Una gran mayoría de españoles, de la mano de sus fetiches políticos, llevan décadas buscando el mal; y el mal, al fin, los ha alcanzado, aunque, por desgracia, no sólo a ellos. Necios e indolentes, han desordenado la casa durante años, para heredar al cabo esta catástrofe en forma de escenificación sanitaria, pero de hondura dramática mucho más profunda, tanto que puede decirse sin hipérbole que España no se salvará sin una exhaustiva e inmediata regeneración sociopolítica, limpiando de raíz el neofrentepopulismo sociológico incardinado en el tejido social por esta raza bolchevique empeñada metódicamente en destruirnos.

Con independencia de que las características y la propagación del Covid-19 dejen la puerta abierta a las más variadas hipótesis, su realidad constituye en definitiva uno de esos fenómenos que, sucediéndose a lo largo de la historia, hacen saltar por los aires los diseños trazados previamente por los consiguientes Órdenes. Tanto es así que, entre los elementos de nuestro sistema, entre sus incendiarios más lúcidos, ha saltado la alarma y, al menos aquí en España, se están viendo superados por la pandemia, temerosos de que no puedan controlar sus efectos sociopolíticos secundarios y que sus consecuencias echen abajo las estructuras del chiringuito que se han montado a lo largo de esta nefasta Transición. Es decir, temerosos de que se les acabe el momio.

Saben que la plebe no reacciona nunca cuando se le habla del alma, pero sí que puede hacerlo, y violentamente, si se resiente su estómago. Y saben que, a muy corto plazo, las barrigas ciudadanas se van a resentir, y mucho. Y aunque están convencidos de contar firmemente con un tercio de la ciudadanía, esa hez social que pasea su esterilidad por las cloacas del subsidio clientelar y por los infiernos del odio, les preocupa ver cómo otro tercio del pueblo ha despertado definitivamente, desenmascarándolos, y sobre todo les inquieta que los tradicionales paniaguados, integrantes del tercio restante, olvidarán su insustancialidad en cuanto se les muevan las tripas y sus tubos digestivos carezcan de los señuelos del bienestar.

Por eso resultan creíbles los rumores que nos llegan, refiriendo que en las otras alcantarillas, en los sumideros dorados del Estado, entre las aguas residuales cortesanas y financieras, los ojillos vivaces atentos al valor monetario y a la virtud del poder, han llegado a la conclusión de que en esta hora y circunstancia es preciso vestirse el traje de bombero y salir con él a escena.

Que ya no les sirven los actuales peones -por desmesura de majadería o de fanatismo- y que, por tal motivo, han de acudir al manual lampedusiano dispuestos a cambiar algo para que nada cambie. Para que, simulando que desinfectan la atmósfera patria, sus espíritus de cornejas puedan proseguir como hasta ahora, patrimonializando el Estado y aprovechándose de las presas más o menos distraídas, más o menos pútridas.

Es cierto que no tienen interés en destruir a sus trajinantes, tan sólo sustituirlos, premiándolos incluso. Lo que de verdad odian es cualquier reforma imprevista que ponga en peligro sus ventajas. Y si esta amalgama de plutócratas y socialcomunistas ha movilizado a sus esbirros es para que todo quede igual en el fondo, y que la incauta muchedumbre comulgue una vez más con ruedas de molino, creyendo que ya ha sido liberada y depurada de la casta por los supuestos reemplazantes, porque los tramposos son conscientes de que es el sueño lo que los españoles anhelan, y que éstos incluso odiarán a quienes los intenten despertar.

Y como la ralea de aprovechados y comediantes dispone de gran habilidad para el disfraz, acomodando una y otra vez sus intereses particulares a las vagas solidaridades públicas, ahora van a tratar, provistos de copiosas prebendas para repartir entre sus mandarines, de dar la patada al necio ya inservible, incluso tal vez de simular que aceptan a VOX en nombre de la sacrosanta democracia -último recurso para paliar su desasosiego- con el fin de que éste se integre en la componenda.

¿Pero es ésta la verdad? En España, perdida la confianza en las instituciones, la verdad lleva ya mucho tiempo teniendo una vida breve, o siendo inexistente. Y no, no es ésta la verdad, sino la de los ventajeros; una verdad que -a la vista de la experiencia- siempre será nociva para los españoles. Por eso, este enjuague que al parecer preparan no puede ser sino una nueva trampa en la que volver a pillar a los desprevenidos y, cuando pase esta enésima crisis, entre los de arriba unos pocos se perderán, si es que se pierden, pero la mayoría se habrá salvado.

No obstante, aunque los más prominentes salgan con bien, porque su juego lo juegan con astucia, ese cebo no puede confundir en esta hora a los más avisados de entre el pueblo, y los intelectuales y los medios informativos independientes, están obligados a permanecer atentos a la partida, porque el nerviosismo de la casta política y financiera transnacional, su necesidad de mover ficha, es una baza a favor de la libertad que dichos pensadores y críticos rebeldes vienen años defendiendo, una ocasión de oro que no pueden desaprovechar.

En cuanto a VOX, es obvio que lejos de dejarse prender, ha de mostrarse inasequible a los negocios de los corruptos, dispuesto siempre a esclarecer las contradicciones y abusos del sistema, máxime en esta coyuntura en que éste se halla parcialmente desarbolado, y antes de que consiga su reorganización. VOX es el referente político de los españoles sensatos, su cuña parlamentaria regeneradora, y no puede defraudarlos.

Y sería útil y oportuno que, a su lado, complementándolo, se creara una trama civil, a modo de Gobierno de sabios, formada por todos aquellos intelectuales no áulicos que, sin anhelos políticos, protagonismos frívolos o vanidades personales, estuvieran dispuestos a unificar esa llama viva de resistencia que han venido alentando hasta aquí, a costa precisamente de su ostracismo.

Un grupo unitario cuyos integrantes carecieran de ambiciones espurias y de la facultad de engañarse a sí mismos, ligados a vínculos de decencia y que, reunidos bajo el inicial amparo de un manifiesto representativo, expresaran sucesivamente las intenciones y exigencias regeneradoras a través de talleres de ideas, artículos, proclamas, ensayos, etc., con el fin de crear un cuerpo doctrinal encaminado al fin básico, que, en resumen y para empezar, no puede ser otro que la reforma constitucional en sus aspectos más perniciosos y tóxicos, así como su categórico acatamiento en las cuestiones positivas; además de la reforma de la ley electoral, la supresión inmediata de las leyes totalitarias y de las autonomías centrifugadoras, y la independencia de la Justicia y de la Educación.

Y sobre todo, no perdamos de vista las manos de los trileros, para no dejarnos sorprender por la naturalidad e imperturbabilidad con que los farsantes llevan a cabo sus martingalas.