Algunas personas acaban de averiguar ahora, año 2021, que en España no hay una monarquía. Bien; nunca es tarde. Ha sido necesario, sin embargo, que el Gobierno anunciara que va a indultar a los responsables del referéndum de independencia y del proceso soberanista en general, para que, ante la impotencia e inanidad de Felipe VI, algunos acabaran por preguntarse: «¿será eso un Rey?»

 

   Al contrario que Felipe VI, la pregunta es totalmente legítima. No es necesaria una gran reflexión para comprender que una persona que no rige un país, que no toma ninguna decisión importante para su bien, que no puede detener los peligros que amenazan su ruina, y que no tiene otro poder o función que el de ser un mercachifle, no es un Rey en absoluto. Si a esto se le añade que su dinastía es notoriamente ilegítima, la evidencia es completa. ¿Hacía falta esperar a que el Gobierno indultara a los responsables de una alta traición al país, para darse cuenta de la completa nulidad de Felipe VI? Es más, ¿hacía falta llegar a su proclamación como Rey para saber que jamás tendría el poder ni cumpliría con los deberes que pertenecen a esa dignidad? ¿Acaso su padre, Juan Carlos I, hizo algo más cuando se aprobó la Ley de Divorcio, las leyes a favor del aborto, o cuando se crearon partidos separatistas y otros dirigidos por terroristas? A no ser que la corrupción o las infidelidades a su mujer formaran parte de un plan para frenar todas esas desgracias, me parece que no.

 

   Todo ha sido una ilusión que algunos monárquicos han querido creer. En realidad, después de Alfonso XIII no ha habido Rey en España. Tras la muerte de Franco se instauró una República muy particular y seguramente sin parangón en la historia, ya que mantenía la figura de un Rey como chivo expiatorio a la vez que le destituía de todo su poder e influencia. Considerado desde un punto de vista maquiavélico, y abstracción hecha de su licitud, hay que reconocer que es una obra maestra de la astucia, pues mientras en una República declarada los republicanos tendrían que cargar los desmanes políticos, las debacles económicas y todo tipo de desgracia nacional en la cuenta de la forma de gobierno que defienden, y los monárquicos no dejarían de aprovechar esa situación para reclamar una monarquía, en esta otra República, en cambio, los republicanos siempre podrán culpar a un pelele disfrazado de Rey de todos sus problemas, mientras que la mayoría de monárquicos, creyendo defender la monarquía al defender al susodicho, no hacen más que contribuir a la perpetuación de la República.

 

   Hasta tal punto es esto cierto, que si los republicanos tuvieran algo de inteligencia no criticarían jamás a Felipe VI. Es él el que hace posible que las responsabilidades de todas las faltas políticas no recaigan en la República, desacreditándola así como forma de gobierno. Los republicanos necesitan un Rey, aunque sea de mentira, para así no descubrir nunca que la República es un fracaso.

 

   Por su parte, la mayoría de los monárquicos, ignorando que defienden a un Rey ilegítimo, no se dan cuenta que no hay forma más eficaz de desacreditar la monarquía que el medio que utilizan para justificarla. Hay situaciones complejas que requieren soluciones complejas. Por desgracia, nos hallamos en una de esas situaciones, y se nos ha puesto en la alternativa de elegir entre la monarquía o un Rey en particular. No se puede estar a la vez a favor de la monarquía y a favor de un Rey ilegítimo, inoperante y absurdo, pues de ese modo se transmite la impresión de que la monarquía participa también de esos defectos, y que por lo tanto es absurda, inoperante e ilegítima. El daño es incalculable, pues todas las generaciones que nazcan y crezcan asociando la monarquía a la invalidez y la inoperancia de Felipe VI, serán los futuros detractores de esa forma de gobierno.

 

 

 

 

 

 

   Existe también una parte de monárquicos que son conscientes de la ilegitimidad de Felipe VI, pero que se abstienen de criticarlo para no compartir ninguna opinión con los republicanos. Este es un escrúpulo infantil y necio, porque no se trata de si pedimos el fin de esta dinastía como también hacen los republicanos, sino de los motivos por los que pedimos ese fin, que son muy diferentes. Que coincidamos en nuestro ataque a Felipe VI sólo marca nuestra diferencia radical, pues los republicanos quieren que abandone su cargo para que deje de haber Rey, mientras los monárquicos queremos que lo abandone para que comience a haberlo. No podemos tener fines más contrarios, por más que haya un punto de confluencia en los medios. En cambio, aquellos pseudomonárquicos que apoyan a Felipe VI, si bien difieren de los republicanos en ese punto, coinciden con ellos en lo esencial, que es mantener el estado actual de liberalismo corrosivo que esa regencia republicana permite y alienta.

 

   La monarquía nos pide en este momento un sacrificio, que es el de compartir en un punto el deseo de los republicanos. Toda la valentía y la audacia que nos pediría en defensa de un Rey legítimo en circunstancias normales, nos las pide ahora para repudiar a un Rey ilegítimo. De nada le sirve a la monarquía que la defendamos nominalmente si en la práctica contribuimos a su ruina, en nada le alivia que utilicemos el nombre de un Rey para demoler el trono, no es una ventaja, sino todo lo contrario, que muera a manos de su caricatura. Un último servicio nos pide: que no seamos sus súbditos quienes nos convirtamos en sus verdugos, que su última visión no sea la de la traición, que si ha de morir, lo haga por los golpes de los enemigos de Dios y de la Patria.

 

   En el momento más complicado de la monarquía, cuando más nos necesita, luchemos por defender su vida, hagamos todo lo posible para salvarla de su extinción, pero si finalmente ha de desaparecer, que al menos no deba pensar en su último estertor: Tu quoque, fili mei?