El pasado sábado, día 28, el mismo día en que conmemoramos el 237º aniversario de la instauración, por el Rey D Carlos III, de la Bandera Nacional, se celebró, en la plaza de María Pita de La Coruña -aquella que recuerda a la heroína que destacó, junto a paisanos y militares, en la defensa de la ciudad, contra el invasor inglés, en 1589-, una Jura de Bandera para personal civil, organizada con motivo de la celebración del 150º aniversario del Regimiento de Infantería “Isabel la Católica” nº 29 que, durante más de cien años de su historia, guarneció la plaza de La Coruña lo que lo convierte, por derecho propio, en un coruñés de honor e hijo predilecto de la ciudad.

Un viejo amigo que regresaba a la ciudad tras varios años de ausencia forzada para celebrar, en la plaza que lo vio nacer, con el nombre que ostenta en la actualidad, en 1889. Una gloriosa Unidad militar, laureada colectiva, en la que prestaron servicio a España, a lo largo de su presencia en la plaza de La Coruña, miles de coruñeses que, con orgullo, juraron su Bandera.

Un Regimiento que trabajó, codo con codo, con la ciudad en los momentos más trágicos de su historia reciente -la catástrofe aérea de 1973, el hundimiento del Prestige, etc.- En definitiva, un viejo coruñés que volvía a casa para festejar su cumpleaños.

Y para eso, allí, en la plaza mayor de La Coruña, el pasado sábado, se encontraba formado, acompañando a la Bandera de su Regimiento, el Batallón “Zamora” I/29, evocador de aquel glorioso Regimiento de Infantería “Zamora” nº 8, que también guarneció La Coruña, heredero del Tercio del Maestre de Campo Francisco de Bobadilla que fue testigo, en 1585 del llamado “milagro de Empel” en tierras holandesas.

Por motivos que no vienen al caso no pude asistir al solemne acto organizado por el Regimiento para el que la climatología de la ciudad mostró su cara más amable, con un sol de justicia y una calurosa temperatura; sin embargo, si asistí a la salida de su gloriosa Bandera y su incorporación a la formación del Batallón encargado de rendir honores.

Sentí, como siempre, una emoción incontenida cuando respondí con un ¡viva!, salido del fondo de mi alma, al grito de ¡Viva España!, dado por el Teniente Coronel que mandaba la formación al incorporarse la Bandera, e incliné, respetuosamente, la cabeza al pasar frente a mí la gloriosa Enseña del Regimiento.

Sin embargo, me sentí avergonzado. Me sentí avergonzado como coruñés al ver el indigno trato que a este memorable acto le dieron los responsables políticos del Ayuntamiento de la ciudad, esos socialistas que están llevando a La Coruña a militar en la 2ª B de la división de las ciudades españolas.

Qué distinto a otras veces cuando los balcones del magno Palacio Municipal se engalanaban con reposteros y colgaduras; cuándo la plaza de María se llenaba de Banderas Nacionales que la ponían mucho más guapa de lo que es; cuando desde el propio Concejo se alentaba a los coruñeses a que se sumasen al acontecimiento; cuándo el Gobierno municipal ofrecía una placa o un simple recuerdo al protagonista del acto y mucho más en este caso en el que un viejo coruñés volvía a casa a celebrar su cumpleaños; cuando la gloriosa Enseña Nacional del Regimiento en cuestión se alojaba en la gran casa de todos los coruñeses, su Ayuntamiento, tributándole el honor que corresponde a un invitado de excepción y más, en esta ocasión, ya que la Bandera que ostenta el Regimiento fue ofrecida por La Coruña años atrás.

Escudo de Armas del R.I “Isabel la Católica” nº 29

Sin embargo, no había nada de eso. La fachada del Palacio Municipal estaba desnuda como si se tratase de un día cualquiera; la plaza de María Pita presentaba, salvo por el hecho de que alguno de sus vecinos había adornado su balcón con los colores nacionales, el mismo aspecto de todos los días y, para colmo, la Enseña Nacional tuvo que alojarse en una suerte de tienda de campaña, instalada al efecto, al igual que sucediera en 2017 cuando desgobernaban la ciudad aquellos mequetrefes de la indigna marea.

Ni siquiera la alcaldesa, esa que decía que lo era de todos los coruñés, todavía más sectaria que el que la precedió en el cargo, hizo acto de presencia. Supongo que andaría por ahí escondida, ocupada en otros menesteres cuando su obligación moral y de primer edil era la de presidir el acto que se estaba celebrando frente a su despacho que para eso le pagamos y bien todos los coruñeses.

Me sentí avergonzado como coruñés de tener al frente de la ciudad a unos políticos de la catadura de los que tenemos. Unos individuos que ni tan siquiera saben estar en el puesto que les corresponde.

¿Qué se puede esperar de un Gobierno municipal y de sus socios que, movidos por el rencor y el sectarismo más despiadado, no saben estar a la altura de las circunstancias en momentos como este? Nada, absolutamente nada.

Desconozco la excusa que habrá dado esa señora para justificar su injustificable ausencia; igual que tampoco sé el motivo por el que la Bandera Nacional, la de todos los españoles, tuvo que alojarse, una vez más, en una tienda de campaña en lugar de hacerlo en el Palacio Municipal donde, como casa de todos los coruñeses, le corresponde por derecho propio, algo que ya debería haber surgido de su iniciativa si no fuera porque el cargo le viene demasiado grande.

En resumen, me sentí avergonzado como coruñés de la cara indigna que han mostrado los gobernantes de mi ciudad -esos a los que pagamos cuantiosamente para que nos representen- y la forma en la que han recibido a un viejo amigo. Avergonzado de tener una alcaldesa y un gobierno municipal como el que tenemos que no sabe, o no quiere, ostentar el puesto que le corresponde.

Por tanto, vayan desde aquí mis disculpas como coruñés al glorioso Regimiento de Infantería “Isabel la Católica” nº 29. Solo lamento no poder añadir “perdónalos porque no saben lo que hacen”, ya que estos sí que lo saben.

Esperemos que desplantes como este, así como muchas más cosas, les pasen factura en las próximas elecciones y que al Ayuntamiento regresen coruñeses de verdad que amen a la ciudad y a sus tradiciones y que sepan como recibir a un viejo amigo que vuelve a casa.

Yo, por mi parte, lo tengo muy claro.