Cuando cualquier oyente normal escucha en el Parlamento a los miembros de este Gobierno socialcomunista -Sánchez, Calvo, Iglesias, Grande Marlaska, etc.- puede confirmar lo detestables que son estos politiquillos y estos tribunos, lo mismo que sus símiles de la judicatura o del periodismo, todos ellos venales y falsarios, no sólo por su intrínseca perversión, sino por su falta de respeto a la inteligencia y su consiguiente ofensa a la dignidad del ser humano. 

Analizando la construcción gramatical de sus oraciones, cómo -con ignorante desparpajo-desbarran en el arte de hablar, diciendo lo contrario de lo que pretenden, confundiendo «humanismo» con «humanitarismo» o, mucho más grave, «memoria democrática» con «insidia totalitaria», y además enfatizándolo, es difícil evitar un sentimiento híbrido de vergüenza ajena y repugnancia intelectual y moral. Sentimiento cruzado que es común con respecto a toda la vigente casta política.

 

Como debido a su profesión original o a las supremas responsabilidades que hoy deben gestionar se supone que todos ellos han debido terminar no ya el bachillerato elemental, sino al menos las «cuatro reglas», es obvio deducir que las finalizaron con escaso provecho. ¿Qué razones pueden alegar estos políticos del Gobierno y sus colegas de la casta, dada su incuria sapiencial, para encampanarse a la hora de discursearnos y tiranizarnos?

Todo es tan fingido como falaz en estas izquierdas radicalizadas y en sus cómplices. Todo en ellos, absolutamente todo, es patraña y pestilencia: el auge económico o el bienestar social que cacarean, su «cultura» desatinada, su programa político, sus consabidas técnicas del agit-prop liberticida…, pero, sobre todo, su lamentable imagen de ruindad jactanciosa.

Hacer las cosas con nobleza, estilo y dignidad, independientemente de los logros conseguidos, resulta indispensable para el buen político. De ahí que éste debiera ser transparente en su vida pública y en su gobierno, manteniendo siempre un comportamiento ético irreprochable y un amor a la nación y a la verdad. Algo que no entenderán jamás estos chupadores del pueblo sano.

Por eso siempre resulta repugnante la ordinaria sobreactuación de los políticos cuando se dirigen a la ciudadanía, especialmente en actos destacados o ante las citas electorales. Me refiero a ese ahuecamiento del orador de mitin con el que tratan de no decir nada dando la impresión de que se dice algo. Nada para no contrariar a sus jefes o alejar a posibles votantes sectarios o sin ideología, que son su presa ambicionada; pero dando a su vez la impresión de que lo que se dice tiene enjundia, para no perder consistencia y quedar como vulgares atrapagatos.

Como tanto su malicia como sus asesores indican que hace falta agresividad y nadie quiere ser agresivo con el aliado o el posible votante, lo son contra los candidatos y los electores contrarios. Su perversa naturaleza no comprende que la política auténtica debiera defender la verdad por encima de todas las cosas, renunciando a la manipulación de la opinión pública, de la realidad social y del lenguaje. Todo lo contrario a lo que les dicta su índole de chekistas: turbiedad, corrupción, inmoralidad, engaño, politiquería, vulgaridad, analfabetismo, rencor, codicia, liberticidio, hispanofobia…

Es evidente que nos dirigen unos políticos despreciables y despreciados, que sólo se sostienen a fuerza de ultrajes y de trampas, despojando y humillando a su pueblo. Pero como en su inicua mente no cabe el abandonar inmediatamente el poder, que sería lo justo, sino retenerlo valiéndose de esos medios, es lógico desenmascararlos por sus maldades, payasadas y cursilerías, además de por sus obsesiones golpistas y frentepopulistas.

Y no sólo es lógico y ecuánime, también es imperativo acabar con su costumbre dogmática de utilizar grandes palabras impregnadas de contenidos abstractos -pretendiendo dar una imagen de gran cercanía a la opinión pública-, mediante el adecuado manejo de instrumentos semánticos demagógicos –expresiones como «cumplir la Constitución», «extensión de los derechos a los trabajadores», «tolerancia», «convivencia», «solidaridad», «respeto», «diálogo», «democracia»…- que, aun siendo mera verbalización, les proporcionan una conveniente percepción pública.

Sabemos que ningún usurpador puede ser acreedor a la verdadera gloria, pero ello trae sin cuidado a estos expoliadores vanidosos y corruptos que adornan el lenguaje con los habituales aderezos buenistas, igualitarios y democráticos, conscientes de que falsear palabras, conceptos y realidades no cuesta nada, menos aún ante una justicia y unos medios informativos tan podridos como ellos, y ante una plebe insensible que nada noble reclama.

Esta casta política insoportable e iletrada actúa así porque se sabe impune. Aprovechándose de la decadencia y confusión a la que han llevado a su patria, triunfa o trata de triunfar en ella, nunca sirviéndola, sino conchabando sus ambiciones personales y las de sus partidos. Ni tampoco busca el provecho ni el bienestar de sus ciudadanos, antes bien pretende aniquilarlos bajo el peso de infamias y miserias de toda clase.

Pelagatos analfabetos y ambiciosos que, como los actores mediocres, se desviven por estar siempre en escena, pues el espectáculo de sí mismos los fascina. Ajenos a su barbarie intelectual y moral, viven en un mundo de representación separado de la realidad civil exterior, cerrados a los peligros que para ellos suponen la verdad y la integridad, y a los riesgos de toparse con los movimientos cívicos de una ciudadanía libre.

A pesar de su nesciencia, estos incendiarios que tratan de pasar por apóstoles, representan una estructura de maldad vendida a un poder superior, es decir, son instrumentos al servicio de una fuerza innominada, pero tangible. Y como toda maldad organizada se asienta en la corrupción institucional y en la pasividad social, es esencial e irremediable oponer al Sistema la organización de un proyecto de regeneración nacional.

Dado que dicho movimiento no va a ser impulsado por la masa acrítica, ni menos aún desde la asamblea de conjurados que son nuestras instituciones en la actualidad, es obligado que todos aquellos prohombres, intelectuales independientes y técnicos, de acuerdo con el pueblo sano, y con VOX como promisoria cuña parlamentaria, se fijen el objetivo de zanjar la actual devastación política y sociocultural.

La malevolencia y ausencia de respeto a la ley y a la Constitución demostradas por los siniestros mandarines de la modernidad totalitaria, su despótica agenda, son algo que hay que rechazar tajante y urgentemente mediante la presión y la acción ciudadanas. Se trata de proclamar, mediante permanentes manifiestos y ponencias, la verdad histórica y cotidiana que la nueva dictadura bolchevique pretende mixtificar y suprimir. Se trata de encarcelar a los causantes de esta crisis judicial, política, cultural, económica y sanitaria, enfrentándolos a sus abominaciones con ayuda de las hemerotecas, antes de que borren la prueba de sus crímenes.

Se trata de abordar la confusión y el desánimo de la sociedad, orientando al ciudadano de cara al futuro y dotándolo de dinamismo; qué puede hacer para protegerse de cabilderos y ladrones. Se trata de crear una referencia, una corriente de opinión consciente de la gravedad de lo que estamos viviendo, y comprometida con la libertad y la justicia. Se trata de aclarar, de una vez por todas, que los españoles cumplidores y patriotas no son los sospechosos, sino los políticos dementes y delincuentes, inoculadores de odio, que España sufre, además de esa otra gentuza constituida por sus cómplices y sus votantes.