Me imagino que el primer artículo sobre  el tema, a más de uno le habrá  ilustrado sobre  detalles interesantes de la Cruzada. Hace unos días, leí un artículo aludiendo -- como si fuera algo raro--  a un “anciano” que  había contado cómo, él,  desde el Sardinero,  había visto hundir  al acorazado España. Pues, no, ¡fue un “espectáculo” público!

Continúo, ahora,  hablando de la vida  en la “zona roja” del norte de España.

¡Son tantos los recuerdos! Veamos uno, inevitable si has vivido  catorce años en Cuba: “aborrecí el arroz” en Santander. ¡Arroz para desayunar, para comer, para cenar!…,   disponíamos de un “mono alimento”  Por suerte mi tío hubiera tenía alma de diplomático: fue siempre un experto en buenas relaciones, lo cual nos permitía “extras”, consecuencia de sus amigos los campesinos. Y así, cierto día, nos enviaron a los dos  inseparables primos a recoger  una “cestita de huevos”…, (nuestra vida desde el 18 de julio, trascurría entre “horas y horas “haciendo cola”, o en recados de supervivencia por   o “leyendo muñequitos” y jugando en esos “catorce meses de vacaciones”), volvíamos tan contentos  con la cesta de los huevos,  pero ocupados en jugar, y olvidamos que los huevos se rompen fácilmente. Cuando llegamos a casa no quedaba uno entero. ¡Imagínese!, el resto. (Cuando ver un huevo,  era descubrir América)

Mi tía estaba embarazada –el tercer hijo nació en mayo de 1937— y nos envió a comprar algo al otro extremo de Santander. Estábamos en el Paseo Pereda cuando “¡suena la sirena!”…, nosotros –“¡mentalidad de críos!”—pensamos que el lugar más seguro contra el posible bombardeo, ponernos bajo la protección de los barcos de guerra atracados enfrente…. “¿Cómo iban a acercarse los aviones con los cañones de los buques, dispararan contra ellos?”,  y, dicho y hecho, nos fuimos corriendo al muelle. Por suerte, solo fue una alarma  sin  bombardeo. Luego continuamos tan contentos a cumplir el encargo.

El sonido de la sirena, después de liberado de los rojos,  durante muchos meses,  me hizo saltar como un resorte, de la cama y, si estaba levantado, reaccionaba como si fuera a iniciar una carrera de competición… Me costó quizás un año evitar los sobresaltos cuando sonaban,  era más fuerte que yo el instinto.

Imposible olvidar igualmente,  las carreras hacia el refugio del Consulado Alemán. Nos habían abierto un boquete en la tapia por donde pasábamos todos. Como recuerdo de una de esas carreras  tengo la marca en una ceja. Corriendo, caí y me  golpeé contra el borde de una acera, y sangrando con fuerza,  llegué al refugio… ¡imposible poner puntos en ese momento! Por suerte la ceja cubrió la marca consecuencia de la mala cura.

Los niños tienen la virtud de soportar como nadie los momentos difíciles,  porque su necesidad de jugar y moverse, y “al  no enterarse del todo” de la gravedad de los acontecimientos,  se acostumbran pronto a todo.

Muchas veces he repasado mi vida en aquellos catorce meses de terror que tenías sin enterarte bien. (Y digo que “lo tenías sin enterarte”, porque he referido decenas y decenas de veces lo que me ocurrió al sentirme “liberado” por los Ejércitos de Franco y lo repetiré, luego,  una vez más). Pasé aquellos meses jugando con los chicos del barrio, disfrutando del “Árbol “Tarzán’” que era nuestro lugar de cita, donde imitábamos al héroe de la selva y su mono… Nos juntábamos para leer revistas de “muñequitos”,  uno, se creía escritor y nos adelantaba las “novelas” que iba a escribir, (luego he buscado su nombre entre los novelistas y no lo he visto, tenía un apellido inolvidable “Soto”), Resumiendo: aparentemente, fueron años – diríamos—en cierta forma “normales”,  desde cierto punto de vista, ¡como los otros!

Lo del “terror acumulado” no cabe duda. ¡Era una realidad!..., ¡lo tenía!

Cuando entraron los nacionales en Santander –les cedieron ese honor a los italianos--, mientras tanto a los falangistas y requetés --que durante más de  un año habían esperado al  sur de la Montaña, para atacar,  los desviaron por Torrelavega hacia Asturias para liquidar la Campaña del Norte. Otro de los hermanos de mi madre -- que esperaba reconquistar Santander y abrazarnos, tuvo que resignarse y esperar la toma de Gijón y la concesión de unos días de descanso, para poder vernos, -- ya en Palencia--. El día de la Liberación yo estaba pasando el sarampión, en un sótano sin luz. Pero unos días después cuando pude  salir a la calle bajé corriendo por Perines hacia la Alameda y, al correr por esa avenida, durante unos segundos sentí algo “muy especial”, me imagino que fue algo como lo que experimentan los astronautas cuando desaparece la gravedad para ellos. “Yo no sentía mi cuerpo”… ¡imposible de olvidar! Duró unos segundos, pero fue una realidad. Nadie me ha sabido explicar cómo es posible que  sentirte “libre” del terror rojo,  pudo producir este efecto. Habían sido muchas sensaciones fuertes para un niño de ocho años…y durante muchos meses.

Soy hombre de ciencias, no de letras. Mi vocación verdadera, ¡sin duda!,  era la de “inventor”. Y así me conocían los chavales del barrio. Uno de esos inventos le pudo costar caro a mi familia. Entre mis inventos con los que jugábamos (arcos con los aceros de los paraguas, flechas de ídem, etc.) me saqué de la manga las “bombas segadoras”, ¡que funcionaban muy bien!: eran tapas de los botes metálicos de conservas, con los bordes afilados, sujetas por el centro con un clavo con la cabeza debajo,  que tenía un agujero amplio para que se cayera el clavo al lanzarlas, y cada tapa tomaba un rumbo diferente… En uno de esos lanzamientos apareció --sin esperarla--una señora y, una atapa le fue a la nariz y le hizo un corte por el que sangraba… ¡Era la más “roja” del barrio!…, por suerte, me quería y me llamaba el “rusito” –al ser rubio, ella, me “hizo ruso”--. No tuvo consecuencias, pero mis tíos, se asustaron. No era para menos.