Sentíamos que no estábamos bien, pero la pandemia ha evidenciado que estamos peor de lo que suponíamos. El Estado no funciona, y las instituciones del mismo no saben dar respuestas. La situación parece que es seguir hasta dónde lleguemos y, después, ya veremos cómo se reconduce. Y eso que VOX abre un quicio de esperanza. Veremos, porque la situación puede degenera de repente, y conducirse de forma trágica.   

    El paro llega al 21 % de la población activa española, computándose un millón de personas si incluimos a quienes están en situación de expedientes de regulación temporal (ERTE), cuyos contratos en la mayoría de los casos se rescindirán. Entre los jóvenes el paro alcanza en cifras reales, que no son las del Gobierno, el 24 %: cuatro de cada 10 jóvenes. Los hogares donde todos sus miembros están en paro alcanza la cifra de casi dos millones. Y cada vez hay menos hogares con todos sus miembros trabajando. Uno de cada cinco euros de los fondos europeos vienen a España, y al día siguiente se tienen que gastar. Las empresas anuncian que sin “flexibilidad de contratación y despido” no sobrevivirán. Y el FMI exige que se fiscalicen las ayudas a España porque no se fían de los objetivos que da el Gobierno del  déficit que acumulamos ni en lo que se quiere gastar.

    Se habla de que grupos inversores, los que sean y se dediquen a lo que sea -pongamos que al narcotráfico, la trata de mujeres o el comercio de órganos- para que intervenga en España a fin de acordar una estrategia de inversión consistente en situar el valor de las acciones de las grandes empresas artificialmente. Supongo que de admitirse se tendría que derogar su correspondiente delito penal. 

    A lo que hay que añadir que la asignación económica que el hijo (Felipe VI) no le dará al padre (Emérito) no la devolverá al Estado, sino que la empleara para modernizar la Casa Real (cirugías estéticas, coches, ropa, remodelación de la piscina y de la sauna, muebles, ordenadores, televisiones…).

    Pero no caen las Autonomías, al frente de las cuales sus virreyes se han hecho fuertes con la pandemia (en la de Madrid reina una chica que hasta hace dos días tenía como cometido pasear al perrito de su jefa, Esperanza Aguirre, y estaba encantada con su peluquero). Ni se reduce el número de parlamentarios: congresistas y senadores. No se liquida el Senado o el inoperante y absurdo, absurdo en el caso de España, Tribunal Constitucional, aparcadero de enchufados. Ni se reduce la Administración General, ni el número de asesores ni de cargos de confianza. Por cierto, saben ustedes algo del Tribunal de Cuentas o del Banco de España.  

    A los españoles comienza a parecerles todo una gran farsa, importándoles la política un bledo. La realidad española está absolutamente deteriorada, y el conjunto de recursos acumulados que permiten aumentar las posibilidad de acción de nuestra sociedad absolutamente degradado. Por si no fuera suficiente, la confianza en las instituciones está en entredicho, y el diálogo como forma de entendimiento en la sociedad, quebrado. Los españoles comienzan a entender que todo es una farsa, y hasta desprecian eso de que los “poderes del Estado emanan del pueblo”. Abrumados, comienzan a sentir y entender lo principal, los valores que todos compartimos, lo que nos une: la Patria, el Pan y la Justicia. Estamos ante la oportunidad para la reflexión. 

    Es lógico que José Antonio Primo de Rivera emerja como el “pensador para alumbrar las ruinas” de esta España, a un instante de suicidarse.

    Nacido en Madrid, en 1903, y fusilado por el Frente Popular en 1936, recuperarle es hoy una obligación que se hace necesaria en dos sentidos: en cuanto a la centralidad de su obra política, y en cuanto al sentido cívico de su legado personal. Así pues, es necesario leerlo, asimilando receptivamente su discurso, que no ha perdido actualidad, y reivindicar su vigencia y trascendencia, porque él, José Antonio, representa una línea de honda raigambre contra toda tiranía, y conciliación entre lo temporal y lo eterno, aunando a todos sobre los valores que compartimos: la Patria, el Pan y la Justicia.