El incendio de la catedral de Notre Dame en París, el 15 de abril de 2019, fue para muchos el símbolo de la próxima caída de la civilización occidental, una imagen difícil de olvidar y una señal de advertencia ante los oscuros tiempos que se avecinan. También era otra iglesia ardiendo, una más, dentro de esa epidemia inexplicable de templos cristianos quemados en Francia. Cuando las llamas se apagaron, se anunció la reconstrucción de la catedral, un trabajo que, según el gobierno de Emmanuel Macron, devolvería el histórico edificio a su forma original. Sin embargo, la ocasión era demasiado buena para que los fanáticos de la corrección política la desaprovechasen y, pese a las promesas iniciales, el proyecto de reconstrucción pretende “mejorar” la catedral gótica del siglo XIII.

Según los planes publicados en el Daily Telegraph el pasado 26 de noviembre, los responsables de la renovación de la catedral de Notre Dame han decidido retirar confesionarios, estatuas y retablos originales para sustituirlos por estatuas modernas que reflejen los “valores” contemporáneos y hacer la catedral más agradable para los turistas. Además, las capillas laterales se transformarán en un “sendero de descubrimiento”, un recorrido que permitirá conocer las culturas de África y Asia, y en cuyas paredes, cubiertas por murales modernos, se expondrán citas bíblicas en idiomas de todo el mundo, incluidos el árabe y el chino. La nueva religión de la “histeria climática” también estará representada en Notre Dame, y el final del recorrido será una capilla dedicada al medioambiente. Para hacer el recorrido más intenso, también se han previsto efectos de luz y sonido que pretenden crear “espacios emocionales”. Según el periódico británico, hubo incluso propuestas más descabelladas, como una piscina, que fueron descartadas. 

Lo único que volvería a su forma original sería el tejado y la icónica aguja del siglo XIX, aunque también eso fue discutido por el globalista Macron. En opinión del presidente francés, la aguja también necesitaba renovarse y tener un aspecto más moderno, tal vez rematada con una media luna visto el camino al que está llevando a Francia. Sin embargo, la nueva aguja no le gustó al arquitecto jefe de la catedral, Philippe Villeneuve, que nada más conocer el nuevo diseño amenazó con presentar su dimisión. Esto causó una polémica con el general retirado Jean-Louis Georgelin, el hombre designado por Macron para supervisar la reconstrucción de Notre Dame, que le espetó a Villeneuve que “cerrara la boca”. A pesar de esto, Villeneuve se salió con la suya y la aguja se volverá a erigir con su forma original.

Muchas voces han calificado el proyecto de aberrante y de degradar una catedral que es un símbolo de Francia. El conocido arquitecto Maurice Culot calificó el proyecto como una Disneylandia políticamente correcta, “es como si Disneylandia entrara en Notre Dame. Lo que se proponen hacer […] nunca habría ocurrido en la Abadía de Westminster o en San Pedro de Roma. Es una especie de parque temático, muy infantil y trivial, dada la grandeza del lugar”. Marine Le Pen también se ha manifestado en contra de lo que ha calificado como una “masacre”. Para la política francesa con cada una de las decisiones tomadas en la reconstrucción de Notre Dame, “nos degradan, nos empobrecen, nos ridiculizan y nos desposeen”.

Por el contrario, los primeros que deberían haber alzado la voz ante esta locura, la jerarquía eclesiástica, parecen estar de acuerdo con esta modernización. El arzobispo de París, Michel Aupetit, señaló que los planes actuales “traerían la catedral al siglo XXI”. Aupetit presentó su renuncia al Papa Francisco a causa de la publicación de una relación íntima con una mujer en 2012. La renuncia fue aceptada el pasado jueves, por lo que el Arzobispado parisino está ahora vacante. Sólo cabe esperar que su sucesor defienda Notre Dame en su forma original.

Macron parece querer volver a los años de la Revolución Francesa, cuando la catedral fue nacionalizada y destinada al culto de la razón. Se robaron y destruyeron innumerables obras, y decenas de estatuas medievales fueron decapitadas. La catedral se encontraba en un estado tan ruinoso después de las guerras napoleónicas que las autoridades contemplaron su demolición. Sin embargo, gracias al interés generado por “El jorobado de Notre Dame”, la novela de Victor Hugo, la ciudad decidió salvar la catedral. Ahora, Notre Dame se enfrenta al culto de la sin razón, del wokismo y de lo políticamente correcto. Ya no se trata de destruir el cuerpo, se trata de matar su alma. Los “valores” contemporáneos son incompatibles con lo sagrado, con lo bello y con todo lo que representa nuestra civilización, y son el caballo de Troya que nos destruirá desde dentro. Notre Dame ha soportado revoluciones, guerras, saqueos e incendios, y ha vuelto a alzarse una y otra vez, pero no resistirá las llamas de lo políticamente correcto.