Entendemos, o mejor dicho, intuimos que lo que ha llevado al Gobierno británico a noquear la maltrecha economía española, restableciendo  la obligatoriedad de la cuarentena para ciudadanos españoles o británicos que lleguen a UK procedentes de España, es la percepción, extendida a través de los medios, —entendemos, dado que el Gobierno está desaparecido— de que España, más que un país, es una confederación de cuevas de Ali Baba y los 17 ladrones, todos ellos peleando con uñas y dientes por el: ¿… y qué hay de lo mío?

Se abre el telón… Y aparece un espectáculo tragicómico de puertas a fuera, cuasi imperceptible para los españoles, harto anestesiados; —como bien opinaba esta semana pasada en una curiosa entrevista Stanley Payne, que tras pasarse media vida tachándonos de fascistas, ahora asegura que nos hemos vueltos tontos del culo—.

Más tontos o menos tontos, desde luego lo que cada vez somos más, es cansinos. Que se nos va la vida entre grescas, intereses partidistas, pesebreros y palmeros. Viendo como el talento y la gestión inteligente pasan de largo para nosotros. Que vivimos sin prisa viendo como crece la complicidad en cuestiones de corrupción entre Ejecutivos autonómicos; viendo como desaparece España sin que esta gentuza sea capaz de llevar a cabo el más mínimo acto de grandeza, sin una brizna de excelencia para el caso que nos ocupa: gestionar esta pandemia, con sus correspondientes crisis, sanitaria y económica.

Somos juez y parte

Incluso sin querer, sin ser conscientes de ello, todos nosotros formamos parte de este ir y venir de reproches entre españoles de distintos territorios. De distintas comunidades autónomas. Por eso quizá no entendemos que esta estéril suma de territorios se haya convertido en suelo  incierto para los de Boris Johnson.

Tras estos tristes días de pandemia he podido comprobar de qué forma nos hemos infectado de gilipollez —tontería, estupidez, e idiotez, según el diccionario de la Real Academia Española_.  En nuestro caso gilipollez autonómica.

Y me pongo como ejemplo. Un ejemplo, nada ejemplar, vaya por delante.

Cuando unas semana atrás vi que a Cataluña, con esos enfermos mentales que tienen por gestores, —venga que dar por culo con la independencia—, se les iba de las manos la situación, multiplicando los casos de coronavirus, pensé: ——ahora verás tú por donde nos sale a todos la independencia, seguro que su falta de foco la vamos a pagar todos, porque el Gobierno es incapaz de señalarlos con el dedo, los tiene de aliados—…

Inmediatamente, fui consciente de que estaba olvidando, invadida por la ira, y tirando de agravio comparativo, que en Cataluña tengo tantos hermanos y compatriotas como en el resto de territorios españoles.

Y así con Euskadi, esos que se caen de un décimo y se levantan, quitándose el polvo de la ropa mientras comentan «si no soy vasco me mato»…, esos que han celebrado el San Fermín por libre, por que si no son vascos se contagian. Esos que debe de ser que eran navarros, y los navarros sí se matan, si se caen de un décimo. Y también lo pagamos todos.

Los federalistas del PSOE hablan de federalismo asimétrico. Esto es, que unos territorios tengan, por la cara, más privilegios que otros.

Confieso que más pronto que tarde reaccioné. ¡Qué pena! Inoculados con el virus de la insolidaridad de la política española alimentado con estrechez de miras de las comunidades, nos estamos convirtiendo en unos mierdas, incapaces de caminar con la altura de miras y la grandeza necesarias para conquistar el futuro. Y no será porque no tenemos ejemplos espléndidos en todos los estratos de la sociedad, que indudablemente quedan en un segundo plano, cegados por este sindios.

La percepción es que, a falta de autoresponsabilidad, en España los Hunos nos echamos las culpas a los Hotros. Que llueve sobre mojado, diría Unamuno. Y esto es un galimatías. Y, claro, hay pocas actitudes que generen mayor desconfianza. Cada reyezuelo, cada Taifa, echa balones fuera y así es como Boris Johnson se ha echado -valga la redundancia-, las manos a la cabeza y ha debido de pensar, estos son gilipollas, a estos se los va a comer la mierda, más pronto que tarde, porque no están a lo que están.

Conclusión, que la Pérfida Alvión ataca de nuevo… Y lo que te rondaré morena… Y de paso, prueba a ver si su gente, que adora España, se queda este año en la Isla y se deja las libras en casa. Zorro viejo, no tiene complejos.

Y es que, en resumen, las comunidades no sólo son la factura que los españoles no nos podemos permitir, sino además son el cotolengo, el pesebre responsable de la mayor tasa de  desigualdad entre españoles. Han impedido la modernidad y el progreso y se han lapidado en corrupción, privilegios, sueldos, prostitutas,  drogas y otras alegrías para esos cuerpos serranos,  los fondos que tenían que haberse invertido en investigación, I+D+I, como espoleta de futuro no sólo de nuestros jóvenes, profesionales, empresarios…, sino también de nuestras pensiones.

Y parece que sin solución, aquí seguimos los españoles a palazo limpio, enterrados en el goyesco fango hasta las rodillas, luciendo caras de mamelucos… Necios, cainitas y simplones y además, amordazados con el nuevo tapabocas; y como diría Rafael Amor, arrodillados…

… siempre arrodillados.