En el artículo 11 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, denominado Libertad de expresión y de información, podemos leer lo siguiente:

  1. Toda persona tiene derecho a la libertad de expresión. Este derecho comprende la libertad de opinión y la libertad de recibir o comunicar informaciones o ideas sin que pueda haber injerencia de autoridades públicas y sin consideración de fronteras.
  2. Se respetan la libertad de los medios de comunicación y su pluralismo.

Estos derechos hoy no se cumplen ya que, en las redes sociales, la radio, la televisión, en la prensa gráfica y digital, el ámbito académico, educativo, la industria del entretenimiento e inclusive en algún foro sociopolítico, los que no estén alineados con el discurso único de lo políticamente correcto son demonizados, silenciados y luego expulsados de su área de influencia social. No se puede opinar con libertad ni se respeta el pluralismo, en este caso no por parte de las autoridades publicas -de momento- sino por empresas privadas.

A día de hoy, las redes sociales y su entramado tecnológico son las que deciden quién tiene derecho a ejercer la libertad y quién no. Facebook, Twitter, Instagram, YouTube y otras plataformas están por encima de la legislación aún vigente de los Estados nacionales, fijando cuales son los límites de la libertad de expresión según sus propios criterios. Las redes sociales deciden qué contenidos se pueden publicar y cuáles no, que usuarios pueden tener sus perfiles y quienes no, y todo ello con el argumento de preservarlos, sobre todo, de los “discursos o comportamientos que inciten al odio”.

¿Pero quién, cómo y con qué criterio se determina qué es un delito de odio o un contenido vejatorio? La respuesta es simple, la censura actual la ejercen poderosos conglomerados internacionales de empresas tecnofinancieras relacionados con la ideología progresista de la izquierda globalista. El discurso único ha impuesto un asfixiante clima de fanatismo ideológico en el cual, lo políticamente correcto se ha convertido en la voz del amo del establishment. Nada escapa a esa atmosfera opresiva que todo lo cubre y rodea nuestra vida cotidiana, aunque no lo percibamos siempre con total claridad. Basta con atender el bombardeo constante de mensajes que van siempre en la misma dirección y que moldean a un sujeto sumiso, acrítico, débil y complaciente. Buscan fabricar un mero consumidor, no ya de mercancías, sino de contenidos que complazcan los sentidos más primarios como el goce, el confort y los caprichos más absurdos, egoístas, hedonistas, e incluso antinaturales.

El advenimiento de la Era Tecnoglobal, puramente relativista, niega la realidad, la naturaleza e incluso la verdad, y en la que la política se transforma en biopolítica. El turboglobalismo impone un régimen algorítmico de control y represión donde la virtualidad de las redes afecta, aunque no lo parezca, cada vez más a lo cotidiano y a la vida real de las personas, como si fuesen nuevos sujetos “datificados”, funcionales a la distopía soñada por aquellos que juegan a ser como dioses.

Hoy todo puede ser, todo tiene cabida, todo es posible, lo que cada individuo desee, como lo desee y cuando desee. Lo único que no está permitido es disentir. El disidente es literalmente borrado de esa única falsa realidad. Quien se atreve a oponerse o simplemente decir que “el rey va desnudo” se convierte en un “enemigo del pueblo”, en un sujeto cosificado, en un instrumento del “mal absoluto”, marcado con una infinidad de adjetivos descalificativos aplicados según conveniencia. Surgen así nuevos y graves delitos como la “homotransfobia” e incluso pecados teológicos tales como los de no cuidar del planeta que sufre la emergencia climática declarada por la ONU.

La acusación de racista o machista condena a la muerte civil o la prisión si no se consigue demostrar la inocencia. La inversión de la carga de la prueba acaba con la igualdad ante la ley y la Justicia tal y como era concebida. Y todo ello en el marco pandémico permanente que dejó lugar a la construcción del régimen de vigilancia global. El nuevo disidente no tiene lugar en la sociedad abierta, inclusiva, resiliente, sostenible, digital, feminista y ecológica. Debido a la cosificación, la eliminación de la sociedad del hereje de la nueva religión de sustitución, no genera remordimiento alguno en quien metafóricamente lo ejecuta. La superioridad moral lo avala y la discrecionalidad de la ley lo ampara.

La censura, impuesta por lo políticamente correcto y la coacción en la expresión libre del pensamiento conducen directamente a la uniformidad forzada de la sociedad. Para los nuevos inquisidores progresistas, ejercer el derecho a la libertad de expresión tiene una línea roja infranqueable que es el no ser progresista. Nunca existió una tiranía tan cruel como la actual: la silenciosa dictadura tecnológica global. El nuevo orden prohíbe expresar las ideas que no se ajusten al diktat de los objetivos para el desarrollo sostenible, en un mundo donde los ricos hacen turismo espacial y el resto come gusanos y carne sintética.

Recientemente fuimos testigos de lo sufrido por Donald Trump, expulsado literalmente de las redes sociales y silenciado por los medios de comunicación. Twitter lo silenció de forma permanente por “atentar contra la integridad cívica y glorificar el odio”. El mismo presidente de los Estados Unidos, con un caudal electoral de más de 70 millones de votos, finalmente cayó en esta batalla. Si las Big Tech llegaron hasta ahí, el peligro que corren el resto de los mortales es concreto y real.

Twitter expulsa permanente a los usuarios cuyas opiniones son consideradas incorrectas. En el caso de Facebook sucede lo mismo y los argumentos para ellos son similares: los mensajes de odio, racismo, homofobia o cuestionar las certezas de la OMS respecto a la pandemia o la vacunación. Y lo hacen por nuestro bien para que no tengamos que sufrir las consecuencias de las fake news. Para ello, emplean inteligencia artificial y algoritmos que detectan los contenidos inapropiados, según el criterio de la compañía, suspendiendo e incluso llegando a cerrar cuentas de usuario. El Correo de España y Radio Ya lo han sufrido y lo sufren en carne propia. Pero aquí seguimos.

La sensación que nos queda a los que colaboramos en ambos medios de comunicación es una mezcla de rabia e impotencia y también de fortaleza renovada. Es cierto y evidente que el poder globalitario avanza de forma acelerada, pero también va dejando a su paso ciertos huecos y grietas que se abren, que permiten resistir y reforzarse en la lucha por la auténtica libertad, la de los hombres que saben quiénes son en realidad y qué quieren para sus hijos.

No podemos aceptar que nos humillen y nos sometan al orden uniforme que los poderosos ofrecen al esclavo. Quieren acabar no solo con nuestras libertades sino también con nuestro espíritu y eso no lo podemos permitir. Surge la necesidad de rebelarse porque es una reacción natural y humana frente a la opresión y el totalitarismo.

Pero ello no basta, hace falta recuperar también la dignidad del orgullo de seguir siendo los hijos de nuestros padres y los padres de nuestros hijos, como fue de generación en generación hasta el día de hoy. No será una tarea fácil pero lo más importante es comenzar con ella. Y aquí estamos, como ayer, como hoy y como siempre.