Mi admirado don Eduardo García Serrano escribió un magistral artículo, como todos los suyos, el pasado 18 de noviembre, titulado Ladrones de almas. En dicho artículo, el director de El Correo de España disecciona, con la precisión de un buen cirujano, la obra de ingeniería social que la izquierda de este país inició hace muchos años (con calculada lentitud, para no repetir errores añejos –dice García Serrano-), con el fin de conseguir que la derecha española reniegue de sus principios y de su historia, es decir, de su razón de ser. Lean ustedes el artículo, por favor, les hará mucho bien. Una frase del final es antológica, cuando no todo un tratado de sociología política. Es cuando el hijo le dice a su padre, “no sé cómo puedes seguir teniendo la foto de ese fascista en el salón”, refiriéndose a la foto del abuelo, que había combatido en la Guerra Civil, al lado de Franco.

Este artículo me ha traído a la memoria algo que me sucedió cuando yo era un adolescente, y si lo relato ahora no es porque me sucediera a mí, sino porque evidencia que algunos de esos viejos que iban a ser expulsados del salón, vestidos de alguna de las formas en que lo hicieron los soldados del bando nacional, ya intuyeron lo que podía pasar, mucho antes de subir a hacer guardia sobre los luceros.

Les cuento: yo era aún muy joven cuando conocí a un señor que había combatido en la Guerra de Liberación, “con los nacionales”, como a él le gustaba decir. Me contaba dónde estuvo, qué le pasó y, lo que es más importante, qué supuso aquella guerra, que fue una lucha entre dos concepciones del mundo y de la vida, algo que se suele olvidar ahora, de manera interesada. Tengo un grato recuerdo de aquellas conversaciones.

Un día, cuando mi amigo era muy mayor y se supo enfermo, me llamó a su casa, y me enseñó algunas cosas que tenía guardadas como recuerdo de la Cruzada. Cogió una medalla que le habían impuesto al término de la Guerra y me dijo que la guardara yo, que sus hijos no manifestaban mucho interés por estas cosas, y que, lo más probable, es que se la acabaran dando a los nietos, para que jugaran con ella a las chapas. “Al menos mientras tú la tengas –me dijo el pobre-, sé que sabrás valorar lo que esta medalla significa para mí, y lo que significó para España”.

Y aquí la tengo delante de mí, mientras escribo estas líneas, sabiendo que, posiblemente, los hijos de mi amigo se habrán desecho de todo lo demás y es probable que de mala manera. Como ese pequeño cuadro que colgaba de la pared de su despacho, en el que se veía un reconocimiento que le dieron a mi amigo en 1964, al cumplirse los 25 años de paz del Régimen de Franco, en cuya cabecera podía leerse lo siguiente: “En la guerra, tu sangre. En la paz, tu trabajo”.

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Y lo habrán tirado todo eso porque a los hijos de mi amigo, ya le robaron el alma, como muy bien dice García Serrano, al que no deben dejar de leer, si no quieren que se la roben también a ustedes, el alma digo, porque la dignidad como pueblo ya hace tiempo que nos la robaron a todos.