De lo bueno que hemos podido disfrutar estos años aciagos, mucho se lo debemos a la obra de Franco, cuya exhaustiva documentación está al conocimiento de quienes quieran saber, principalmente en la Fundación Nacional Francisco Franco, que honra su memoria y su obra como sin duda se merece. Legado que resistirá cueste lo que cueste este tiempo de canallas.

Hablamos de un periodo de nuestra historia que logró superar el convulsó siglo XX marcado por el final de la Restauración monárquica (Alfonso XII), la sangrienta e interesada Guerra de Marruecos, la caída de la Monarquía como “cascarón vacío”, la proclamación de la II República auspiciada por un grupo de concejales masones con el auxilio temerario del Ejército y de la Guardia Civil, y la Victoria contra la canalla roja con el auxilio imprescindible de La Falange y el Requeté. Un periodo de casi cuarenta años marcado por la paz y la prosperidad de la gran revolución social que desde el Gobierno presidido por Franco realizó España, y que no lograron llevar a cabo ni don Antonio Maura ni el Directorio presidido por don Miguel Primo de Rivera. Periodo llevado a cabo, además, en unas circunstancias muy difíciles: en el contexto de la Segunda Guerra Mundial con sus consabidas consecuencias económicas. A la situación de aislamiento internacional a la que España se vio sometida por imposición de la Unión Soviética bajo la férrea y sangrienta dictadura del sátrapa genocida Stalin (“el padrecito” de Alberti y Miguel Hernández, entre otros preclaros hombres de la cultura). A la Guerra Fría. Y a la traición del Vaticano a la persona y a la obra del único Caudillo católico de Occidente. Periodo que termina tras el fallecimiento de Franco, dando pasó a la instauración de una monarquía encarnada en el Príncipe de España, Juan Carlos de Borbón y Borbón, “el rey perjuro”. A partir de lo cual comenzamos a vivir en una ficción.

Ficción, decimos, porque intencionadamente se simuló la realidad existente, impulsando su ruptura. Ruptura que fue simulada por medio de un legalismo imposible de sostener desde el punto de vista jurídico, cuya pócima jurídica se formuló expresivamente como “de ley a ley”, presentando un mundo imaginario al pueblo español, al que vilmente se engañó hasta la náusea. Ficción que se ha venido sosteniendo por toda suerte de personajes, normas y un grado variable de realismo tomado como referencia de la realidad, que ha terminado por transformar España hasta el punto de no reconocerse. Ficción que hoy podemos diagnosticar de psicopatología social, en cuanto que se es incapaz de distinguir la realidad en la que se debería operar, comenzando por el propio presidente del Gobierno de España, señor Pedro Sánchez, que a todas luces, y como destacados psiquiatras han apuntado, es evidente que está afectado de un síntoma de disturbio mental, pongamos una paranoia, una psicosis o algún tipo de delirio.

Así, primero fue el invento de cambiar nuestro modelo territorial, causando un enorme quebranto a la convivencia en todos los órdenes sociales, y al progreso de España hasta el punto que hoy comprobamos… Dos regiones, y alguna más en su estela, Cataluña y Vascongadas apenas hilvanadas al tejido orgánico de España, ¡tanto!, que ni los Ejércitos se atreven a desfilar por sus calles y donde lucir una bandera española puede ocasionar perder la vida. Error mayúsculo suficientemente comprobado que no se ha enmendado, ni tan siquiera devolviendo transferencias fundamentales al Estado; más aún, pactando con lo que ha sido su consecuencia, el independentismo criminal y bastardo que quiere destruir la paz y el progreso de la nación. Para terminar afianzando una deconstrucción del orden natural más elemental, a la par de conculcar la historia, que ha sido la gran batalla ganada por el poder de las tinieblas, bien es cierto que con colaboradores necesarios.

Con una economía que no da más de sí, absolutamente dependiente del dinero que nos quieran prestar para que sigamos siendo el solario de Europa y el refugio de todo tipo de mafias. Una invasión extranjera de todo tipo de razas y múltiple procedencia que de aquí a diez años convertirá España en un país mestizo y multicultural, incapaz de gobernarse. Y en el contexto de un proceso de globalización al dictado de un consumismo y un desarrollo económico que no es sino una colonización que crea pobreza, opresión y humillación, pervirtiendo los valores de la justicia y los derechos humanos. Si tuviéramos que definir todo este largo proceso de deriva, diríamos que ha sido una huida hacia adelante sin sentido.

Las preguntas se hacen necesarias. ¿Se ha podido evitar, siquiera en parte, todo este devenir? ¿Quiénes hubieran sido principalmente los encargados de evitar el desastre en el que hoy nos encontramos, toda vez que en periodos de rápidos cambios, el hombre queda incierto y con dudas? ¿Dónde ha estado la dirección, el magisterio, la excelencia? ¿Dónde la trascendental misión de garantizar la independencia de la Patria y el orden político, que no son atributos de privilegio, sino carga gloriosa y exigencia de servicio?  

Si la acción de gobernar, por más compleja que sea, tiene que estar precedida por un honesto conocimiento de los problemas y sus soluciones en orden al bien común. En España esa honestidad ha brillado por su ausencia, y no solo en los gobiernos de la Corona que se han sucedido, sino en todos los otros poderes del Estado, en sus instituciones, en la sociedad civil y en una gran mayoría de ese pueblo al que dan en llamar “soberano” que ni siquiera elige a sus representantes más que de modo imperfecto, comenzando por no poder elegir a quien representa la Jefatura del Estado. Y tal ha sido esa falta de honestidad -de la que las futuras generaciones pedirán cuentas-, que la norma que ha guiado ha sido el interés sectario, el corporativismo y el egoísmo personal. Por eso, el primer deber del patriota es denunciar a quienes se sienten instalados en la inocencia de su actuación. No otra cosa que ejercer la amarga denuncia de la crítica. Cuantas veces sea necesario… ¡Seamos impertinentes!