Después de los imbéciles en sentido ascendente, aparece la nueva figura del votante inglés.
El político siempre engaña al electorado. Y una vez más, esa teoría de que lo previsiblemente catastrófico se hace realidad, ha terminado por cumplirse.

No es de recibo que el ciudadano tenga que ser engañado sistemáticamente por cualquier grupo o estamento político. La mayoría de las veces la población no tiene capacidad de valorar lo que vota y, por lo tanto, en la mayoría de las ocasiones la tendencia visceral, los impulsos o un momento de debilidad frente a un ininteligible mítin del sinvergüenza de turno, hace que la balanza se incline hacia el lado más negativo para el estado de bienestar de los mismos que eligen.

Gran Bretaña ha decidido abandonar la Unión Europea en la que ingresó hace 43 años. Las consecuencias, sean las que sean, no han sido valoradas en ningún momento por el elector, que termina su participación en el proceso, al emitir su voto.

Este referéndum no vinculante abre las puertas a un cambio en las políticas europeas y, sobre todo, da fuerza a los movimientos euroescépticos. La soberanía de cualquier estado se puede pretender desde la Unión Europea y pertenecer a ella no significa perder identidad.

Como consecuencias negativas decir, que aunque se normalizarán las caídas de los mercados que en el corto plazo se están produciendo, el desplome de la libra y el refugio de los inversores en el oro, sí notaremos una caída del PIB que repercutirá rápidamente en la falta de empleo. Me alegra saber que los datos macroeconómicos sirven para algo más que dar de comer a unos pocos y que, en este caso, nos anticiparán buena parte de esas negativas consecuencias que nos va a traer la prepotencia del Primer Ministro inglés. 

En cuanto a la exportación, se acabó la libertad de movimiento de bienes por Europa y a partir de que se haga efectiva la salida, será necesario una declaración de exportación que autorice aduanas.

Y hay que saber que existen unos plazos de reubicación y almacenaje que ralentizan notablemente cierto tipo de transacciones. Ese encarecimiento de los costes dará al traste con mucho volumen de negocio entre la Unión Europea y los que nos dejan.

Ahora solo queda que la clase política inglesa haga caso omiso al referéndum y de no ser así y pasados los tres o cuatro años que tardará en materializarse el proceso, negocien a la vez un tratado al estilo de los noruegos, donde estoy sin estar y funciono de la misma manera que los demás. El problema es que Noruega es un país rico por sí solo y que necesita de Europa menos que los prepotentes políticos ingleses que el día 23 de Julio de 2016 hundieron política y económicamente al electorado más imbécil que pisa la faz de la tierra.

Gibraltar, Escocia, Irlanda, La City, Londres y ese cuarto de millón de españoles. Me estoy mareando.