Todos los que contribuyeron a crear la admirable floración espiritual y artística de ese período de la historia y de la cultura española que conocemos como Siglo de Oro, parecían contener dentro de sí las pasiones contradictorias y complementarias del genio de su tierra. Historia. Dios y Patria eran los grandes ideales de los españoles de la época, y en ellos y a través de ellos se orientaba todo el caudal de fuerzas y de anhelos cotidianos.

En un mundo en el que la religión ocupaba el lugar más importante, España se presentaba como la tierra prometida de los teólogos y de los místicos. Las enseñanzas de teología, especialmente en materia moral, de la Universidad de Salamanca -y de la de Alcalá de Henares- gozaban de extensa reputación. Varias generaciones de educadores trataban de adaptar allí la ley moral a todas las particularidades de la vida y de resolver los casos de conciencia y de estricta justicia. Era una obra que, pareciendo destinarse a los confesores y a los juristas, consiguió alcanzar a toda la sociedad. La escuela de Salamanca, rígida en sus principios, pero flexible y sutil en su casuística, formó la conciencia moral de toda una civilización.

Pero España, la tierra de la experiencia mística, de la constante búsqueda y comunicación con Dios, era también el país del realismo. Frente a los sueños elevados -de gloria secular o divina- y a las almas devotas y exaltadas, frente a la épica y a la grandeza, se mostraba a su vez la realidad del buscón, del pícaro, que ponían al descubierto las contingencias del día a día, el mundo cotidiano y ominoso del engaño, de la hipocresía y del abuso; los trazos de una vida azarosa y finita que sonríe a unos pocos y que a todos maltrata. Mas, aunque parezca paradójico, el héroe de la picaresca, lo mismo que el héroe visionario, también entonces iba en busca de lo absoluto.

Al cabo, ante los ojos del mundo, la cultura española acabó representando la cultura del honor. El código de honor a la española se impuso en toda Europa e incluso, como no podía ser menos, en la América recién descubierta y civilizada. La nobleza europea, concretamente, que se había formado en el primer tercio del siglo XVI, en la escuela de la corte de Urbino, con El cortesano, de Baltasar de Castiglione, como modelo, miraba atentamente hacia la corte de España. Tanto el pundonoroso sentido del honor del alma española que, en su imagen arquetípica, se mostraría siempre amenazante para infieles y herejes, como el estilo y la etiqueta al uso en Madrid, habrían de influir sobre todas las cortes principescas.

No obstante, a la hora de tipificar a los habitantes de cada nación, el español era, en los medios populares europeos, posiblemente el más satirizado. De los soldados pertenecientes a los Tercios de los siglos XVI y XVII, surgió un personaje singular: el flamenco, es decir, el bravucón perdonavidas, matamoros y rajabroqueles, famoso por sus jactancias. Se imponía, pues, la caricatura de dicho flamenco o matamoros, sin otro mérito que el de una infundada arrogancia; o también la del hidalgo empeñado en conservar su orgullo y empaque a pesar de sus bolsillos llenos de borra e incluso de sus espadas cubiertas de telarañas, y ello sin esperar necesariamente a la decadente segunda mitad del XVII.

Esta visión estereotipada de un modelo de combatiente que se distinguía por su prestigio militar, constituía una curiosa compensación psicológica, imaginada por unos enemigos resentidos que pretendían vengarse por haber temblado tanto tiempo ante el poderío español, y que, sin duda, aún sentían la necesidad de tranquilizarse y desahogarse mediante socarronerías y remedos.

Compensación psicológica nada extraña en abundantes comportamientos humanos y en casi todas las propagandas contra la excelencia, y que, sin duda, es un componente esencial en la conformación de la antiespañola leyenda negra o, más reciente, en el odio visceral de los frentepopulistas contra Franco, la Cruz y lo que representan; ese inferior despecho hacia unos símbolos que, por ser incapaces por naturaleza de elevarse hasta su noble significado, no cejan en su patética obsesión por borrarlos históricamente y destruirlos, bien sea derribando signos, ultrajando tumbas o imponiendo leyes liberticidas como la de la Memoria Democrática.

Pero lejos de sorprendernos ante la sádica voluntad de los rufianes, empeñados en cometer execraciones y bajezas, hemos de prepararnos para la insumisión más absoluta ante sus atropellos, porque la libertad no es negociable, y su cercenamiento, impermisible. Y, para ello, no es necesario ni conveniente, dejarlo sólo a expensas de los partidos que se han comprometido a denunciar dicha ley en cuanto sea aprobada, pues ya conocemos la fiabilidad de tales promesas; ni siquiera lo es acudir a la Constitución, un documento secundario en casos de flagrante violación moral como los que nos ocupan, sino apoyarse en el sentido común, en la razón y en la justicia natural, como en Fuenteovejuna.

¡Contra los crímenes y el odio frentepopulistas, insumisión civil!