Es difícil encontrar en la política contemporánea universal cosa más retrógrada y podrida que nuestro ya casi centenario frentepopulismo. Bien se muestre activo, o bien actúe taimado y al acecho, según la coyuntura histórica, siempre exhibirá su carácter antiespañol, criminal, traidor y corrupto.

Tan difícil como que a cualquier espectador neutral deje de asombrarle la estúpida fascinación que algunos sienten por él y por las izquierdas resentidas españolas que lo componen, esa gratuita superioridad moral atribuida al hecho pintoresco de creerse la propia propaganda mentirosa, las hazañas de su histórica infamia.

Este culto a las izquierdas y a la antiespaña en general, es el producto más visible del desguace de la tradición, la muestra de una crisis alimentada en la sugestión por la malevolencia, el temor al esfuerzo constante y el desprecio por la complejidad intelectual y moral. Es el prestigio de la simplicidad de los discursos adaptados a las tecnologías de la comunicación, la sobrevaloración de lo tramposo y la devaluación del saber que exige rigor para poder alzarse sobre argumentos sólidos.

Porque en un tiempo en que la moda es preferible a la certeza, lo banal a lo difícil y la diversión ocupa el lugar de la felicidad, no estamos ante la llegada de políticos e izquierdistas que se abren paso con inteligencia y ética o vigor creativo, sino ante el culto posmoderno a la falacia, a la estética gestual, a la superficialidad, a la inmediatez y ante el temor de lo que siempre hemos llamado madurez o sensatez.

Esta estúpida atracción por lo falsario hace que nos repugne más aún lo estúpido que lo simplemente malo, porque lo estúpido conlleva una maldad superior: la maldad de la ignorancia voluntaria, de esa burrez de reata o falta de carácter o afeminamiento o flojera que, incapaz de sobreponerse a la diabólica voluntad de los demonios, gusta compartir su infierno. Estúpidos, sí, pero también nefastos para la convivencia por ser dueños, así mismo, de una maldad nacida de sus espíritus serviles y cobardes.

La realidad, pues, es que gran parte de la ciudadanía ha confiado en estos falsos progresistas que nos gobiernan porque los sienten como propios. Su excusa es que aparentan ser justos y humanos, olvidando que mientras fingen preocuparse por las miserias del pueblo, lo roban y abusan de él con despotismos e injusticias. Olvidando, sobre todo, que el camino por donde más han progresado los progresistas del PSOE, y sus aliados, es el camino del progreso económico personal. Porque si bien todos ellos terminarán de figurones, misión en la que se empeñan desde su consagración a la política, lo harán ampliamente enriquecidos a costa del común.

Paradójicamente, saberse impunes judicialmente y conscientes de detentar los restantes poderes institucionales, ha servido para que el frentepopulismo se despoje de la máscara, dejando a sus seguidores menos fanáticos sin argumentos y dispuestos a pasarse al PP -la otra cara del Sistema-, ese partido palanganero, cuyo primordial motivo de existencia es el blanqueamiento de los pudrideros frentepopulistas.  

No hace muchos años que las izquierdas resentidas aún creaban debates éticos para justificar sus atropellos. Sus intelectuales áulicos nos venían con cuentos, discusiones más o menos artificiosas y sutiles, con pretensiones de veracidad o evidencia para excusar sus delirios. Ahora ya han renunciado en gran parte a esas controversias que tanto daño hacen a la verdad y, por tanto, al ciudadano y a la sociedad que las escucha; y han renunciado a ellas convencidos de no necesitar ya de retóricas ni de polémicas, teniendo como tienen todo el pescado vendido.

Firmemente instalados como están, ya no pierden el tiempo deliberando continuamente sobre palabras, que es la práctica utilizada hasta alcanzar el poder. Ahora, seguros de sí mismos, ahítos de soberbia y con sus turbios privilegios e intereses personales a salvo, no les importa mostrarse como los impostores que son, ni tienen tanta necesidad de seguir alegando falsas excusas en defensa de la libertad y de la democracia. Ahora, bajo la protección de sus amos y convencidos de su impunidad judicial, ya sólo se dedican a legislar para guarnecer dichos intereses y privilegios. Es la última fase de su estrategia, tras apropiarse del Estado.

Ahora bien, un Estado que no fundamenta su actuación y su razón de ser en la justicia, no ha de llamarse Estado, porque se ha convertido en una horda de salteadores, a mayor gloria de sus soberanos, jueces, guerreros, intelectuales y educadores. Y a mayor gloria también de sus ciudadanos, no lo olvidemos.