir más rápido y ser más eficiente, la Agenda lo exigía. Por ello los “perfectos” dieron nuevas órdenes a sus lacayos: paralizar los suministros vitales a los circos (redes de comunicaciones, alimentos, sanitarias, eléctricas…). Lo llamaron el “Gran Apagón”. De repente, las funciones en las pistas de los circos quedaron suspendidas y las bestias quedaron encerradas en sus casas sin ningún tipo de distracción. La soledad, el aburrimiento, el deterioro de las relaciones sociales, el hambre, el frío… todo llevó a que las bestias -por un instante- superasen el miedo y saliesen de sus jaulas. Primero fueron en masa al asalto de tiendas, farmacias y hospitales intentando hacerse con lo necesario para subsistir. Pero los productos, el género y bienes de comercios y centros de asistencia desaparecieron rápidamente, por lo que los antropomorfos se miraron unos a otros preguntándose ¿tendrá ese lo que necesito? Y se abalanzaron unos contra otros sin importar situación ni condición.

Este fue el contexto adecuado para la siguiente fase: los “perfectos” dieron orden para comenzar una gran guerra de todos contra todos. Y la mortandad fue enorme: los vivos acabaron envidiando a los muertos. Las bestias antropomorfas que sobrevivieron suplicaron el fin de la situación, a cualquier precio. Y entonces, los “perfectos” dijeron a las bestias: “someteos, poneos la marca del esclavo y volved al circo!”. De buena gana, contentos, todas las bestias antropomorfas entraron en el circo para no salir ya más: Nuevo Orden Mundial donde por fin estaban todos seguros y esperanzados en las promesas de paz y amor universal. Sin embargo, todos perdieron definitivamente su libertad y su conciencia. Ya nadie tuvo nada, ni su propio ser, pero todos eran felices.

¡Pasen y vean: el hombre sin cabeza, la mujer barbuda, el gigante de tres patas y compás, el ojo que todo lo ve. Pasen y vivan en el Nuevo Orden Mundial!

Epílogo: ganarán algunas batallas, pero no lo conseguirán porque nunca nos someteremos. Serán derrotados porque no son “perfectos” sino servidores, lacayos, esclavos de Satanás. Y saben que tienen la guerra perdida. Les derrotaremos y venceremos.