Hay frases que circulan, traviesamente, a lo largo de los años hasta convertirse casi en lugares comunes. Unas impertinentes, otras banales, algunas valiosas –las menos- y otras majaderías. Pero todas contribuyen a cierta manera común de ver las cosas, como argamasa que sirve para dar consistencia a ente nebuloso que llamamos imaginario o conciencia colectiva.

Una de estas frases se debe a Winston Churchill y reza así: “El que no es de izquierda a los veinte años no tiene corazón, pero el que lo sigue siendo con cuarenta no tiene cerebro”

Una frase que tiene su parte de verdad sin duda, sobre todo considerando el contexto de la época: el antagonismo existente entre el modelo soviético por un lado que capturó el corazón de intelectuales y jóvenes, por otro lado el modelo capitalista liberal que encarnaba el cerebro de burgueses y banqueros de las demo-plutocracias occidentales.

Con todo, en la visión de Churchill no entraba, o no supo comprender, que había un tercer modelo en causa; encarnado por el Fascismo, sus análogos y derivados, tercera posición, etcétera, tenía al mismo tiempo corazón a los veinte y cerebro a los cuarenta. No sólo esto sino que también, como en el símbolo oriental de ying y yang, dentro de cada uno había un fragmento del otro. El corazón joven no carecía de cerebro, y al cerebro maduro no le faltaba corazón.

Dejemos los años treinta y pasemos al mundo actual. Hoy en día podríamos parafrasear la máxima del inglés afirmando que cuando se es joven hay que ser rebelde y de izquierdas; o incluso comunista, si no en esencia al menos como pose. Cuando se crece, se madura y se trabaja hay que ser un buen conformista, vagamente liberal o apolítico, socialdemócrata, burgués del espíritu o cualquier otra mediocridad, satisfecha de sí misma en su moderación, que se nos proponga.

Confieso que me caen muy gordos los que tienen corazón a los veinte y cerebro a los cuarenta.

Porque son los que rompen todas las reglas del sistema siguiendo todas las reglas del sistema. Juegan inofensivamente a ser revolucionarios hasta que se integran perfectamente sin poner jamás en discusión nada que tenga importancia; no es que vayan siguiendo las indicaciones de un camino marcado, es que van sobre raíles como un ferrocarril, en el fondo tan conformistas a los veinte como a los cuarenta.

Porque son, también, responsables de la hegemonía de la izquierda cultural, de que esta sociedad sea esa mantequilla blanda en la que penetra como un cuchillo la ingeniería social, cultural y psicológica de los poderes ocultos y los lobbies de la degeneración.

Los que hablan de “corazón” a los veinte y de “cerebro” a los cuarenta lo que en verdad significan con ello, en uno como en otro caso, son las mediocres ideas que los ingenieros de las mentes consideran adecuadas en cada edad.

Pero es necesario, ya desde el principio, no caer en las trampas semánticas del sistema; aun utilizando las mismas palabras, hemos de entender algo radicalmente diferente.

A los cuarenta, el hombre libre tiene un c e r e b r o lúcido, aunque no sea el mismo que el “cerebro” de quien se ha convertido en un simple engranaje en un mecanismo absurdo; pero también conserva algo de ese corazón que mantiene su chispa interior, que le impide caer en el pantano inerte de una vida reducida a libro de contabilidad.

A los veinte sin duda tiene un c o r a z ó n ardiente aunque, nuevamente, no sea el “corazón” del veinteañero que consume rebeldía prefabricada e inofensiva; pero también tiene ese cerebro que aún está madurando y, sin embargo, ya es capaz de ver el vacío detrás de esa mal compuesta tramoya de vulgaridades que le proponen y le impide tomar el falso camino de una rebeldía domesticada.

Más sencillo todavía. Ying y Yang. Un cerebro fuera del tiempo dentro del corazón de veinte años. Un corazón fuera del tiempo dentro del cerebro de cuarenta.

Y no intento explicarlo más porque terminaría no sólo espantando a mis queridos y escasos lectores, sino haciéndome un gran lío yo mismo.