¿Las desgracias nunca vienen solas? Muchas veces pienso en esa frase como una forma de esforzarme en entender todo lo que me pasó y la mala suerte que a mí y a los míos nos acompaña hasta el día de hoy.

 

No se trata de causar lástima. Hace muchos años que entendí que los problemas son de cada uno y que las ayudas vienen contadas.

 

Son muchas las dificultades que existen en mi casa para llegar a fin de mes. Mi situación me genera muchos gastos y los ingresos de los que mi madre dispone para compensar la contabilidad de mi casa, son bastante escasos.

 

Han pasado veinte años y todavía no puedo entender por qué no recibí ninguna indemnización. Permanentemente escucho como lo seguros afrontan moral y económicamente los sinestros que cubren con sus garantías, pero en mi caso nada sucedió como debiera y hoy en día, solo me queda ver si legalmente podríamos reabrir el caso y recuperar alguno de los derechos que me robaron en aquel entonces.

 

El seguro se hizo cargo de mi rehabilitación durante un año. Y eso es lo único que tengo que agradecer. A partir de ese momento y hasta el día de hoy, he aprendido que las desgracias tienen un costo económico que te hunde mucho más y te hace más difícil la lucha diaria a la que estás sometido.

 

Uno y otro juicio. Fueron unos momentos que ahora recuerdo como defensas imposibles en pelea constante con compañías de seguros a las que no les importaba mi situación y que solo pretendían librarse de cumplir con los contratos. Un tiempo de miedo permanente. Un sube y baja de pensar que íbamos bien cuando más dinero nos pedían.

 

Once millones de las antiguas pesetas costó mi primer año de rehabilitación. Once millones que hubo que defender frente a una multinacional puntera del mundo de los seguros que pretendía meter a mi familia en la ruina más absoluta, frente a otra aseguradora, la mía, la que nunca supo defenderme y que solo protegía una indemnización cero para su propio cliente. En definitiva, una panda de estafadores que me quitaron las ganas de seguir en esta vida.

 

Recuerdos que me ahogan pero que a la vez me hacen más fuerte y me imprimen fuerza para seguir adelante. Hoy dispongo de unos recursos mínimos pero que me permiten ese también mínimo mantenimiento físico que necesito. De no ser así, estaría verdaderamente jodido. Solo me puedo permitir acudir dos días al Centro de Rehabilitación Téxum en Coslada y cada día sigo tratando de entender aquello de Las Desgracias nunca vienen solas.