No, no me he equivocado con la imagen. Es el 8 de marzo en su significado verdadero. Faltará sólo el Gran Cabrón, pero sin duda habrá unos cuantos cabritillos de menor entidad, los insignificantes cabroncetes lameovarios de la política española, la farándula y demás gente de vivir parasitario.

Puesto que se acerca el día fatídico y empiezan a dar la murga con bastante antelación, no voy a ser menos y también yo daré mi contribución a este día deleznable.

¿Por qué deleznable? no porque supuestamente esté dedicado a la mujer, pues si fuera sólo esto y no estuviera secuestrado por la secta feminista, sería un día digno de consideración y no un día de infamia como es. Pero es que el 8 de marzo no es simplemente un día de la mujer. Es el gran rito anual de afirmación de las esencias femilocas, del porque yo lo valgo adobado con mentiras, manipulación social y emocional; esencias venenosas que nos administran durante todo el año, pero que en estas fechas se intensifican hasta el paroxismo, en una semana de lavado de cerebro sistemático y completo.

No es el día de la mujer sino el día contra el hombre. El día para anunciar aún más y nuevos privilegios, con exigencia arrogante. El día del lamento, la queja por vicio y el victimismo como industria. El día de la indignación por injusticias estadísticas que sólo existen en la propaganda feminista. El día en que se celebran como conquistas sociales una justicia inmunda y una legislación nauseabunda con “perspectiva de género” es decir contra el varón. El día de esa mujer que exige todos los derechos y no tolera ninguna obligación.

Es el gran momento de las cifras manipuladas, de las rabietas más falsas que Judas denunciando presunta discriminación contra la mujer, cuando la verdadera discriminación es la que hoy en día existe contra el varón. El gran momento, también, de las inútiles que no saben hacer la O con un canuto y cuya única posibilidad de medrar es vender la mercancía, averiada y venenosa, del chiringuito feminista.

El 8 de marzo se celebra ese gran ritual de autohumillación de género, en el que pobres desgraciados con el cerebro arruinado por la propaganda hacen penitencia, piden perdón por haber nacido hombres y se llenan la boca con la superioridad de la mujer. Humildes servidores sin dignidad, con la cabeza gacha lamen las suelas de los zapatos a las sacerdotesas de la religión feminista, caterva de mujeres degeneradas que tiene siempre pronta la palabra machista cuando un hombre les lleva la contraria.

Esta es la realidad del 8 de marzo que, este año, añadirá a su repugnante receta el ingrediente adicional de la fractura entre las dos corrientes de féminas degeneradas: por un lado las furias sanguinarias del hembrismo clásico, que tienen claro lo que es un hombre y lo que es una mujer; por otro lado las tontas de la confusión mental de género, que no lo tienen claro.

Y ahora, deseo a todos una feliz supervivencia durante la próxima semana y especialmente el día del aquelarre. Este año promete ser realmente insoportable.