Después de largos seis meses de cuarentena estricta (que de lo bueno no consiguió nada), en Argentina, después del empobrecimiento general y privaciones de lo más elemental, el gobierno decide aumentar los impuestos un 40%. Se produce la explosión de descontento (tal vez también entre las mismas personas que votaron en elecciones recientes en número suficiente a sus representantes vendehúmos actuales). Las autoridades envían unidades de antidisturbios para reprimir las protestas, pero estos se encuentran con la lluvia abundante de pedruscos. La decisión más inteligente del pelotón era la retirada.

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La gente se está olvidando de protestas con banderitas. El hambre no tiene miramientos, hay un dicho certero en mi tierra. Hace un par de meses avisábamos ya de situaciones como estas, en base a lo visto en el experimento social australiano. Algunos podrán querer introducir  todas las naciones en el comunismo internacional apolicado a todo el orbe, pero otros muchos como que no. Mientras no sean robots de voluntad anulada. Entonces el choque es inevitable, el cual puede llevar a sacudidas internacionales incontroladas. Porque cuando los pilares institucionales de la sociedad dejan de servir a la misma, para cuyo bien se supone que existen, esas mismas instituciones, o  el modo de su funcionamiento, pueden estar puestas bajo el signo de la interrogación. Si ese „alguien“ – de quién ni tenemos que saber exactamente quién es, pero sabemos que existe porque tantos estados de nuestro entorno aplican las mismas medidas e in crescendo; es evidente pues que se trata de las medidas no de una nación concreta, sino que las mismas medidas libertarias y totalitarias proceden del mismo cerebro – precisamente lo que desea es caos y violencia, o sometimiento de las naciones a cualquier precio, no lo sabemos. Pero sabemos que el enfrentamiento es inevitable.

En Italia, de tradición hermanada con la española, las tensiones no paran de crecer. Los manifestantes a cara descubierta delante de la gran muchedumbre mandan un claro mensaje, en contra de las medidas de encierro y del gobierno de Conte: „La paciencia tiene un límite. ¿Nosotros somos la Nación, no esclavos! ¡Nosotros somos los que mandamos! Hoy la manifestación es pacífica, mañana quizá no lo será. Mañana iremos a conquistar Roma, y echar a Conte“.

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Es decir, se acabaron los cuentos para peques. Se acabó el recreo. Ya no sirven concursos de atontamiento para elegir a alguna nueva estrella. El hambre y la desesperación no permiten que la anestesia siga funcionando en el sofá.

Ellos o nosotros. Los siervos del régimen o nosotros trabajadores agredidos en su dignidad, a pesar de ser portadores de la Nación. Hierve en las entrañas de tantos.

Hace un par de meses planteé la pregunta a las fuerzas de seguridad: ¿con quién vais a estar, de qué lado vais a estar cuanto llegue lo previsible?

Ya ves que llegó antes de lo esperado. ¡Quién pudo esperar que los italianos en el s. XXI van a gritar delante de la policía: tenemos hambre! Y que están bien enfadados, no tenían ni que demostrarlo.

Los Carabinieri se quitaron los cascos delante del pueblo enfadado en Trieste: no quisieron cargar contra los suyos.

Conte, siervo bilderbergiano: ¿ha llegado quizá tu hora, y la hora de los como tú?