El #SalimosMasFuertes, #hashtag incluido, se ha convertido en una clara muestra del postureo que se estila hoy día y su falaz contenido va a la zaga de aquella casi inalcanzable cota (¿se acuerdan de la famosa curva?), constante objeto de un casi utópico deseo en el inicio de la desescalada.

Pero, en este caso, no se trata de usar la mentira en situaciones social y moralmente «aceptadas» como un juego de niños o la maniobra piadosa de unos padres para convencer a sus hijos. Es mucho peor. Piensa y acertarás. Forma parte de la estrategia encubierta de nuestros regidores para engatusar a parte del pueblo español que, ingenuo y sumiso, traga el impositivo discurso ante la incredulidad del resto de ciudadanos.

Y hablando de poses, no nos hace mucha falta llegar a niveles insospechados y desconocidos. Nos basta con ver el panorama patrio y los personajes que pululan en sus pasillos de poder para ocupar unas poltronas en las que también toman asiento la negligencia, la indignidad, la infamia y la irresponsabilidad con el innegable permiso de la inicialmente fingida «ignorancia», esa anterior al «día de autos», el 8-M. Desgraciadamente, todas ellas han estado presentes en la gestión de esta crisis de la COVID-19. El número de víctimas, como el algodón, no engaña. Ni siquiera al INE, al informe MoMo o al Instituto Carlos III. Y eso que, por hache o por be, el disparate y la aleatoriedad siguen sin despegarse del criterio de conteo, modo fluctuación «on», en las cifras de fallecidos hasta milagrosamente hacer desaparecer numerosos muertos por arte de birlibirloque. El circo y su magia han llegado para quedarse

Todo es resultado de la pantomima, de los mensajes directos de un pensamiento único que, sin disimulo, se filtra por nuestros oídos, nuestros ojos y hasta hace alguna incursión entre el café y las tostadas de nuestro desayuno diario.

Hace unos días, sin ir más lejos, el titular de marras en prensa sirvió para ejemplificar el continuo bucle en el que nuestra dura realidad parece haberse instalado. Viniendo de donde venía, el término «plagio» no dejó de inquietarme hasta apurar mi cortado. ¿Por qué sería?

Desde luego, no por la variedad o un intento de llevar la imaginación al poder absoluto del primer impacto visual de cualquier portada. Todos de acuerdo con la voz del amo, con la pleitesía propia del yes-man y el servil mensaje del diario de turno. Por unos milloncejos de euros, como diría aquella, ¡maaa-to!

Y de morir y muertes, por desgracia, hemos aprendido mucho. Tal vez, demasiado; aunque menos de lo que las cifras oficiales habrán reflejado cuando salgan bien las cuentas…si es que salen. ¡Esa es otra! Las cifras institucionales se han aliado con la fuerza inicial del pandémico enemigo antes de una mortal primavera, testigo de la incertidumbre que, de manera bochornosa e irrisoria, ha hecho acto de presencia en comparecencias públicas de los gestores de la crisis. Ver y oír para creer.

Sin embargo, el hiperbólico eslogan no es más que un fake de nuestra triste y amarga realidad. Pura y dura pintura con un exceso de maquillaje sobre la situación presente y un paradójico espejismo ante lo que está por llegar. Su contenido queda restringido a la interpretación de esa legión de adeptos al fanatismo, apesebrados de las subvenciones y viles lacayos del sistema. Indudablemente, más dura será la caída a pesar de la exhibición gubernamental, vía Ministerio de Sanidad, que bien podría haberse codeado con el deslumbrante sensacionalismo de cualquier tabloide infecto de prensa amarilla o, como en Portugal, imprensa marrom. Total, si el mensaje del hashtag tuviera color, no diferiría mucho de la tonalidad que porta la inmundicia que esconde.

El inapropiado optimismo, sacando pecho, del titular de la prensa española me recordó a Mickey Dugan (The Yellow Kid) y sus exagerados mensajes cuando, a finales del siglo XIX, aparecieron de manera simultánea en el New York World y el New York Journal para, posteriormente, provocar un artículo de su rival periodístico, el New York Press, que mostraba las vergüenzas de unos oponentes a los que sibilinamente describía como crueles y cobardes. Aquí, desgraciadamente, ninguno se rebeló a lo Press. Todos se arrimaron a la sombra del poder absoluto y, así, recordé los desafortunados ejemplos de estos luctuosos meses en los que la crispación y fracción social sí que se han hecho fuertes. La crueldad de unos hechos consumados ha inspirado la cobardía de la mentira para ocultar la verdad y hundirla en una injusta miseria por exigencias de un guion creado de acuerdo con la hoja de ruta del flamante y diabólico nuevo orden mundial.

Y sus ejemplos no han dejado de multiplicarse cuando muchos españoles ni siquiera han podido dar el último adiós a sus seres más queridos o intentar recoger sus cenizas en presencia del personal de empresas funerarias que, éstas sí, han aumentado sus ganancias como consecuencia del elevado índice de mortandad de la pandemia. Tal vez, ese #SalimosMasFuertes bien podría convertirse en el macabro epílogo de los fabricantes y vendedores de féretros. Triste pero cierto.

España no conocía ese perfil de la muerte, el del filón económico que ha generado unos beneficios que se han echado de menos en sectores como el turismo, la hostelería o la restauración por citar algunos y en la de cientos de miles de autónomos económicamente desasistidos o trabajadores con su ERTE en standby después de tres meses de penurias. Indudablemente, ninguno de ellos sale reforzado por muchas motos que el Establishment o cualquier ministrillo te quieran vender. Su ignorancia es atrevida, como la osadía de testimonios que infravaloran o ponen en riesgo los ingresos y el potencial de, por ejemplo, nuestro turismo «marginal».

Quizás, ese #SalimosMasFuertes no sea más que el enésimo intento de camuflar el desastre, de promover la discordia y generar una tensión que, como esos respiradores que tanto hemos anhelado en un marzo siniestro y un abril diabólico, la izquierda precisa en vena para intentar transfundirnos su buena dosis de pensamiento único, ese que nace de la mentira y la manipulación de millones de sufridos españoles que, si en algo han salido más fuertes, ha sido en su pletórica paciencia y saber estar ante las infames e indignas «exhibiciones» demostradas por nuestros gobernantes en el Congreso, ruedas de prensa o al inicio de comisiones para la cacareada reconstrucción.

Tal vez, en este escenario de demoledora destrucción de una España en la UCI socio-económica, podríamos incluir unos signos de interrogación y preguntarnos «¿salimos más fuertes?». Seguramente, nuestra respuesta se ajustaría más al sentimiento de esa «nueva normalidad» que, con recortes y mascarillas, irrumpe tras el virus con consecuencias tan trágicas como la pérdida de decenas de miles de empleos, el cierre de pequeños negocios, las dificultades de las PYMES, el adiós sin despedida de miles de compatriotas, la recién adquirida desconfianza social, la incertidumbre de nuestro futuro y, por último, un nada halagüeño panorama político alentado por consignas progres, buenistas y nada conciliadoras para reconstruir un país, en todos los sentidos, despedazado.

FUENTE:http://www.elsoldigital.es/salimosmasfuertes-emilio-dominguez-diaz-profesor/