La exposición mediática del Papa es un fenómeno que puede parecernos “normal” y que de hecho lo es en esta fase de la Historia. Pero es un fenómeno tan aparatoso que inevitablemente, afecta a la vida de los católicos, si no en lo sustantivo de su fe, al menos en la forma de vivirla.

Durante siglos, un católico podía morirse muy tranquilamente sin saber siquiera quién era el Papa. O sabiéndolo solo de forma muy brumosa, ignorando si era gordo o flaco, alto o bajo, taciturno o dicharachero, finísimo teólogo o un palurdo pastor.

Durante siglos, a un católico le bastaba con saber que en Roma había un hombre que era Vicario de Cristo en la Tierra. Y que ese hombre, cuya sucesión estaba asegurada, custodiaba el depósito de la fe que él profesaba, heredada de sus antepasados.

Durante siglos, un católico vivía su fe en la oración, en la frecuentación de los sacramentos y en la celebración comunitaria. Y las únicas enseñanzas que recibía eran las que el cura de su aldea lanzaba desde el púlpito y las que le transmitían sus mayores, al calor del hogar. Así ocurrió desde la fundación de la Iglesia hasta hace unos pocos siglos. Y aquella fue la edad de oro de la Cristiandad.

Antes de alcanzar esta fase mediática de la Historia hubo otra fase intermedia, en la que la difusión de la imprenta permitió a un católico curioso conocer los pronunciamientos del Papa en cuestiones de fe y moral, a través de sus encíclicas. Y también si acaso, las dificultades que el Papado atravesaba, en medio del concierto político internacional.

Para entonces un católico conocía la efigie del Papa, gracias a las estampitas. Y si era lector ávido de periódicos y revistas, podía hacerse una idea somera de las líneas maestras de su pontificado.

Pero una inmensa mayoría de católicos seguía ignorante de tales particulares. Y seguía viviendo su fe al modo tradicional: en comunión con sus vecinos y atendiendo a las enseñanzas del cura de su aldea, que tal vez fuera un santo o tal vez un hombre de moral relajada y hasta disoluta. Cuestión ésta, que al católico de a pie se le antojaba más bien baladí, pues le bastaba con saber que, santo o libertino, ese cura mientras oficiaba la misa, era “otro Cristo”.

Era una época en que las instituciones estaban por encima de las personas que las encarnaban.

Pero llegó esta fase mediática de la Historia y todo se descabaló. El Papa de repente, se convirtió en una figura omnipresente. Y el católico de a pie empezó a conocer intimidades, a menudo peregrinas, sobre el Papa.

Empezó a saber si el Papa padecía gota o calvicie. Empezó a saber si le gustaba el fútbol o el ajedrez. Empezó a saber si era austero o magnificente en el vestir. Si calzaba zapatos de tafilete o cordobán. Si gustaba de probarse el sombrero de mariachi o el tricornio que le obsequiaban los fieles que recibía en audiencia, o declinaba tan insólito honor.

Y se le dijo que conociendo tales intimidades peregrinas, el católico podría amar más acendradamente al Papa, pues de este modo se tornaría más “humano”, más “cercano” y “accesible”. Afirmación por completo grotesca, ridícula, pues el Papa no tiene otra misión en la tierra que ser Vicario de Cristo en la tierra. Y para aproximarse a Cristo, para hacerlo más “humano”, “cercano” y “accesible”, el mismo Jesucristo ya nos dejó la receta: “Porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed y me disteis de beber. Peregrino fui y me acogisteis”, etcétera.

No es conociendo intimidades peregrinas del Papa como el católico se acerca a Cristo, sino padeciendo con los más pequeños e indefensos, en los que Cristo se copia.

Cabe preguntarse si por el contrario, esa omnipresencia mediática del Papa no contribuye a que la fe del católico se distraiga o enfríe. Cabe preguntarse si el seguimiento mediático del Papa no tan solo en sus pronunciamientos sobre cuestiones que afectan a la fe y a la moral, sino en las más diversas gilipolleces y chorradas cotidianas no genera una suerte de “papolatría”, en todo ajena a la Tradición Católica y más bien limítrofe al fenómeno fan que provocan cantantes, futbolistas o actores. Cabe preguntarse también si esa exposición mediática tan abusiva del Papa no genera una distorsión en la transmisión de la fe. Pues si Cristo hubiese deseado que la fe se transmitiera “a lo grande”, habría inventado de una tacada el megáfono, la radiofonía, las antenas repetidoras, la línea ADSL, la TDT y las redes sociales de Internet. Y habiendo podido hacerlo, prefirió que la fe se transmitiera en el calor del trato humano, a través de pequeñas comunidades que fueron ampliándose mediante el testimonio personal e intransferible corazón a corazón de nosotros, sus seguidores.

Y a tenor de lo expuesto, no puedo dejar de referirme a la guerra en Ucrania, que como todas –no sólo ésta–, provoca horror, caos, destrucción y un sufrimiento indecible no sólo en los soldados de ambos países en disputa que en la flor de su juventud son conducidos a la muerte, sino en la población civil.

Y dentro de este caos infame, los medios de comunicación nos asaltan día a día, con noticias de solidaridad de los españoles.

Solidaridad entendida de una manera ajena a nuestra Tradición y a nuestra Fe en Cristo.

No importa “dar de comer al hambriento, beber al sediento o dar cobijo al necesitado”. Lo que importa es salir en el telediario cotidiano. Tanto esfuerzo de personas a menudo horadas, anónimas, para que su recompensa se vea pagada por los treinta segundos que dura la noticia.

Este es el fruto de una cultura relativista, hedonista, en donde tiene más valor el “postureo” que lo que en otros tiempos y como católicos, conocíamos como “Caridad”, que no es otra virtud, que la ayuda al necesitado POR AMOR A DIOS.

“Cuando des limosna, no toques trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres…”. “Pero tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna sea en secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

Ahora está de moda ayudar a refugiados ucranianos y no seré yo quien lo critique. Pero día a día en cualquier calle de nuestras ciudades, vemos a otras personas pidiendo limosna y ni siquiera les regalamos una sonrisa.

Hay hombres, mujeres y niños en España, que por cualquier circunstancia se ven privados de una mínima calidad de vida, se encuentran en situación de “exclusión social” o no pueden alimentarse con el mínimo recomendable de tres comidas diarias; algo que en el caso de los niños puede llegar a suponer una tragedia que determine su futuro.

Pero son personas que no vienen de Ucrania, de la guerra. Ni vienen del África subsahariana.

Su tragedia queda acrecentada por el hecho de ser españoles y como tales, ver que sus propios compatriotas y su propio des-gobierno prefiere ayudar a otras personas y a ellos, apartarles como apestados.

Esta suerte de “idolatría” o culto a la persona y al “postureo”, inventada por los descreídos materialistas, de moral relativistas llega incluso, a la propia misa dominical de cualquier pueblo del orbe cristiano.

A menudo me incomoda escuchar a las “viejas” que al salir de misa, discuten sobre lo bueno o malo que es el cura. Parecen no entender que la misa es la conmemoración de un Sacrificio llevado a cabo por el mismísimo Hijo de Dios y es sobre todo, el Dogma de nuestra fe: el recuerdo de la Resurrección; el triunfo sobre la muerte que trasciende al hombre hacia Dios. La misa no es el culto al cura y lo que allí se dice es simplemente, sobriamente, contundentemente, serenamente, la Palabra de Dios. Palabra que ningún hombre tiene poder ni facultad, para contravenir o modificar a su antojo, en la misa.

Mejor nos iría, si atendiéramos a lo verdaderamente enjundioso y nos olvidáramos de las cuitas sobre curas, obispos y papas que, mejores o peores, tienen la misión de reunir el rebaño de fieles y llevarnos ante Dios, a través de su Hijo Jesucristo. Y Jesucristo ya pronunció las más bellas palabras jamás escritas.

Ojalá ayudar a los demás, empiece por una Caridad bien entendida, ayudando no sólo a quienes sufren la consecuencia perversa de la guerra, sino también a nuestros compatriotas que por haber perdido su trabajo, acaban padeciendo hambre de pan y hambre de una Patria que les ignora.