Desde el mismo momento de su nacimiento, allá por 1969, la tecnología básica de internet comenzó a expandirse rápidamente por todo el mundo, hasta que en la década de 1990 dio un gran salto de calidad al crearse la world wide web, un sistema de navegación que facilitó enormemente el acceso a la información en el ciberespacio. Poco tiempo después comenzaron a surgir buscadores de información como Google, redes sociales como Facebook, Twitter o Instagram, servicios de mensajería como WhatsApp, canales de distribución de videos como YouTube o servicios de comercio electrónico como Amazon. En definitiva, aparecieron en el ciberespacio las llamadas BigTech, esto es, las grandes corporaciones tecnológicas transnacionales.

Como resultado de todo ello, a finales del siglo XX se produjo la Tercera Revolución Industrial, caracterizada no solo por un inmenso acceso a la información, sino también por la posibilidad de una comunicación interpersonal inmediata a nivel planetario. En consecuencia la humanidad se vio inmersa en lo que Jeremy Rifkin denominó con acierto la “sociedad de la información”. Bajo estas premisas, el futuro se presentaba halagüeño, ya que ofrecía a los individuos unas posibilidades casi ilimitadas de adquisición de conocimientos y habilidades, además de suponer una gran diversificación en lo que a las fuentes de información se refiere, situación ésta que de alguna manera empoderaba a los individuos, al limitar, al menos en teoría, la capacidad de manipulación social por parte de entidades tanto públicas como privadas.

Sin embargo, pronto se pudo comprobar que el nuevo escenario no solo comportaba beneficios, sino que también conllevaba la aparición de problemas hasta ese momento inexistentes. Así, la facilidad de acceso y transmisión de contenidos brindada por las plataformas digitales a sus usuarios ha derivado en un exceso de información, aderezado además en no pocas ocasiones por el sensacionalismo y las falsas noticias, provocando este hecho lo que se ha dado en llamar “infodemia”, es decir, una intoxicación informativa. Frente a la sobreinformación y la adulteración de los contenidos subidos a la red la solución solo puede pasar por la adquisición de las herramientas necesarias que nos permitan discernir la credibilidad que merece la información recibida. Dada la dificultad intrínseca de este proceso de aprendizaje, entendemos prioritario que éste comience en la propia escuela, para así, llegado el momento, estar en disposición de separar el grano de la paja.

Sin embargo, más allá de este problema, por paradójico que pueda parecer, lo que ahora mismo está en juego es la libertad de expresión en las redes sociales. Forma parte de la tradición liberal la defensa a ultranza de la libertad de pensamiento y expresión. Así, John Stuart Mill, sin duda el mayor adalid de la libertad individual, argumentaba en su obra “Sobre la Libertad” que, dado que no somos infalibles, “Nunca podemos estar seguros de que la opinión que tratamos de ahogar sea falsa, y si lo estuviéramos el ahogarla sería también un mal”, ya que “Solo a través de la diversidad de opiniones puede abrirse paso la verdad”.

En esta misma línea de pensamiento, el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos consagra la libertad de opinión y expresión de todo individuo, si bien su difusión tiene como límites los atentados al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la infancia y la juventud, así como la incitación explícita a la violencia o la exaltación del terrorismo.

Parecía prácticamente imposible que en EEUU, cuna de la democracia liberal moderna, pudiera darse un ataque sin paliativos a la libertad de expresión. Sin embargo, esto es exactamente lo sucedido cuando Mark Zuckerberg -propietario de Facebook, Instagram y WhatsApp- y Jack Dorsey -propietario de Twitter- autoproclamándose “Grandes Censores de Occidente”, han procedido unilateralmente a bloquear las cuentas de Donald Trump en sus redes sociales, limitando de esta forma su libertad de expresión. Llama poderosamente la atención que D. Trump sea así tratado por estos nuevos señores feudales de la información por haber llamado a sus simpatizantes a congregarse ante el Capitolio para mostrar de forma pacífica su malestar ante los indicios de fraude electoral en las recientes elecciones presidenciales estadounidenses, cuando movimientos radicales ligados a la extrema izquierda, como Antifascistas, Me Too o Black Lives Matter, a pesar de sus sectarios e incendiarios mensajes, que incluyen llamamientos al odio, a la violencia callejera y al vandalismo, campan a sus anchas por internet, sin ver bloqueada su actividad. Asimismo, llama poderosamente la atención que estas corporaciones tecnológicas, tan deseosas de mostrarnos su rectitud, hayan sido acusadas y condenadas tanto en EEUU como en la Unión Europea por prácticas monopolísticas, abuso de de posición dominante, competencia desleal y violación de los derechos de sus usuarios.

Con estos antecedentes en la mano cabe preguntarse ¿Qué ha hecho D. Trump para ser merecedor de tan discriminatorio trato por parte de las BigTech?

La respuesta es compleja, ya que atiende a varias cuestiones. Así, D. Trump, con su política de “America first” fortaleció el tejido productivo estadounidense, lo cual si bien disminuyó la tasa de desempleo antes de la pandemia a un 3,5%, la más baja en los últimos 50 años, no evitó contravenir los intereses de las empresas multinacionales, que vieron con gran enojo como se  recortaba su capacidad de actuación y empeoraba su cuenta de resultados. A su vez, al retirar a las tropas estadounidenses de Afganistán, Irak y Siria y no desarrollar en su mandato ni una sola acción militar en el extranjero –lo cual le ha convertido en el único presidente que ha mantenido a los EEUU apartado de todo conflicto bélico- D. Trump atacó la línea de flotación del lobby militar-industrial estadounidense, impidiéndole seguir amasando influencia y fortuna. Por último, D. Trump se enfrentó al “pensamiento progre” surgido en la década de 1960 en la universidades estadounidenses y pacientemente desarrollado a lo largo de los años, incomodando con ello a los sumos pontífices del entramado mediático acostumbrado a moldear a su antojo a la opinión pública, con la finalidad de hacer realidad sus sueños hegemónicos.

Si bien debo reconocer que no soy un fervoroso simpatizante del ya ex presidente estadounidense, por incomodarme tanto su histriónica personalidad como sus extemporáneas declaraciones y no estar en absoluto de acuerdo con su negativa a adherirse al Acuerdo de París sobre el cambio climático, lo cierto es que D. Trump, cumpliendo con el compromiso que estableció con sus compatriotas al acceder a la presidencia, no ha hecho otra cosa que favorecer los intereses de la inmensa mayoría de los ciudadanos de los Estados Unidos de América.

En función de lo expuesto, cabe concluir que D. Trump se enfrentó a los poderes fácticos y estos se revolvieron con todos los medios a su alcance, hasta conseguir echarle de la presidencia de los EEUU.

No cabe duda de que ello es una muestra más de que el “nuevo orden mundial” avanza de forma paulatina y nos amenaza con superar con creces la propia distopía orwelliana de “1984”, esencialmente consistente en “extinguir de una vez para siempre la posibilidad de toda libertad de pensamiento”, acercándonos a “Un mundo feliz”  como el retratado por Aldoux Huxley, que va más allá todavía, al pretender que la felicidad y la virtud pasen porque “la gente ame su inevitable destino social del que no podrá librarse”

Cada vez estamos más cerca de la dictadura colectivista planificada con indudable esmero y desarrollada con extremada pulcritud por la élite plutocrática que maneja los hilos del poder, y por ello es más necesario que nunca armarse de valor para afrontar la enorme tarea que supone enfrentarse a aquellos que desde su particular y exclusivo “patio de Monipodio” tan solo pretenden someter a la humanidad a sus exigencias y delirios de grandeza, como si de faraones egipcios se tratara. Para ello se hace imprescindible defender con ahínco nuestra libertad de pensamiento y nuestra libertad de expresión, huyendo del asfixiante “pensamiento único” que nos quieren imponer, en un intento de convertirnos en sumisos pedazos de carne en medio de una masa amorfa, semejantes a soldaditos sin alma que desfilan sin honor ni gallardía al son que toca el renacido “flautista de Hamelin”.

Frente a la maraña de interesadas certezas con que pretenden adormecernos, frente al estrecho y profundo lendel por donde intentan que caminemos, reivindiquemos la incertidumbre y las bifurcaciones que nos hacen dudar y exijamos la posibilidad de emprender el propio camino sin saber si finalmente nos espera la satisfacción del éxito o la amargura del fracaso, pues ambos no son otra cosa que la manifestación de nuestra libertad de elegir y ahí es precisamente donde radica el verdadero espíritu de la aventura de la vida.