Hice el viaje a Castellón solo para ver de cerca al psicópata más retorcido de los últimos tiempos: Joaquín Ferrándiz, Chimo, 35 años, nacido en 1963, autor de cinco asesinatos de mujeres, que tuvieron lugar entre el 1 de julio de 1995 y el 14 de septiembre de 1996.

Había adoptado un método infalible que podríamos llamar como de «el quijote violador», consistente en asaltar a las chicas estropeando sus vehículos o atropellándolas directamente con el fin de acudir luego en su socorro como un caballero andante.

Ferrándiz es bien parecido, con cara de bueno, frente despejada, ojos de mirada inocente, facciones armónicas y expresión suave de responsabilidad y fiabilidad. En definitiva, el perfecto empleado en, por ejemplo, una compañía de seguros, donde trabajaba.

La mañana que comenzó el juicio llevaba unas gafas negras y trataba de ocultar su rostro sentándose de espaldas a los periodistas. Yo conseguí verle de frente cruzándome en su camino cuando lo desalojaban al concluir la sesión. Era un tipo temible que aparentaba mansedumbre y corrección.

Joaquín Ferrándiz sería un psicópata de libro que comenzó como abusador-violador y acabó como asesino en serie, en una progresión nada extraña en el mundo de los delincuentes psicópatas, aunque desde luego poco estudiado en nuestro país.

La primera actuación, de la que se guarda memoria, fue el 6 de agosto de 1989, cuando atropelló con su coche la moto de María, de 18 años, lanzándola por tierra y dejándola herida en un tobillo. Acto seguido descendió de su vehículo fingiendo estar muy afectado y ofreciéndose de forma caballerosa a llevarla al hospital. La joven, impresionada por aquel muchacho tan galante y seductor, se subió al coche sin sospechar nada. El cruel Chimo se la llevó a un lugar solitario y apartado donde abusó de ella. Fue condenado a catorce años de prisión por violación e imprudencia temeraria.

Seis años más tarde, en abril de 1995, le pusieron en libertad tras redimir pena por buen comportamiento y el tostón de una extensa campaña sobre «la injusticia» de haber sido condenado por delito sexual que reunió una enorme cantidad de firmas.

Tres meses después, el 1 de julio, por el procedimiento «del quijote» hizo desaparecer a una joven profesora de inglés en Benicasim, inaugurando su carrera de asesino serial.

Chimo secuestraba a las mujeres, las desnudaba, las ataba, a ser posible con su ropa interior, las amordazaba introduciendo en su boca las bragas u otra prenda íntima, y las estrangulaba; a veces con las medias, mallas o las manos.

De los cinco asesinatos que se le atribuyen, en cuatro no cometió violación, esto es: no tuvo trato carnal, tal y como se entiende, con sus víctimas. Lo cual, aunque parece chocante, es una variante relativamente frecuente entre los psicópatas asesinos, porque el acto sexual es en realidad el mismo asesinato. No secuestran a sus víctimas para disfrutar de sus favores sexuales y luego las matan, sino que las secuestran para matarlas porque esto es lo que verdaderamente les da placer sexual.

El peor vicio

Era soltero, vivía una existencia monótona con un trabajo lleno de rutinas y cada fin de semana se despertaba en él su instinto depredador. Había conseguido burlarse de la sociedad creando la duda de haber sido injustamente castigado: un chico tan modoso, tan bien considerado en su trabajo, tan formal.

Hasta que a las tantas de la madrugada, de cualquier sábado, se preparaba para la cacería: buscaba mujeres jóvenes, que se desplazaran solas, les estropeaba el vehículo, pinchándoles una rueda, por ejemplo, o directamente chocando con ellas, como si fuera casual. Así arremetió contra dos jóvenes desprevenidas: Sonia y Amelia.

Cuando no lograba sangre fresca, recurría a la prostitución y así se llevó a tres mujeres de la calle: Natalia, Mercedes y Francisca, de cuyos cuerpos se deshizo por el camino Vora Riu, donde se une la carretera de Burriana, en el cauce de un río sin agua. Su peor vicio es que habría seguido matando.