El próximo domingo, día 13 de febrero, se celebran las elecciones autonómicas a las Cortes Regionales de Castilla y León. Para algunos, adictos al sistema partidocrático, se trata de una “fiesta de la democracia”. Para mí, una carnavalada precedida de una precampaña y campaña electoral que es verdaderamente irritante, convertida en una auténtica orgía electoral con cargo a las arcas públicas del maltratado contribuyente.

          Jamás como ahora se había visto el derroche y el desembarco de los principales espadas de las cuadrillas políticas nacionales. Por aquí vienen desfilando por la pasarela política los más “eminentes” dirigentes nacionales –qué eufemismo- para sermonear a los castellano-leoneses, cuando antes no sabían muchos de ellos donde se encontraba Soria, Zamora o Palencia. No se han escatimado esfuerzos económicos, medios técnicos, todo tipo de recursos  publicitarios y eslóganes tan grandilocuentes y lapidarios, como faltos de rigor, seriedad y naturalidad. Nunca por estos territorios se había asistido a nada igual. Baste un ejemplo, Palencia –con P- este fin de semana recibirá a Pablo Casado y Santiago Abascal. Desde que comenzará la dionisíaca carnavalada, por aquí han comparecido: Pablo Casado, el simpático alcalde de Madrid, Santiago Abascal, Ana Pastor, Iván Espinosa de los Monteros, Macarena Olona, Javier Ortega, Inés Arrimadas, amén de numerosos ministros socialistas y dirigentes de Unidas Podemos. Vamos, que Palencia parecía Nueva York en hora punta.

          ¿Y antes, conocían nuestra tierra más allá de las visitas buscadoras de réditos políticos? La contestación es no. ¿Volverán después? La experiencia dicta la contestación a esta oración interrogativa directa. No. Es verdaderamente lamentable y obsceno. Qué desvergüenza y qué descaro, sin rubor ni propósito de enmienda. Todos ellos –ahora, claro- se les llena la boca de piropos enlatados y guiños pícaros para engatusar al votante. Con retórica artificiosa hueca, vacía, y con verborrea deslenguada incontinente, dicen profesar un profundo amor a estas tierras, matriz del Reino de España en momentos de gloria y esplendor incuestionable. Demagogia y más demagogia en estado puro.

          Miren ustedes cuál es la verdad. Castilla y León es la comunidad más extensa de España, representando el 18,6% del territorio nacional, y la región natural de mayor superficie de la Europa comunitaria. Concretamente, representa  94.226 kilómetros cuadrados. Solamente en esto, los castellano-leoneses ocupan el primer puesto del ranking patrio. A partir de ahí, las cifras cambian en negativo. La densidad media de población es de 25 habitantes kilómetro cuadrado, es decir, existen amplias zonas despobladas y desabitadas –caso de Soria que, en algunas comarcas, tiene cifras de entre 0 y 2 habitantes kilómetro cuadrado-. Primer problema: despoblación. El total de efectivos demográficos es de 2.399.000 habitantes, esto supone ocupar el 6ª puesto en el listado de comunidades. Segundo problema: no sólo está vaciada, como dicen algunos, sino que año a año sigue perdiendo recursos humanos. En este aspecto, es especialmente dantesca la despatrimonialización de población joven, que huye buscando mejores expectativas laborales en otros territorios, no solamente nacionales.

          Las familias, con harto dolor, despiden a sus hijos cuando finalizan sus estudios superiores universitarios, iniciando una emigración constante y de muy escaso retorno. La gravedad, su esencia, es que se trata de mano de obra cualificada y necesaria para impulsar el progreso y desarrollo de nuestra comunidad.

          La aportación de Castilla y León al PIB (Producto Interior Bruto) es raquítica. Un 5,1 del total nacional. También en este aspecto descendemos en la “tabla de la verdad”. Ocupamos el 7º lugar. Ya vamos sumando factores para aclarar la fragilidad de nuestro presente y negro futuro: despoblación+dispersión+despatrimonialización de recursos humanos+población envejecida+falta de relevo generacional+inmigración insuficiente. Hay que apuntar que más del 25% de la población tiene más de 65 años, cifra muy superior a la de la población joven. Pues bien, aquellos que ahora cacarean “soluciones mágicas” han tenido mucho que ver, desde su presencia en las instituciones regionales, provinciales y nacionales, con la situación apuntada. Todos tienen remedios, ¡Coño! –Perdonen la interjección- ¿Por qué no lo han puesto en marcha cunado han podido? Ya saben aquel refrán que dice aquello de: “consejos vendo, pero para mí no tengo”. ¿Y a qué dedican el tiempo libre nuestros parlamentarios nacionales, ya que conocemos su “entrega” y “dedicación” a la defensa de nuestro futuro?

          Castilla y León, es hoy menos Castilla y León que nunca, pero dadas las perspectivas, hoy lo es mucho más que mañana. De corazón y pulmón de un Reino y de un Imperio, se ha convertido en la cenicienta del maldito estado regional o de las autonomías, un invento que, lejos de corregir desequilibrios territoriales, ha acentuado el contraste entre el centro y la periferia. Un modelo territorial fallido de estado, salvo para los de siempre, catalanes y vascos. Y todavía se quejan los gachós, hay que joderse –Perdonen la nueva interjección-. 

          La cuestión demográfica tiene notables repercusiones sociales, políticas y económicas. ¿Saben ustedes cuantos parlamentarios nacionales tiene nuestra comunidad? 31 diputados de los 350 que configuran el Congreso de los Diputados, es decir, ¡¡¡un 8%!!! ; 36 senadores de 265 y 3 por designación autonómica. Convendrán conmigo en que hay que hacer mucho ruido para que se oiga la voz que defiende Castilla y León.  Y la cosa irá a peor. Menos peso demográfico= menos peso político. Desde el comienzo de la andadura democrática, ya se han perdido escaños en las Cortes del –todavía- Reino de España. Por otro lado, a menos volumen de población, menos volumen de partidas presupuestadas dentro del PGE (Presupuestos Generales del Estado). Los criterios para el reparto que prevalecen son, sobre todo, demográficos. Pues…estamos bien jodidos –Perdonen mi nueva interjección-.

          La dispersión es un tema de enorme trascendencia. De los 8.131 municipios que hay en España, 2248 están en Castilla y León. ¿Qué supone esto? Muy sencillo, multiplicación del gasto y, en consecuencia, la deuda, para atender con equipamientos y servicios a tantos núcleos de población. Más del 75% de ellos tienen menos de 500 habitantes, muchos incluso no superan la veintena de vecinos. Nuestros pueblos se mueren sin remisión, y parece que esta es la política que se implanta, dejar que los pueblos callen para siempre. Les invito a visitar nuestra comunidad para ver la realidad que se evidencia a simple vista. Consultorios médicos, escuelas, cuarteles de la Guardia Civil, entidades bancarias, comercios, servicios básicos como alumbrado, acceso a Internet, recogida de residuos…..etcétera son el día a día del malestar en el mundo rural.

          Y ahora vienen los patrioteros, los castellanos de ocasión y los maestros del engaño, con desparpajo e insolencia, a sacar de la chistera soluciones para los males endémicos que nos aquejan y lastran desde hace décadas. Es una mascarada de una ópera bufa de la peor factura posible.

          No quiero terminar mi reflexión  sin referirme a la realidad económica del medio rural, tampoco del urbano. El sector primario está abandonado y desprotegido. La agricultura, ganadería, apicultura, caza o turismo rural sobreviven a pérdidas y con un goteo constante de cierre de explotaciones. Es muy duro asistir al final de la supervivencia de aquellas actividades que fueron y siguen siendo tan importantes en el mercado nacional. El campo abastece a las ciudades y a la industria, sin él estamos condenados a la dependencia exterior. Mi ánimo está y estará siempre con estas gentes abnegadas, laboriosas, hacendadas y sufridas, sin ninguna duda. Ahora, buscando su voto, vienen contándoles milongas y cuentos infantiles los políticos de salón y de postureo.

          Y nuestras ciudades. Salvo Valladolid, también con cierres por doquier y locales en alquiler, son exponente de las nefastas políticas de protección y desarrollo institucional, tanto a nivel local como a nivel regional. Pasear y deambular por sus calles permite contemplar amargamente, de manera clamorosa, el cese se negocios de todo tipo, algunos de historia centenaria y emblemática. La hostelería, el comercio, las profesiones liberales y tantísimos otros subsectores,  luchan como pueden con el toro a que les ha tocado lidiar en desgracia. No vale con la fuerza de la voluntad o con la ilusión, que es mucho, para no caer víctimas de una regresión avasalladora.

          Así pues, las próximas elecciones, son interpretadas desde intereses partidistas espurios ajenos a nuestra Comunidad. Solamente interesa utilizar el pretexto electoral para medir fuerzas, estrategias y planes a desarrollar más allá de este territorio. La mirada la tienen puesta en las elecciones generales, en ver como Ciudadanos es fagocitado por el Partido Popular, en asaltar o defender, según sea el caso, el palacio de la Moncloa.  Además no disimulan en decirlo, las elecciones en Castilla y León son interpretadas en clave nacional, es decir, lo que aquí ocurra es el escaparate de lo que está por llegar.

          De lo que no me cabe duda -así me lo enseña la experiencia- es que muchos no volverán, otros olvidarán lo dicho y prometido, y muy pocos, se comprometerán con esta tierra de manera entusiasta y decidida. Bueno sería preguntar a tanto profesional de las cuadrillas políticas ¿Cuál ha sido tu profesión anterior a tu llegada a la política? ¿Dónde resides? ¿Qué has hecho desde tus responsabilidades por la tierra que te dio su apoyo y, por ende, tu medio de vida? Les aseguro que habría muchas sorpresas.

          En cuanto a mí, con toda humildad y ejercicio de responsabilidad, sin vergüenza ninguna, votaré a las candidaturas patrióticas falangistas. Vivo en una tierra que dio vida a un gran hombre, auténtico caudillo de Castilla, comprometido con sus gentes y su tierra, Onésimo Redondo, sin lugar a dudas quién mejor entendió el ser del campo castellano. A los demás, lo siento, no les deseo suerte.