Cuando el ejército ruso comenzó su invasión el 24 de febrero muchos dieron por derrotados a los defensores ucranianos. Los más entusiastas hablaron de días, luego de semanas, pero llegó abril, pasó el Día de la Victoria y la guerra sigue. Pasados tres meses de la invasión de Ucrania es más que evidente que la “operación militar especial” planeada por el Kremlin ha fracasado a corto plazo. El pasado 19 de mayo, la Asamblea de Oficiales de toda Rusia, una asociación de veteranos fundada en 2003, pidió a Vladimir Putin la declaración de guerra a Ucrania y una movilización parcial. Liderada por el coronel general retirado Leonid Ivashov, de 78 años, un militar de línea dura muy crítico con el presidente ruso que le “jubiló anticipadamente” en 2001. El general publicó un llamamiento a Putin el 31 de enero para que “rechazase la política criminal de provocar una guerra en la que Rusia estaría sola contra las fuerzas unidas de Occidente”. En su nueva declaración, los oficiales piden la formación de nuevas unidades de defensa territorial y administraciones militares, ampliar el servicio militar de uno a dos años y la pena de muerte para los desertores.

Lo cierto es que el Kremlin parece reacio a tomar esa medida, aunque al día siguiente del llamamiento el ministro de Defensa, Serguéi Shoigu, anunció la formación de 12 nuevas unidades del Distrito Militar Occidental. Unas unidades que, evidentemente, necesitarán nuevos soldados que tendrán que ser entrenados. Esta es una de las claves fundamentales para entender los problemas del bando ruso. Todos tenemos en la mente las batallas de la Segunda Guerra Mundial, oleadas interminables de soldados soviéticos asaltando las defensas alemanas, pero en aquel momento la media de edad en la URSS era de 16 años. Hoy en día la media de edad en Rusia supera los 40 años. Rusia sufre una grave crisis demográfica y es el primer país del mundo en número de abortos, Ucrania tiene una media de edad similar, pero su población está movilizada para defender su país. La escasez de hombres ha llevado a la formación de nuevos grupos tácticos de batallones de 400 hombres, cuando deberían ser de 600, por lo que no es descartable una movilización. La tardanza del Kremlin en tomar esta medida se debe tanto al reconocimiento implícito del fracaso de la “operación militar especial” como a la impopularidad de la medida entre los más jóvenes. En las últimas semanas se han producido una docena de ataques con cócteles molotov contra las oficinas de reclutamiento militar y también han sido muy llamativos los gritos de “Que se joda la guerra” en un concierto en San Petersburgo. Las protestas contra la guerra en Rusia están prohibidas por ley.

Pero la demografía no es la única causa de los problemas de Moscú. Ruslan Leviev y los analistas del Conflict Intelligence Team (CIT), analizaron en iStories las debilidades del ejército ruso. Entre ellas, la idea del ejército profesional que fue desmentida muy pronto por las imágenes de prisioneros rusos muy jóvenes y que se encontraban prestando el servicio militar. Anatoly Serdyukov, ministro de Defensa en 2007-2012, llevó a cabo una reforma para convertir al ejército ruso en una fuerza moderna y profesional adecuada para conflictos pequeños, como fue la guerra con Georgia o la intervención en Siria. Sin embargo, la reforma quedo a medias tras su destitución y ante la escasez de fondos para pagar sueldos altos. En consecuencia, ante una guerra que requiere una enorme cantidad de tropas, las unidades presentan personal profesional y numerosos reclutas que, como es lógico, están peor preparados, entrenados y motivados.

Otro de los factores, que fue determinante en el conflicto checheno y sirio, y que fue empleado contra los defensores de Mariupol, es la aviación. A pesar de su superioridad, los rusos no han logrado destruir las defensas ni la fuerza aérea ucraniana y no se han hecho con el control del cielo, además de la efectividad de las armas antiaéreas suministradas por Occidente a las tropas ucranianas que han causado numerosas bajas a la fuerza aérea rusa. Ayer mismo la BBC informaba de la muerte del general retirado Kanamat Botashev el 22 de mayo mientras pilotaba un Su-25 que fue derribado por un Stinger, es el piloto de mayor rango muerto en la guerra. Respecto a los misiles, a 10 de mayo Rusia había lanzado 2.154 misiles sobre Ucrania según manifestó el presidente Zelensky, tampoco parecen haber logrado el efecto esperado y, en el mejor de los casos, solo se lanzan un par de docenas de misiles al día. Pero, independientemente del número, el problema está en su eficacia. A pesar de algunos éxitos como el del cuartel de Mykolaiv que mató a docenas de soldados ucranianos, ha habido muchos lanzamientos de misiles sobre objetivos inexistentes que en el pasado habían acogido una instalación militar, lo que denota una información poco actualizada. Leviev cita como ejemplo los dos ataques con misiles contra el puerto de Olvia, que hace tiempo que dejó de ser militar para ser utilizado para el tráfico de mercancías. Por el contrario, las fuerzas ucranianas disponen de la información precisa de los satélites de la OTAN, lo que ha permitido la destrucción de numerosos objetivos y, sin duda, es responsable de la elevada mortandad entre los generales rusos. 

Esta falta de información se ve agravada por la mala coordinación y comunicación entre las unidades. En Odessa, los marines y paracaidistas atacaron sin ninguna clase de coordinación y ambas unidades fueron derrotadas. Un ejemplo más demoledor fue el avance de la policía antidisturbios de Kuzbass OMON contra Kiev. Merece la pena señalar que la presencia de esta unidad es una prueba de que uno de los objetivos de la “operación militar especial”, sino la principal, era tomar la capital e instaurar un gobierno prorruso en Ucrania. Recordemos que el expresidente Yanukovich fue enviado a Minsk al empezar la invasión y que una fuerza de antidisturbios no pinta nada en una operación de “distracción”. OMON tenía que avanzar hacia Kiev, a un día y hora determinados, contando con que los paracaidistas tomasen el aeródromo de Gostomel. Sin embargo, los paracaidistas no se apoderaron del aeropuerto y finalmente fueron derrotados, pero OMON avanzó y fue aniquilado. A lo largo de estos tres meses de guerra estos fallos han sido constantes, según los analistas del CIT, la causa es la falta de personal especializado y la incapacidad de manejar las comunicaciones a nivel de soldados y comandantes de unidades.

La capacidad del ejército ruso también se ha visto comprometida por sus fallos en la cadena de suministros y por su equipamiento. Sirva como ejemplo la comparación del botiquín de sus soldados con el utilizado por los ucranianos. Los botiquines de los soldados rusos son de los años 70; contienen vendas, analgésicos y poco más. Por esa razón la relación entre muertos y heridos es de uno a tres (el ejército de Estados Unidos tuvo una relación de uno a ocho en la guerra de Irak). Por el contrario, el de los ucranianos dispone de medicamentos y vendajes hemostáticos modernos, lo que les permite más tiempo para salvar a sus heridos. Pero las diferencias no solo están en los botiquines, durante la primera fase de la guerra, en invierno, hubo casos en los que los soldados rusos quitaron las botas de invierno a los muertos o a los prisioneros de guerra ucranianos. La superioridad del equipo ucraniano, suministrado por los países occidentales, no es desdeñable. Por ejemplo, las tropas ucranianas pueden realizar ataques nocturnos porque en su mayor parte disponen de visores nocturnos. En Rusia, únicamente las tienen las fuerzas especiales.

La última debilidad, pero no menos importante, es la moral. Muchos soldados rusos que fueron hechos prisioneros desconocían que su ejército iba a entrar en guerra y, por tanto, no estaban motivados para combatir. Una vez estalló el conflicto, los mitos de la “desnazificación” y la “guerra de liberación” cayeron como un castillo de naipes ante la enconada resistencia ucraniana y la perspectiva de una guerra prolongada. Aunque Rusia está intentando reforzar la motivación de sus soldados, la diferencia con el bando ucraniano es enorme.

No obstante, a pesar de todas estas debilidades, Rusia sigue siendo un enemigo formidable y la guerra no está decidida. A pesar de su fracaso en Járkov, en donde los rusos han pasado a la defensiva, o los intentos fallidos de cruzar el río Siverskyi Donets, en donde casi todo un grupo táctico de batallón fue destruido el pasado 11 de mayo, las tropas rusas continúan su ofensiva en el Donbás y están enviando sus reservas para mantener el impulso de la batalla de Severodonetsk. El avance ruso para cercar la ciudad es lento, pero las bajas son enormes. Zelensky afirmó el pasado domingo que cada día morían 100 soldados ucranianos en el este. Por otro lado, las bajas rusas habrían superado las de la guerra de Afganistán, que duró 9 años y causó cerca de 15.000 muertos al ejército soviético, según el Ministerio de Defensa británico, que también señala la pérdida de más de 2.000 vehículos blindados. Las fuentes ucranianas doblan esa cifra y hablan de cerca de 30.000. Aleksey Arestovich, el asesor de Zelensky que predijo la invasión de Ucrania, afirmaba hace dos semanas que, según un estudio previo, Rusia entraría en crisis si llegaba a las 80.000 bajas y señalaba: “queda mucho trabajo por hacer”. La “operación militar especial” ha fracasado, pero la guerra está muy lejos de terminar.