¿Crisis constituyente? ¿Pedro Sánchez tratando de presidir la III República? Algunos parecen caerse ahora del guindo y nos vienen con este hallazgo. Y son precisamente los promecondes del Sistema, esos que se han dedicado a mirar para otro lado o a consagrarse al cuidado y distribución de los bienes de su señor los que han descubierto al fin que el Mediterráneo existe.

 

Pero los españoles avisados saben desde hace muchos años que el espíritu de la Constitución ha muerto, mediante ataques a la legalidad y golpes de Estado cuasi permanentes; y saben también que los que ahora se rasgan las vestiduras son precisamente aquellos que han permitido el deterioro de la patria, riendo las gracias al socialismo durante décadas, cómodamente instalados en su sectario monarquismo o en su particular sinecura.

 

Muchos de ellos, incluso, ninguneando o atacando al franquismo, realistas que no perdonarán nunca al Caudillo que fuera él finalmente, no sus reverenciados políticos trasnacionales, ni sus señores financieros, ni sus democracias occidentales liberales y democráticas, ni su devoción o sus valores supuestamente linajudos, quien restauró la institución monárquica.

 

Aquellos que en la época mal llamada democrática han venido arropando al oportuno Jefe del Estado en su inacción, los que han dormitado cómodamente mientras contemplaban a la patria cómo se iba fragmentando y degradando, descubren de repente la hostil agenda progresista, los ominosos imperios informativos, las viles ambiciones de los demontres frentepopulistas…

 

No se han percatado de que España lleva agonizante varias décadas, pero sí perciben al fin que la Monarquía está en peligro. No España, sí la Monarquía; su monarquía. Mas la pregunta que debe hacerse es: ¿cómo se puede justificar o defender a monarcas que han firmado su propia deslegitimación? ¿Cómo amparar a quien contempla en silencio el robo de la libertad de sus súbditos y la ruina y fragmentación de su reino?

 

Padecemos una época confusa en la que los asuntos nacionales se mezclan y se embrollan con los relacionados con la globalidad. Una época de equívocos prefabricados, de contradicciones impensadas o premeditadas, de alteración de los valores, que han puesto a la civilización occidental, incluso a la humanidad toda, contra las cuerdas, al borde de su extinción, en sus aspectos físicos, éticos, religiosos y jurídicos, al menos.

 

De ahí que estemos obligados a ordenar dichos problemas, distinguiendo o relacionando, según el caso, los nacionales y los globales. Y de ahí que resulte consecuente la desconfianza de los espíritus libres para con quienes han permitido que estemos en este lodazal. Y que esa sospecha sea absoluta; del rey abajo, como suele decirse.

 

El hecho de cuestionar una institución, incluso de opinar y escribir contra un rey abierta y francamente por honor y conforme al deber, no tiene por qué constituir una querella particular contra el mismo rey. Señaladamente, la causa de las leyes y la defensa del antiguo Estado, tienen de ventajoso que aquellos mismos -del rey abajo, insisto- que por propia voluntad lo desmantelan y corrompen, excusan a los que lo defienden, si no los honran.

 

Aquellos amos malvados a quienes los traidores sirven de instrumento para traicionar a sus compatriotas y a su país y de quienes son bien conocidos, saben que con ellos harían lo mismo si pudieran. Los aceptan y emplean como hombres perversos o corruptibles, útiles en definitiva para su causa, y alcanzan de ellos el provecho gracias a su deslealtad; los hombres dobles y turbios son aprovechables por lo que su doblez y su suciedad moral proporciona, pero es preciso tener cuidado con su ambición para que se lleven sólo lo que dichos amos consideren preciso.

 

Tanto estos poderosos como sus sicarios, que pretenden quebrar el alma de la humanidad, no son codiciosos y pervertidos y jactanciosos y soberbios por culpa del oro, ni por culpa de la belleza, ni por culpa de la alabanza humana, ni por culpa del poder, sino de su alma que ama el oro o la belleza o la alabanza o el poder de modo vicioso y desordenado, desdeñando el testimonio y la armonía, si no de la propia conciencia, que tratan de silenciar, sí de la naturaleza.

 

De ahí que estén reñidos con la realidad y con el orden natural de las cosas. Tal es el laberinto de su error, de su falsa ideología. Ni son monstruos nuevos ni tienen nada de extraordinario o milagroso, han existido y existirán siempre, y todos los días nacen deformidades morales como ellos bajo el sol. Y España, como no podía ser menos, ha padecido este tipo de endriagos, y actualmente los padece en abundancia.

 

Lo anómalo es que quienes, por hallarse a la cabeza de las instituciones -sobre todo de las más fundamentales-, debieran despojarlos de las máscaras, quienes están para mantener la ley y el orden, como es el caso de los monarcas, los militares o los jueces, colaboren activamente con las aberraciones o las consientan con su silencio.

 

Lo morboso y disparatado, digo, es que estos personajes, que debieran conducir ordenadamente a una sociedad que teóricamente protegen, prefieran andar en circuitos falsos en vez de seguir el camino recto, y nos arrastren al retortero, sirviendo a un pensamiento único y correcto que los espíritus libres están obligados a denunciar y desdeñar.

 

Pero volviendo a lo más alto, que debiera ser por eso mismo lo más armonioso, resulta una guarda inoportuna la de los secretos de los reyes. Y algunos monarcas tienen uno y de extraordinaria magnitud: el porqué de su pasividad a la hora de defender el país sobre el que reinan. Es difícil ser instrumento de la traición y dejar la conciencia a salvo. Ser infiel para con la patria significa ser infiel también para consigo mismo. Y si eso vale para cualquier mandatario, más viene a cuento para el que se halla en la cúspide.

 

Compruebo, cuando se habla de la monarquía, que mientras se acomete sañudamente contra sus razonables críticos, o incluso contra los testaferros, dejando a salvo al soberano, quedan al descubierto unos cortesanos más próximos a una organización teóricamente feudal que a lo que se entiende por una monarquía moderna. 

 

La siguiente amenaza del Gobierno socialista, en su firme deriva hacia la tiranía, pasa en el próximo futuro por una nueva ley de seguridad nacional. Un paso de tuerca más. Pues bien, por desgracia y visto lo visto, ¿puede alguien confiar en que la más alta magistratura del Estado se niegue a refrendarla? ¿Por qué razón, tras aceptar sucesivamente todas las pautas liberticidas de esa agenda progresista, de la que ahora algunos monárquicos instalados han descubierto su malevolencia, iba ahora el Rey a deslumbrarse ante la verdad y, como Saulo, caerse del caballo?

 

Supongo que habrá monárquicos ecuánimes conscientes de que su ideología, en España, se halla en el filo de la navaja; pero, supongo, así mismo, que aquellos fanáticos que defienden la monarquía desde un sentimiento sectario o acomodaticio, no lo verán así. Por eso es bueno que recuerden a Ovidio en sus Tristes: «No hace falta mucho esfuerzo para quebrar lo que ya está cascado». Porque, en efecto, nuestra monarquía está caduca y hendida por sus propios vicios, por sus propias ingratitudes, por sus públicas defecciones. Y no se trata aquí de negar un régimen político, sino de ponerlo ante el espejo.

 

La cuestión es, para finalizar, que nadie hoy, desde los foros oficiales nacionales, tiene la virtud o la voluntad de un hablar abierto y franco que fuera ejemplo y espejo donde pudiera mirarse la ciudadanía. Nuestras instituciones y nuestros mandatarios son esclavos, tanto de sus propios vicios como de sus amos globalistas, y a ello se resignan fácilmente. Y eso los define y los hace despreciables, porque la esclavitud es indigna y contraria a la dignidad del hombre, pues sólo de la razón y de la justicia debe uno ser esclavo.

 

Y que nadie excuse sus errores o sus vicios bajo mangoneos legalistas ni trate de justificarse respondiendo a la maldad con tibieza o con debilidad ignorante, sobre todo si viene manteniendo una conducta de permanente y acomodada ambigüedad, porque quien pudiendo levantar al caído se dedica, una y otra vez, a ponerse de perfil, se convierte a su vez en malvado y miserable, pues se priva voluntariamente de hacer lo mejor o lo debido.