La "calentología" es la mayor religión "new age" no reconocida de nuestro tiempo. Se basa en una fe irracional: aquella que cree que por culpa de la sobrepoblación mundial y de la emisión de gases contaminantes en conjunción con la explotación de materias primas del planeta, nos acercamos a la destrucción definitiva de la Tierra. No hay que confundir a quien denuncia la "calentología" con quien niega el cambio climático; evidentemente, la Tierra ha pasado épocas de "cambio climático" a lo largo de su historia desde su origen y de forma constante, como las glaciaciones. Lo que se cuestiona es la tesis de que el ser humano es directamente culpable del cambio del clima y, sobre todo, que ese cambio podría ser revertido si se redujera la población mundial de forma drástica.

Nuestras élites son, esencialmente, neonazis. El origen de esta teología política se halla en el ecofascismo nazi que amaba la naturaleza retomando el paganismo y su posterior expansión a través de las falsas conclusiones aparecidas en diversos informes de, por ejemplo, "El club de Roma" desde el muy significativo año 1968 en adelante. Para evitar este "apocalipsis climático" que siempre resulta inminente, varios organismos mundiales, numerosos plutócratas autodenominados como filántropos y distintas organizaciones secretas que quieren extender sus presupuestos teóricos por medio de la ingeniería social, han decidido imponer de forma despótica y anti-democrática, impulsados con una campaña mediática sin límites, una manipulación de la visión de la realidad sin precedentes y una inversión económica muy difícil de combatir, sus fines. Es decir, que ayudados por la "excusa" de la "calentología", un pequeño grupo de personas ha conseguido destruir Occidente y cambiar con ello la propia concepción antropológica y moral del ser humano. Para ello ha sido necesario, y lo será mucho más a partir de ahora, tratar de acabar con el poder de los Estados nacionales, tratar de favorecer el individualismo narcisista en lugar de la conciencia popular de comunidad, tratar de doblegar la libre voluntad de los ciudadanos y tratar de erradicar el plano trascendente de la vida espiritual interior de cada hombre. Se trata de una revolución sin precedentes y sin la apariencia usual de revolución que, en unas pocas décadas, ha logrado demoler siglos de historia de un plumazo. Sin embargo, para combatir la "calentología", que impera incluso en el Vaticano (no hay más que ver al Papa Francisco rezando a la Pachamama), es necesario entender sus orígenes: porque la "calentología" solo es una actualización del malthusianismo aplicado al cambio climático.

Parafraseando el título de un libro de Richard M. Weaver, “las ideas tienen consecuencias”.  Si hay una idea, una teoría filosófica, que aliente y fomente la Ingeniería Social, esa es la noción de “control de la población” desarrollada a partir de las teorías del clérigo anglicano Thomas Malthus, cuyo pensamiento sobre el "principio de la población" sólo es posible en una forma de entender la religión derivada de la reforma luterana. No podría haber existido un Thomas Malthus o un malthusianismo dentro del catolicismo. Por tanto, para entender sus ideas, resultaba necesario cancelar al adversario teológico, razón por la cual era fundamental ganar la batalla de las ideas y de la propaganda, o guerra cultural, como han demostrado Elvira Roca Barea o Alberto G. Ibáñez, entre otros, en su estudio de la Leyenda Negra. Veamos cuales son las ideas de Malthus: “El poder de la población es tan superior al poder de la tierra para producir la subsistencia del hombre, que la muerte prematura debe, de una forma u otra, visitar a la raza humana. Los vicios de la humanidad son ministros activos y capaces de la despoblación. Son los precursores del gran ejército de destrucción y, a menudo, terminan ellos mismos la terrible obra. Pero si fracasan en esta guerra de exterminio, las estaciones enfermizas, las epidemias, las pestilencias y las plagas avanzan en una tremenda serie y barren a miles y decenas de miles. Si el éxito sigue siendo incompleto, una gigantesca hambruna inevitable acecha en la retaguardia, y con un poderoso golpe nivela a la población con la comida del mundo”. Estas ideas del siglo XVIII darán lugar a una ideología con tintes de religión política que todavía se mantiene en nuestros días, quizás con mayor capacidad económica a favor de sus intereses que nunca. En palabras del propio Malthus: “Un hombre que nace en un mundo que ya ha sido apropiado, si no puede obtener alimentos de sus padres, a los cuales puede justamente demandarlos, y si la sociedad no necesita su trabajo, no tiene ningún derecho a la menor porción de alimento y, en realidad, no debe estar donde está. En el gran banquete de la Naturaleza, no hay cubierto vacante para él, Ella le ordena que se vaya”.

La aplicación práctica del malthusianismo se llamó “eugenesia” y fue definida por Francis Galton como “la ciencia que trata sobre todas las influencias que mejoran las cualidades innatas de una raza, y también con aquellas que las desarrollan hasta la mayor ventaja”; y como un “deber primordial” para Leonard Darwin, hijo del naturalista Charles Darwin, otro de los grandes promotores del término. Thomas Henry Huxley, amigo de Darwin y, como él, heredero de las teorías malthusianas sobre la población, las teorías de Spencer sobre la competición y las teorías económicas de Adam Smith, fue un temprano partidario de la eugenesia. Como todos los seguidores de Darwin, creía en el determinismo genético, un concepto heredado de la predestinación calvinista y enfrentado al determinismo ambiental lamarckiano (al que se adscribiría, por ejemplo, Carl Gustav Jung); digamos que la “lucha por la vida” casa bien con las leyes del libre-mercado liberal y la “mano invisible”, un concepto muy similar al de “selección natural”. Todos ellos defendían una moral espartana de “la supervivencia del más apto”; en otras palabras, la muerte del débil o "no tan apto". No debemos olvidar la orientación intelectual y la fe a la que pertenecían todos estos sacerdotes; tampoco debemos olvidar que los nazis pegaban carteles con el rostro de Lutero en ellos... Más tarde, en 1939, el nieto de Thomas Henry, el biólogo y primer director de la UNESCO Julien Huxley, publicó su breve opúsculo El problema racial en Europa, donde desmarcó la eugenesia de términos como el de raza, que criticaba duramente. En su lugar, proponía “una perfección genética” que influyó decisivamente sobre organismos como la WWF o la propia UNESCO, y supuso un antecedente decisivo sobre lo que más tarde sería llamado “transhumanismo” o mejora genética del ser humano. El futuro de la humanidad, una vez destruido el fundamento filosófico del humanismo, pasa por la propia destrucción biológica del ser humano para alumbrar un mundo nuevo con un "hombre nuevo". La tecnología ya ha iniciado ese camino sin retorno de la historia, aunque sus resultados todavía no han trascendido a la luz pública. De la misma forma, esos descubrimientos tecnológicos no llegarán a toda la población, sino únicamente a la élite minoritaria que pueda financiar esas implementaciones genéticas en sus descendientes privilegiados. Pero esa es otra historia: la de nuestro porvenir dentro de varias décadas.

El 30 de septiembre de 1968, el presidente del Banco Mundial, Robert McNamara, comentó cuál debía ser la política prioritaria para las Naciones Unidas: “El rápido crecimiento demográfico es una de las mayores barreras que obstaculizan el crecimiento económico y el bienestar social de nuestros Estados miembros”. Más tarde añadió: “Creo que la raza humana tiene que pensar en los asesinatos. ¿Cuánto mal se debe hacer con el fin de hacer el bien”. Una frase digna de Maquiavelo: "El fin justifica los medios". Al fin y al cabo, Hitler, Stalin o Pol-Pot también pensaban que estaban construyendo un mundo mejor. Sin duda, para el señor McNamara nadie ha hecho tanto por la humanidad como Gengis Khan, que borró a millones de personas en sus contiendas militares de la faz de la tierra. En el libro de Pearce y Turner de 1995 Economía y recursos naturales y del medio ambiente se puede leer lo siguiente: “Si no hay suficiente comida para alimentar el excesivo número de gente (los pobres, las masas) ellos deben ser lanzados fuera de la borda (asesinados por guerras o epidemias). Estos “razonamientos” proveen una justificación para controlar la curva del crecimiento poblacional y la destrucción del exceso de población por cualquier medio, incluyendo las guerras, los genocidios, las epidemias, las hambrunas, las depresiones económicas y hasta el terrorismo”. Como dijo el recientemente fallecido Felipe de Edimburgo: “En caso de que me pudiera reencarnar, me gustaría hacerlo como un virus mortal, para ayudar a resolver el problema del hacinamiento”. Menos mal que las élites velan con tanto ahínco por nuestro bienestar. Toda esa gente solo son un Hitler 2.0.

La doctora Ghislaine Lanctôt, presenta sus objetivos de la siguiente manera “En medicina, buscaba la salud ilimitada: sabía, en el fondo de mí, que existía una manera de que todo el mundo tuviera una salud perfecta con un coste mínimo” y “en política, quería descentralizar el poder y volver a ponerlo en las manos de las personas, allí donde debe estar”. Autora del libro de 1994 La mafia médica donde escribió: “La OMS es la mafia de todas las mafias, a través de ella “el gobierno mundial del dinero”, establece, en nombre de la salud, la política de la enfermedad, en todos los países. Todo mundo tiene que obedecer a ciegas esas directrices que fueron introducidas mediante la Declaración de Alma ATA en 1997, donde se concede a la OMS los medios para establecer los criterios y normas internacionales de la práctica médica. Se desposeyó así a los países de su soberanía en materia de salud para transferirla a un gobierno mundial no elegido cuyo ministerio de salud es la OMS. Desde entonces “derecho a la salud” significa “derecho a la medicación”. Así es como se han impuesto las vacunas y los medicamentos a la población del globo”. Bastante revelador, a la luz de los acontecimientos. Después de ser demandada por el colegio de médicos y expulsada de la medicina a consecuencia de sus opiniones, se ha dedicado a impartir seminarios para alertar a la población. En La mafia médica escribió sobre las vacunas: “La vacunación incita a la dependencia médica y refuerza la creencia de que nuestro sistema inmune es ineficaz. Aunque lo más horrible es que la vacunación facilita los genocidios selectivos pues permite liquidar a personas de cierta raza, de cierto grupo, de cierta región…Sirve como experimentación para probar nuevos productos sobre un amplio muestrario de la población y es un arma biológica al servicio de la guerra biológica porque permite intervenir en el patrimonio genético hereditario de quien se quiera”.

El 3 de junio de 2014 Stephan Schmidheiny, miembro de la “Unión de Bancos Suizos” desde 1978, fue condenado en Turín a 18 años de prisión y a pagar 88 millones de dólares por culpa de las más de 100.000 personas que, aproximadamente, mueren al año en numerosos países por culpa del contacto con el amianto. Sus antepasados, todos Suizos, como él mismo, llevaban desde 1920 traficando con este material mediante empresas como “Eternit”, que también tuvo problemas legales en 2019 por el uso de asbesto, otra sustancia perjudicial para la salud. La familia Schmidheiny y “Eternit” han tenido estrechas relaciones comerciales con los nazis —como las tuvieron Bayer o Volkswagen, por cierto—, con los partidarios del apartheid —mano de obra esclava— y con algunas de las peores dictaduras hispanoamericanas. En palabras del patriarca de la familia, Max Schmidheiny : “¿por qué vamos a preocuparnos por algunas víctimas?, los trabajadores pueden ser reemplazados”. ¿Cómo es posible que nadie proteste en dichos países?  Eso es posible gracias a fondos de inversión (JP Morgan), “Think tanks” (Independent Diplomat) o empresas especializadas como Ashoka, en cuya página web aparece lo siguiente: “Ashoka es la organización que identifica, conecta y acompaña a los líderes de la innovación social. Nuestro propósito es lograr que todas las personas sean conscientes de su poder para mejorar el mundo, y lo utilicen”. Su fundador, el Premio Príncipe de Asturias Bill Drayton, ha acuñado un término para dicho oficio: “emprendedor social”. En palabras de María Zapata, la directora de Ashoka España: “Los emprendedores sociales trabajan con esas poblaciones y su labor es acercar a las multinacionales hasta ellas, mientras salvaguardan los intereses de éstas”. Es decir, que se dedican a maquillar y a blanquear con publicidad todo lo detallado por la doctora Ghislaine Lanctôt en La mafia médica.

Bill Gates es el protagonista de la pandemia del COVID-19 por una sencilla razón: lo merece. Ha sido el anunciador de la pandemia, el defensor de las vacunaciones y es el dueño de un monopolio mundial de vacunas ejercido a través de su participación en distintos organismos internacionales. Como apunta Ignacio López Bru: “extiende sus tentáculos por todo el tejido institucional y corporativo sanitario mundial, energético, medios de comunicación (Le Monde, Guardian, NBC, NPR, Al-Jazeera, BBC…), corporaciones alimenticias (Monsanto la de los transgénicos…), etc, etc. Es el principal donante privado -y más que la gran mayoría de los estados- de la OMS (4.300 millones $), de la Alianza para la Vacunación y la Inmunización (GAVI), con 3.000 millones $, de la John Hopkins University (870 millones), del Imperial College of London, con 280 millones $, de la NIH (del Dr. Fauci) y la CDC de EEUU, y de tantas otras. Asimismo, es uno de los grandes accionistas de todas las Big Pharma involucradas en la obtención de la vacuna”. Aurelio Peccei, fundador de “El club de Roma”, afirmó hace décadas: “En estos momentos, toda la Tierra es un cúmulo de interdependencias y como habían previsto muchos pensadores desde principios de este siglo, el planeta se queda pequeño para las actividades humanas. Pese a esto, el mundo sigue funcionando con esquemas de épocas pasadas. Debemos cambiar nuestros esquemas, aprender a ejercer una solidaridad recíproca y a considerar el mundo como lo que es en realidad; un sistema ecológico único para la especie humana”. El otro fundador, Alexander King, lanzó una profecía: “La sociedad mundial requiere de una única dirección, un Gran Capitán que dirija a la Tierra hacia un gran destino común”. Y ese hombre no es ni Gates ni Soros, sino Klaus Schwab: “El buen liderazgo demanda un cambio radical en nuestra visión del involucramiento colaborativo de cara al futuro”.

Klaus Schwab es el fundador y director del “Foro de Davos” que, junto a “El club Bilderberg”, es una de las grandes instituciones globalistas. Se trata de una fundación que se dice “humanista” ligada a la (mal) llamada “Declaración Universal de los derechos humanos”. En el libro clave para entender la Agenda 2030, La cuarta revolución industrial, dice lindezas como la siguiente: “Surgirá un nuevo mundo, cuyos contornos nos corresponde a nosotros imaginar y trazar” porque “ahora es el momento del gran reseteo”. Este libro, deudor de La tercera ola de Alvin Toffler, anuncia el advenimiento de una nueva época de la tecnología y de la información que supondrá una auténtica tabla rasa con respecto a toda etapa anterior histórica, mental e incluso fisiológica de la humanidad. En su reciente título Covid-19: El Gran Reinicio, Schwab afirma lo siguiente: “el mundo carece de una narrativa consistente positiva y común, esencial, si queremos empoderar a un conjunto diverso de individuos y comunidades y evitar una violenta reacción popular contra los cambios fundamentales en curso”. Este mesianismo que pretende imponer a los demás una determinada forma de pensar apesta a los peores totalitarismos del siglo pasado: “hay que ir hacia cierta forma de gobernanza global efectiva, cuanto más se impregne la política global de nacionalismo y aislacionismo mayores serán las probabilidades de que la gobernanza global pierda su relevancia y se vuelva ineficaz”. Se trata de alguien que dicta, no que sugiere. En 2021, el Foro de Davos ha contado con un “invitado de honor” inmejorable: Xi Jinping. Si ha habido una ideología con tintes de teología política y vocación planificadora en la historia ha sido el comunismo. En sus dos grandes puestas en práctica, Rusia (1918-1989) y China (1949-actualidad), se han exterminado a millones de seres humanos y se ha controlado la vida privada de los individuos de una forma sin precedentes en la historia. Y, sin embargo, ha sabido actualizar sus métodos al tiempo presente: la China de hoy es una buena prueba de ello; y lo es la deriva intelectual de Gorbachov, apologeta del cambio climático a través de su fundación “Cruz Verde Internacional”.

En 2019, Donald Trump frustró un acuerdo internacional firmado por Estados Unidos y China para implementar mediante un proyecto sin precedentes, dirigido y auspiciado por Bill Gates, cuyo fin era desarrollar la energía nuclear en todo el mundo. Dicho proyecto pretendía introducir la energía nuclear para mejorar la situación del "cambio climático"; calentología pura. Dos intelectuales han marcado decisivamente a Bill Gates en este proyecto: James Lovelock (el inventor de Gaya) y, sobre todo, Vaclav Smil. Gates trabajó mano a mano con el inventor Nathan Myhrvold para desarrollar las ideas que Smil había planteado en libros como Energía y civilización: una historia; ¿Deberíamos comer carne?; Creando el siglo XX; y Transformando el siglo XX. Considerado uno de los pensadores más influyentes de la actualidad por sus ideas relacionadas con las energías renovables, la inmigración o la producción de alimentos alternativos para la carne, Gates ha dicho de él: "Escribió sobre todos los tipos potenciales de desastres, como el riesgo de un asteroide, el riesgo de una erupción en Yellowstone (un volcán de los EEUU). Y de hecho mostró que las pandemias eran significativamente la cosa más grande, aparte de una guerra nuclear causada por el hombre, para la que necesitábamos estar más preparados". Todo un profeta, Vaclav Smil. O un ideólogo del globalismo muy bien informado. Volviendo a Klaus Schwab. Terminemos con una doble nota literaria. Porque Klaus Schwab es el Domingo que Gilberth Keith Chesterton describió en El hombre que fue jueves; y es, como me apuntaba recientemente Enrique de Diego por vía telefónica, el Señor del Mundo de la novela homónima de Robert Hugh Benson. Acerca de su obsesión por la tecnología, habría que recordar aquello de "el reino de la cantidad" que dijera René Guénon o las proféticas palabras de Romano Guardini: "La técnica tiene una inclinación a buscar que nada quede fuera de su férrea lógica, y ‘el hombre que posee la técnica sabe que, en el fondo, esta no se dirige ni a la utilidad ni al bienestar, sino al dominio; el dominio, en el sentido más extremo de la palabra" (El ocaso de la edad moderna). Según Jeremy Naydler, “los antiguos se veían a sí mismos como almas manifestadas. Entendían que el mundo es un ser vivo dotado de significados; el conocimiento auténtico se obtenía mediante la contemplación. Por el contrario, la opinión generalmente sostenida en la actualidad es que el mundo y nosotros mismos somos mecanismos, entidades materiales que como mejor se entienden es a través de la razón. La apoteosis de este movimiento de lo divino a lo privado de alma se revela en la computadora. Claramente no orgánica, la computadora proporciona y refleja el modelo contemporáneo para comprender la conciencia, y lo hace ofreciéndonos mundos virtuales que nos alejan cada vez más de la realidad natural”. Un viaje humano de la tiranía de la Naturaleza a la esclavitud de la Técnica: ese es el gran cambio final que se juega en nuestro tiempo.