Ante la cuestión de la memoria democrática la cúpula de Vox ha decidido seguir una estrategia muy clara: la de no posicionarse ideológicamente. Comprendo que a muchas personas esto no les parezca una actitud propia de sus representantes, y más después de la traición del PP  a su programa electoral, que siempre nos hará sospechar de una potencial tibieza que culmine en la condena del pasado, ya sea sobre la inquisición, el hermanamiento hispanoamericano, o el franquismo. Cuando un patán de la talla de algunos políticos del frente popular –zafio hasta decir basta– apalea sin pudor nuestra tracción reciente, lo que nos pide el cuerpo es que el diputado o concejal al que hemos confiado nuestro voto le de más de lo mismo, y se pronuncie claramente a favor de la verdad histórica.

 

Sin embargo esta última supone caer en la trampa que nos tiende el político de izquierdas: el que es sin saberlo y por defecto un hegeliano sin remedio, busca a toda costa que su rival de “derechas” se posicione claramente sobre su versión de la historia, y hacer –en este caso de Vox– el partido fascista, porque sin el el partido fascista no hay nada que justifique la existencia de la izquierda, ni leyes de memoria democrática, ni la prohibición de asociaciones y fundaciones culturales –esto es de la sociedad civil–. Y este contexto Vox hace muy bien en pasar del tema y en no caer como un alcornoque en ese juego sucio que le fascina a los extremista; porque si alguien tiene que hablar de historia y de filosofía no son los políticos –que han de hablar de como gestionar los servicios públicos– de esas especialidades deben debatir los filósofos, los historiadores y los periodistas -humanistas en general– y el único trabajo que le corresponde a los de Abascal es el de garantizar que los que saben y estudian puedan expresarse con total libertad y sostener sus tesis, sin riego de ser sancionados o apedreados por la calle.

 

En esas estamos, en que cuando un político se da cuenta de que los puestos de responsabilidad implica dejar de lado las ideas particulares para dedicarse a garantizar el bienestar de sus compatriotas, les da un portazo y se pira a donde pueda seguir con su verborrea y su comunismo de salón: ahí es donde se ve la vocación de servicio, el político es un funcionario y nada más, y esto se hace ya necesario entenderlo, estamos demasiado acostumbrados a ver a rufianes en las comisiones parlamentarias haciendo el payaso, tanto que al final lo hemos normalizado: la clase política está peor que siempre.

 

A mi me importa una leche si los de Vox se pronuncian o no a favor de la verdad histórica –de la historia se puede presentar varias versiones dependiendo de lo que para uno sea más importante– o si rechazan mis ideas por ser demasiado transgresoras –el que quiera ser libre que no se meta en política– lo único que es determinante es si acabaran con la censura que la izquierda quiere imponer a medios de comunicación como este y otros, y a personas que no comulgamos con muchas de sus ideas, que por cierto también somos personas aunque no aceptemos todos sus dogmas, y pensamos y sentimos y amamos – incluso o más a los de izquierdas – y también nos gusta expresarnos, debatir y hacer amigos o no tan amigos en la sana crítica y el libre desarrollo de la personalidad. En Vox confiaré hasta que demuestre lo contrario, por ahora estamos seguros, nadie quiere terminar como ciudadanos siendo el PP 2.0, luego ya veremos…