Año nuevo, vida nueva”. Frase hecha si las hay, falsa y mentirosa. Nada ha cambiado en el lapso que va de la noche del 31 de diciembre al 1 de enero. Nada. Con un moderado pero intenso optimismo pesimista, me atrevo a decirles a los amantes del tópico cliché, que este todavía está por verse. Nada ni nadie puede afirmar que el 2021 será mejor, también podría ser peor. Nada es seguro, física cuántica podría decir y asomarnos incluso al “principio de incertidumbre” del físico teórico alemán y premio Nobel, Werner Karl Heisenberg, que dirigió el proyecto de Adolf Hitler para obtener un arma atómica. 

Heisenberg afirmó que no podemos medir simultáneamente y con infinita precisión un par de magnitudes conjugadas. Es decir, es posible medir con infinita certeza la posición de una partícula, pero al hacerlo surge una completa incertidumbre sobre su momento preciso. Digamos que podemos saber con exactitud que nos dirigimos hacia el desastre, pero -según la física cuántica- no sabremos cuando será exactamente. Ahí estamos. 

Pero mejor bajemos un nivel y pasemos de la física cuántica para intentar ver por dónde van los tiros en este año que recién comienza, usando mejor la ley formulada por el ingeniero aeroespacial norteamericano conocido mundialmente por su apellido: el famosísimo Murphy, Edward Aloysius Murphy, y su: “si algo puede salir mal, saldrá mal”. El resultado de esa ley sí que no falla nunca y es políticamente más correcta y fácil de entender que la del científico nacionalsocialista.

En definitiva, viendo lo visto hasta ahora, el 2021 no pinta nada bien. Una frase conocida, absolutamente escatológica, y que hasta este momento he rehusado a utilizar, afirma que: “Los optimistas creen que comeremos mierda. Los pesimistas creen que no habrá para todos”. Viendo fríamente la situación en la que estamos inmersos, no hace falta ser demasiado espabilado para intuir que, con el moderado pero intenso optimismo pesimista que me caracteriza, comeremos mierda y habrá para todos.

Nos dieron a elegir entre libertad o vacuna experimental redentora, dignidad o sumisión y obediencia, y hemos elegido la segunda opción. Nos han confinado, aterrorizado, enmascarado, vigilado, multado y obligado a aceptar sin replica el dictado global de la nueva normalidad de una dictadura sanitaria, aplaudiendo a rabiar y haciendo subir en las encuestas a los gestores políticos del fatídico año pandémico. Los telediarios han pasado de informar y dar noticias, a darnos órdenes y a decirnos qué, quién, cómo, cuándo, dónde, y por qué -las cinco W de primero de periodismo, que en realidad son seis- pero en modo orwelliano, como mandatos taxativos para seguir viviendo al menos un día más en medio de pandemia. Además, todo esto sin discusión alguna, alineados a la nueva corrección sanitaria para no correr el riesgo de ser tildados de negacionistas, conspiranoicos, terraplanistas y lunáticos. Cada día que pasa, me convence más la afirmación del saboyano Joseph de Maistre: “Cada Nación tiene el gobierno que se merece”. 

El virus afirmó los proyectos políticos globalistas y a sus efectivos peones nacionales. Nunca antes se conjugaron actores políticos altamente incapaces, mediocres y malvados dictando los destinos de millones, ejerciendo el poder discrecional absoluto para implantar la cultura de la muerte y los derechos de entrepierna, mientras sumergen a sus pueblos en el subdesarrollo económico y cultural. El Covid-19 ha convertido a los hombres en corderos conformistas, acríticos, temerosos, en seres monovisionarios mononeuronales, ignorantes acerca de lo que significa en realidad la Vida con mayúsculas. Las sociedades actuales actúan como rebaño, solamente esperanzadas en la única religión mundial y verdadera, la de la ciencia con sus comités de expertos fantasmas o de nómina funcionarial que salvarán sus degradadas existencias. 

Los ciudadanos, de momento, o duermen el sueño de los justos o están bajo los efectos de alcaloides o del LSD multicolor de la gobernanza mundial consumiendo voluntariamente heces. La coprofagia se convirtió en gustosa coprofilia.  El ser humano se termina acostumbrando y adaptando a casi todo ante la muerte del espíritu. Y ahí es cuando se asemeja su dieta más a la de una mosca que a la de sus abuelos.

Prefiero quedarme con el principio de la incertidumbre que, con la ley de Murphy, y así tal vez tengamos posibilidad de no cambiar de dieta. Por lo menos hasta el año que viene.