Recuerdo cuando en los primeros cursos del viejo bachillerato, incluso antes, con ocasión de preparar el ingreso, estudiábamos los sistemas montañosos, las comarcas, los golfos -no me refiero a los políticos-, los cabos -tampoco hablo de los de este empleo en nuestros Ejércitos-, los ríos, los Reyes godos, los que ocuparon el trono español durante el reinado de los Austrias y los Borbones. Tiempos en los que sabíamos que Viriato, Istolacio, Indortes, Orisón, Indíbil y Mandonio habían sido heroicos españoles que lucharon por nuestra libertad; que Bailén no tenía nada que ver con la danza; que la Reconquista no era un hotel; que, la mal llamada “Invencible”, no era una marca de coñac, y en los que conocíamos también la relación de los Reyes del viejo reino astur-galaico-leonés.

Dentro de esta relación de monarcas, aparecía García II, hijo de Fernando I y de Dña. Sancha, que fue Rey de Galicia entre 1065 y 1071, único que poseyó en exclusividad el trono gallego ya que los restantes lo fueron de los territorios del Reino asturleonés en los que se enmarcaba territorialmente Galicia.

Pues bien, resulta que novecientos cincuenta años después, nos encontramos que la corona que dejó vacante Don García, la ciñe sobre sus sienes un nuevo monarca, Feijóo I de Galicia, quien, dueño y señor de vidas y haciendas, gobierna el viejo Reino al más rancio estilo feudal de la baja Edad Media.

No nos llega con lo que tenemos en la Moncloa -a cuyo equipo de inútiles se acaba de incorporar el pequeño bufón catalán- para que, encima, ahora nos aparezca otro dictador en Galicia al que tenemos que sufrir a fuerza de soportar sus medidas arbitrarias e incoherentes.

De nuevo, desde hace días, hemos vuelto a ver restringidas nuestras libertades más elementales y la operación pánico sigue siendo inoculada, a diario, por medio de la prensa afín y apesebrada que solo sabe hablar del maldito “chinovirus”, sin que, de momento, sepamos cuál es su origen y muchas de las circunstancias que lo rodean.

Durante más de dos meses, allá por la pasada primavera, dentro de las medidas draconianas adoptadas, sufrimos un férreo “arresto domiciliario”, en la inteligencia de que aquello serviría, finalmente, para controlar la epidemia. De hecho, el propio moncloita -habitante de la Moncloa-, sacó pecho para anunciar que el virus había sido controlado y la victoria estaba asegurada.

De esta suerte, nos adentramos en un verano que se nos antojaba prometedor; sin embargo, llegado agosto, volvimos a las andadas y comenzaron de nuevo las restricciones y limitaciones ante la amenaza de que, con la llegada de otoño, volvería a incrementarse la casuística.

Supongo que, durante este tiempo, las estructuras sanitarias, salvo en casos muy contados -la tan criticada Comunidad de Madrid es uno de ellos-, no adoptaron medida alguna conducente a mejorar el equipamiento y la capacidad de respuesta ante una eventual segunda ola. De hecho, llegado noviembre, de nuevo nos vimos abocados al cierre de la hostelería y a la limitación de movimiento, al menos en algunas zonas.

Y así, llegamos hasta el mes de enero en que, tras echarnos la culpa de que “fuimos malos en Navidad”, han vuelto las medidas a cada paso más drásticas y más limitadoras de nuestras libertades sin que por ello las cifras mejoren, al menos de forma notable.

Nuevamente, se ha procedido al cierre sistemático de la hostelería cuyos propietarios malviven, muchos de ellos en la miseria, sin expectativa a medio plazo que les haga concebir esperanzas. Igualmente, se nos ha vuelto a limitar la capacidad de movimiento, confinándonos territorialmente, así como se ha procedido al adelanto del horario de cierre comercial lo que, en la práctica, se traduce en un nuevo “toque de queda” -figura que no aparece legalmente recogida en ninguna parte-, ya que si al cierre total de la hostelería, sumamos el adelanto del horario de los comercios nos encontramos que, a partir de las seis de la tarde, las calles están vacías y las gentes en sus casas.

Una y otra vez, se siguen vulnerando, impunemente, los derechos constitucionales, especialmente en materia de libertad de movimiento y de reunión, sin que sepamos muy bien para que sirven tan desmedidos sacrificios.

Ya sé que muchos, aterrorizados por la información recibida, sabiamente suministrada, aplauden de forma entusiasta este tipo de medidas, incluso claman para que estas sean todavía más drásticas. Sin embargo, cabe preguntarse ¿para que sirvieron los meses de arresto domiciliario a los que hemos estado sometidos a partir del mes de marzo del pasado año?, ¿de que ha servido el cierre de la hostelería el pasado noviembre?

Conozco la respuesta, la culpable de todo ha sido la Navidad y, en tal caso, ¿a quien se culpará cuando de nuevo se abra el comercio y la hostelería en el caso de que las cifras vuelvan a dispararse?, ¿al Carnaval?, ¿a nosotros?, ¿a quién…?

Se siguen dando palos de ciego a la hora de paliar este grave problema. Llama la atención, por ejemplo, que ahora se prohíba, al menos en Galicia, de forma expresa, sin base científica alguna, tomar un café o una cerveza en plena calle, incluso si lo haces en solitario en un lugar apartado, circunstancia esta en la que tampoco puedes comer un bocadillo ni fumarte un pitillo y, sin embargo, se tolere que haya supermercados con un aforo permitido de 150 personas, en los que, con esa manía que tenemos, la gente no se recata a la hora de manosear los productos para ver su fecha de caducidad, productos que luego van a parar a las cestas de la compra de otras personas.

Pero hay más dislates, resulta que ninguno de nosotros puede pasear o salir a caminar acompañado de un amigo o una amiga, ni tampoco hablar con ellos en la calle, y, sin embargo, si se puede salir de paseo en unión de la novia/novio -hay que ser inclusivos-, ya que, a lo que se ve, el “bichito” en cuestión, es más tolerante con el amor a la hora de propagarse.

Lo mismo que lo del horario de cierre comercial. Resulta que se ha demostrado, no se sabe porque medios, que el “chinovirus” aguarda, implacable, la llegada de las seis de la tarde para cebarse en todo aquel que tenga abiertas las puertas de su comercio o lo que es lo mismo, al igual que Drácula, el bicho solo sale al anochecer. Sin embargo, el monarca y sus asesores no se han parado a pensar que cuanto más se restrinja el horario comercial, es más fácil que la concurrencia de público sea mayor al disponer de un menor horario para efectuar sus compras, salvo que pretendan que estas no se realicen y así arruinar al comercio.

Tampoco se nos permite invitar a alguien a comer a casa pese a lo cual no existe problema alguno en que los medios de transporte público -aviones, trenes, autobuses, etc.- vayan llenos de gente a rebosar o que se sigan celebrando reuniones políticas allá donde corresponda. Un buen ejemplo lo tenemos en las próximas elecciones catalanas, aunque supongo que se habrá llegado a una entente cordial con el “bicho” para acordar una especie de “alto el fuego” a lo largo de la campaña.

Los niños siguen yendo a clase como si tal cosa y, sin embargo, si nos atenemos a lo estipulado, no se permite que los padres los vayan a recoger a la puerta del colegio, donde se agrupan aguardando la hora de salida de los menores, una incongruencia más.

Se clama porque todos deberíamos quedarnos en casa, salvo aquellos que, por trabajo u otros motivos, tengan la obligación perentoria de salir. Sin embargo, ¿quién puede garantizar que los que van a trabajar o salen a la compra no están contagiados?, ¿hay constancia real de ello? Sospecho que no y así, aquel que posea un salvoconducto del tipo que sea que, por lo que parece, sirve de escudo protector contra el virus, puede moverse para ir de un lado a otro sin cortapisas.

También el nuevo monarca gallego, ha pretendido imponer un modelo concreto de mascarillas, declaradas una suerte de reglamentarias, más caras que las que venimos usando, lo que repercutiría negativamente en la economía de las gentes. Pero eso da igual, mientras él y sus adláteres cobren sus buenos sueldos a los que no han renunciado, ni siquiera en parte, en momento alguno.

Entre el de la Moncloa, al que el monarca gallego ha felicitado efusivamente por lo brillante de su gestión y al que quiere trasladar sus draconianas medidas, del que ya es mejor no hablar; el del moño sucio y su concubina -RAE: mujer que convive con un hombre sin estar casada con él-que siguen colándonos leyes sectarias de todo tipo, además de auspiciar la entrada masiva de inmigrantes ilegales y disponer de una tipa de nivel 30, el más alto de la Administración, como niñera o aya de sus hijos, y ahora S.M. Feijóo I de Galicia, la economía se va al traste; nuestra Patria se desangra; el paro se dispara; la ruina total se ha sentado frente a nosotros y total seguimos sin ver el final del túnel. ¿Hasta cuando va a durar esto?        

Es inadmisible que nos sigan culpando a nosotros de sus errores garrafales y mucho más que nosotros asumamos esa responsabilidad con frases tales como “no nos portamos bien”, “no hicimos lo que nos mandaron” y mil chorradas más por el estilo.

Sin embargo, lo más grave de todo es el absoluto desprecio con el que todos estos políticos de medio pelo tratan la legislación vigente y por ende nuestras libertades. Lo último con que nos amenaza el monarca gallego es con la obligatoriedad de la vacunación, so pena de multa dineraria. Yo no soy contrario a las vacunas ya que me he puesto muchas a lo largo de mi vida; pero vamos a ver, ¿qué norma legal avala semejante medida?, ¿quién es usted para obligarme a mí a vacunarme cuando ni los propios fabricantes de las vacunas aseguran su fiabilidad y mucho menos los efectos que de su inoculación pueden derivarse?

Si, ya sé. Ahora la prensa del pesebre saldrá indignada a tildar a quien esto diga de negacionista, sin embargo, estos lerdos cuartilleros parece que olvidan que si con una ley nos pueden obligar a tal cosa, mañana podrán hacer lo mismo con lo que les de la gana.

Mire usted, majestad, yo tuve un padre y una madre y ninguno de los dos es usted, así que deje ya de tratarme como un niño, de culparme de sus desaciertos o de amenazarme con castigarme si no cumplo sus dictados. Usted y los demás políticos como usted -sociatas, peperos, bloqueros y podemitas-, son los únicos responsables, por acción u omisión, de lo que esta sucediendo en España desde marzo del pasado año y de la deriva que lleva nuestra Patria ya que, desde entones, lo único que realmente les ha preocupado no es el bienestar y la salud de los ciudadanos, ha sido y es, por encima de todo, salvar su culo.

No queremos regresar al estado feudal o a la monarquía absolutista, ni tampoco a una férrea dictadura al más rancio estilo bolchevique, queremos vivir en libertad, adoptando unas medidas razonables de seguridad y que el peso de la ley caiga sobre aquellos que las conculquen, pero que también caiga sobre aquellos que, de forma arbitraria, limiten nuestras más elementales libertades.

Majestad, no ahogue más a su reino ya que al final no le quedará ni reino al que gobernar.