Desde que el 31 de diciembre de 2019 las autoridades chinas notificaron con retraso el primer caso de infección  por el SARS-CoV-2 acaecido en la ciudad de Wuhan, iniciándose así la denominada por la OMS Covid-19 (acrónimo de coronavirus disease 2019), las controversias en torno a la enfermedad que en apenas dos meses se convirtió en pandemia no han hecho otra cosa que sucederse, sembrando la confusión y la incertidumbre en la opinión pública.

Así, la primera controversia está relacionada con el origen del virus. Para la gran mayoría de expertos en la materia el SARS-CoV-2 es un virus de origen animal. Según esta hipótesis el SARS-CoV-2 es el resultado de mutaciones surgidas en alguno de los virus existente en un animal del mercado de Wuhan, convirtiéndose de esta forma en un virus zoonótico, es decir, un virus que ha pasado de animales a humanos, para después propagarse entre humanos a una velocidad inusitada, extendiéndose por todo el planeta. Frente a esta teoría, diferentes expertos, entre los que cabe destacar a la viróloga china huida Li-Meng Yan y al Premio Nobel de Medicina Luc Montagnier, el SARS-CoV-2 no procede de la naturaleza, sino que ha sido diseñado en un laboratorio mediante técnicas de ingeniería genética. Para explicar su propagación tras su fabricación solo caben dos posibilidades, o bien se ha escapado del laboratorio por fallos en la cadena de seguridad o bien ha sido puesto en circulación de manera deliberada. Dado que hasta el momento presente no se ha conseguido identificar el animal intermediario de donde procede el virus ni tampoco se ha podido demostrar fehacientemente que el virus proceda de un laboratorio, cabe concluir que ambas hipótesis están en entredicho y, por lo tanto, no podemos confirmar ni desechar definitivamente ninguna de ellas.

La segunda controversia tiene un carácter conspirativo, ya que hace referencia a la utilización de la pandemia por parte de los promotores de lo que se ha dado en llamar “nuevo orden mundial” para acelerar sus planes de control poblacional, utilizando la enfermedad y la muerte provocadas por el coronavirus para acrecentar su poder. La estrategia seguida sería la de provocar una ola de miedo en la población mundial que les permita, por un lado, limitar las libertades individuales y disminuir los estándares de calidad democrática de los Estados, con la aquiescencia de la población que vería en ello no un recorte de sus derechos sino un aumento de su seguridad y, por otro lado, disminuir la autonomía de las Naciones-Estado, situando la toma de decisiones a nivel de entidades supranacionales que actuarían en gran parte condicionadas por sus dictados. En relación con este planteamiento es necesario decir que parece evidente que para controlar una enfermedad que se extiende al unísono por todo el mundo, como es el caso de la Covid-19, resulta necesario un cierto grado de cooperación entre los países, ya que el problema es compartido por todo el mundo y la actuación llevada a cabo en una determinada zona afecta a la humanidad en su conjunto. Habiendo afortunadamente ocurrido esto, también es cierto que durante la pandemia hemos visto como determinados gobiernos y organismos internacionales han aprovechado la coyuntura para desarrollar una agenda ideológica propia con tintes totalitarios, que poco tiene que ver con la salud de las personas. España, por desgracia, es un ejemplo paradigmático de ello, ya que el gobierno socialcomunista, desde su llegada al poder, más que dedicarse a una eficaz gestión de la pandemia ha optado por implementar una serie de medidas políticas que han supuesto una degradación absoluta del Estado de Derecho.

Finalmente, la tercera controversia hace referencia a la propia existencia del virus. Así, si bien la inmensa mayoría de la comunidad científica, en base a los datos empíricos que tiene a su disposición, no duda en afirmar que el mundo está inmerso en una pandemia provocada por el SARS-CoV-2, hay una corriente que, contra toda evidencia, niega la existencia de dicho virus y, por tanto, la existencia de una pandemia. Son tantas las pruebas que avalan la existencia de la Covid-19, que nos limitaremos a citar tan solo aquellas que nos parecen más relevantes y esclarecedoras.

Así, el 10 de enero de 2019 científicos chinos publicaron la primera secuenciación del genoma del SARS-CoV-2. Asimismo, en España, el Centro Nacional de Microbiología realizó en marzo de 2019 la secuenciación completa del SARS-CoV-2 a partir de muestras respiratorias recogidas en pacientes españoles, destacando la investigadora María Iglesias que la secuenciación “es muy completa y ofrece información sin ningún tipo de indeterminaciones”. 

En base a los datos obtenidos podemos decir que el SARS-Cov-2 pertenece a la familia de los Coronaviridae y está constituido por una cadena de ARN de 29.891 nucleótidos que codifican 9.860 aminoácidos. Dentro de su estructura se hallan 4 genes, cada uno de los cuales codifica una de las proteínas estructurales del virus, conocidas como proteína S (spike), proteína E (envelope), proteína M (membrane) y proteína N (nucleocapsid). De todas estas proteínas tiene especial importancia la proteína S, ya que es la que contiene el dominio de unión al receptor ACE-2, el cual se localiza principalmente en pulmón, corazón, riñón y aparato digestivo. La unión de la proteína S y el receptor ACE-2 permite al virus ingresar en las células del huésped, para localizarse en su citoplasma y proceder a su replicación. 

Por si todo lo expuesto no fuera suficiente prueba de la existencia del SARS-CoV-2, cabe añadir que es posible por microscopía electrónica obtener imagines de los viriones, los cuales muestran una forma esférica con una corona a su alrededor, motivo por el cual se les llama coronavirus.

Pero, por si lo dicho fuera poco, aún hay más pruebas de la existencia del SARS-CoV-2, hasta el punto de que existen tres tipos de pruebas diagnósticas que ponen de manifiesto su presencia en el organismo de los sujetos infectados: Test serológicos que demuestran la producción de anticuerpos específicos, tipo IgM e IgG, contra el virus, Test de la PCR que detecta la presencia de material genético del virus en exudados nasofaríngeos y orofaríngeos y Test de antígenos que muestran la existencia de proteínas virales en secreciones nasofaríngeas.

En cualquier caso, dado que no ha existido durante 2019 ningún desastre natural, ningún accidente descomunal ni ninguna guerra capaz de explicar el exceso de mortalidad respecto al año anterior (cerca de 2 millones en el mundo  y alrededor de 80.000 en España) solo cabe concluir que dichas muertes nada más pueden estar provocadas por la aparición de un nuevo patógeno como es el SARS-CoV-2.

Decía el empresario y conferenciante estadounidense Robert Toru Kiyosaki que “La mayoría de las vidas de las personas están determinadas por sus opiniones, en vez de por los hechos”. Los hechos expuestos en favor de la existencia de una pandemia producida por el SARS-CoV-2 son incontrovertibles, ya que están basados en evidencias científicas y nadie en su sano juicio puede creer que la inmensa mayoría de los investigadores y médicos del planeta formen parte de una grandiosa confabulación de escala mundial. 

Desde esta perspectiva, entiendo que resulta prioritario en el momento actual frenar el reguero de enfermedad y muerte que está dejando tras de sí la pandemia. Afortunadamente tenemos el remedio para ello: la vacunación masiva de la población, ya que solo de esta forma alcanzaremos la inmunidad de grupo necesaria para cortar la cadena epidemiológica de un virus como el SARS-CoV-2 cuya propagación, de seguir como hasta ahora, constituye una seria amenaza para la humanidad.