Es 20 de Noviembre, 20-N, y uno recuerda aquellos tiempos en que aún había en España vergüenza, dignidad y esperanza.

Ahora, este año 2020 en que la pandemia -natural o provocada- nos ha bajado del pedestal en que los humanos nos habíamos encaramado, sin darnos cuenta de que sólo éramos monos de feria, esta fecha nos da la auténtica medida de la realidad.

Lejos de aquellos años en que, convocados por la Confederación Nacional de Combatientes, todos hacíamos piña y dejábamos a un lado las pequeñeces, las diferencias ridículas, las rencillas absurdas, ahora profundizamos en la separación, en las discusiones bizantinas sobre quién es más puro, más íntegro, más fiel a ya no se sabe qué cosas. Abundan las cabezas de ratón, quizá porque no hay ningún león capaz de rugir como es debido.

Y uno, que -triste privilegio de la edad- recuerda aquellos años en que el 20-N hacía temblar a los traidores, esconderse a los canallas, chillar como mujerzuelas a los vendidos, contempla la dispersión, la esterilidad de los pequeños chiringuitos que se creen esencia de pureza y sólo son anécdota que ni siquiera alcanzará el pié de página del futuro, con tristeza y -sobre todo-, con vergüenza.

La misma vergüenza que siento desde que sólo fuimos capaces de articular una defensa en los tribunales contra la iniquidad de los salteadores de tumbas. Defensa jurídica titánica, nadie lo duda, y que en unos tribunales independientes seguramente habría tenido éxito. Pero inútil ante la horda torva y canallesca.

Mi única esperanza -que es lo que quiero llevar a quien tenga la amabilidad de leer mis palabras- es que de la vergüenza puede salir -debe salir- la ira. Y de la ira, el odio. Necesitamos odiar porque el enemigo odia. No es tiempo de tirar sin odio, como pedía Antonio Rivera a sus camaradas del Alcázar asediado. No es tiempo -como exigía Rafael Sánchez Mazas en la oración más maravillosa que se ha escrito- de caer por amor. De la vergüenza debe nacer la ira, y de la ira el odio, y del odio la fuerza.

Hoy es 20-N, y no voy a hablar de José Antonio, no voy a hablar de Franco. Porque no soy digno de pronunciar sus nombres.