Si el mundo fuese como debiera el mejor candidato para las madrileñas sería Ángel Gabilondo del PSOE. Se trata de un candidato que cuenta con la experiencia de 72 años de vida, y con una formación intelectual y humana excepcional: además de formarse en filosofía y teología en su juventud, ha sido catedrático y rector de universidad. Gabilondo es un intelectual de envergadura, cuya sabiduría es incomparable con la de sus rivales, y sin embargo es el candidato que tiene “peor” imagen.

 

El problema del estado de cosas actual es que la política ya no es para sabios; en una sociedad consumista y condenada al cortoplacismo de la administración liberal, el mejor candidato es aquel que tienen una imagen joven, agresiva y atrevida –a eso nos han llevado los platos de televisión y los tertulianos de medio pelo– y no la del venerable anciano que es la voz de una cordura prudente, consciente de los matices y las contradicciones de la vida.

 

La imagen “sosa” que se le atribuye al candidato socialista es la manifestación de una sociedad que ha caído por los enfermizos derroteros del culto a la juventud –señoras y señores que se mutilan para parecer más jóvenes y quieren vivir una segunda adolescencia–, un culto que conduce al conflicto social, al insulto banal, y al deterioro paulatino de la política, que se ha convertido en una discusión de verduleras.

 

La política tendría que estar reservada para hombres y mujeres mayores, con su vida profesional terminada, con toda la experiencia de una vida y sin las ambiciones e impulsos que tiene una persona joven. El mandato de los mayores –que lo son más por conocimiento que por edad– garantiza la paz social, y la tradición implícita en su propia biografía.

 

La política no es para los jóvenes que podemos estudiarla y comprendela, pero no ejercerla. Un país gobernado por jóvenes es una país condenado al conflicto, a la crispación y al error. Decían en la pasada década que los mayores tenían que dejar paso a los jóvenes en política !pues vaya resultado¡ Ya hemos visto que no es una formula correcta. Los jóvenes políticos no deberían dedicarse a pedir el voto para ellos, sino a pedir a los sabios que ocupen esos cargos. Nuestros ancestros sabían algo que hemos olvidado: los jefes deben ser los más ancianos.

 

Por otra parte el problema de Gabilondo ya no es que sea Gabilondo, sino que tiene detrás a un joven muy ambicioso, y eso es precisamente lo que hace intranquilizadora su preciosa tranquilidad. Como candidato a mi entender es el mejor entendido en la hermenéutica de un mundo sin la historia del PSOE y sus dirigentes, pero en la realidad presente se convierte en un candidato inapreciable, por las fechorías socialistas y las imposiciones de la modernidad retrógrada –liberalismo–.

 

En realidad la política no es para sabios.