Llegan para todas las naciones momentos críticos en los que sus respectivos jefes de Estado, si es que de verdad lo son, deben dirigirse a sus súbditos, a sus ciudadanos, dando la talla, demostrando su valía, su capacidad y su honra, demostrando de qué pasta están hechos y qué se puede esperar de ellos ante dichas situaciones que marcarán un antes y un después en su historia. Desgraciadamente, y de nuevo, Felipe VI ha puesto en evidencia lo que se puede esperar de él. Claro que nos preguntamos si queda todavía en España algún incauto o despistado que esperaba algo de este Borbón que no fuera lo que la historia nos muestra de sus antecesores desde que su estirpe hoyó nuestro solar patrio a comienzos de aquel infausto siglo XVIII.

Ante la crítica situación que vive España tras décadas de tropelías por parte de su pretendida clase dirigente. Cuando España ha llegado otra vez al punto de no retorno, ese en que el avión o despega o se la pega. Cuando se pacta delante de las cámaras su descuartizamiento final por los que la odian abiertamente y no sólo no lo esconden, sino que lo proclaman a los cuatro vientos porque nada temen. Cuando se va a vulnerar por enésima vez una Constitución fallida en buena medida precisa y premeditadamente por su constante violación por los que nunca pretendieron otra cosa que utilizarla como puente hacia sus más descabellados y antinacionales fines. Cuando se vuelve a repetir la historia de aquella Segunda República fallida porque la socavaron y destruyeron los que la quisieron como vía a una guerra civil de la que creyeron que saldría la imposición de su Revolución totalitaria y que son los mismos que ahora promueven el enfrentamiento civil con el mismo objetivo aumentado por el ansia de revancha. Cuando, en fin, todos sabemos lo que pasa y no nos engañamos de lo que va a pasar, el Rey nos suelta un bodrio, una sarta de palabrotas, de estupideces, simplicidades y bagatelas, propias de cualquier colgado, que le dejan en evidencia y demuestran que es, sin duda, digno hijo de sus padres, abuelos, tatarabuelos, etc.

El Rey, sí, el jefe del Estado, supuestamente todavía, nos largó una bazofia infernal que, además de aburrir hasta a las ovejas, aboca a España definitivamente a su desaparición en manos de quienes, alucinados, sólo buscan satisfacer sus más repugnantes desvaríos y complejos.

El discurso del Rey de este año 2019 que finaliza, y que confesamos que nos tragamos, o mejor decir que nos atragantamos, sólo para poder escribir hoy estas líneas con conocimiento de causa, ha sido, posiblemente, la última ocasión perdida por él y por España, porque, señoras y señores, en breve tendremos un gobierno al más puro estilo frentepopulista estaliniano, esta vez, eso sí, con la aquiescencia de esa “derecha” que por primera vez en nuestra historia, desde hace décadas y por pura cobardía, practica el seguidismo estúpido de la izquierda revolucionaria antinacional –en España la izquierda, toda, desde el PSOE, siempre lo ha sido, es y será, que nadie se engañe— que, en comandita con los apátridas de toda ralea, van a dar a España la puntilla; “derecha” que, no obstante, será llevada al paredón en cuanto no se la necesite para envolver esa tiranía de “democracia”, como le ocurrirá a la Corona, que pretendiendo salvar su chiringuito con gestos como el de este discurso lo tiene más que perdido.

¿Y las FF. AA.? ¿Y el art. 8º? ¿Y el mandato directo del pueblo soberano a sus militares de defender la integridad territorial y el ordenamiento constitucional? Pues en la inminente Pascua Militar veremos de nuevo de qué pasta están también hechos estos militares de hoy que dicen defender a España… en Líbano, Letonia o vaya usted a saber dónde con tal de que sea lejos, muy, muy lejos de España. Y es que la cobardía es vicio fácil de contagiarse, para el cual sobran siempre excusas, que no razones, porque, no nos engañemos: es mil veces más fácil dar la vida que… perder el cargo.