Es muy posible que hoy pocos recuerden quién fue el estadounidense Alvin Toffler (1928-2016). Autor de varios libros superventas como El shock del futuro (1970), The Eco-Spasm Report (1975) o La Tercera Ola (1980), entre otros.

Los títulos mencionados compitieron en popularidad en su momento –en el contexto de la new age– con los relatos de ficción de Isaac Asimov y Erich von Dänekin, siendo encuadrados por muchos en un terreno próximo debido a su naturaleza especulativa. Sin embargo, lejos de un futurismo orientado hacia las estrellas, las predicciones de Toffler se han revelado, en muchos aspectos, extraordinariamente precisas. Y más allá de que Toffler tal vez se sintiera tentado a encarnar al mismísimo Hari Sheldon de la Fundación (1951-53) de Asimov, sus augurios más bien nos recuerdan las pesadillas descritas por Huxley o Bradbury.

Como veremos, Toffler anticipó la agenda y propósitos del entonces naciente movimiento globalista, ejerciendo una notable influencia en la conformación de nuestro presente. Hasta el punto de que, más allá de figurar como “futurólogo” en Wikipedia, puede considerarse uno de los primeros ideólogos y propagandistas de ese Nuevo Orden que llamamos Globalismo. De hecho, Toffler gozó incluso de un estatus académico como profesor universitario en The New School de Nueva York, lo que otorgó un aura de respetabilidad “científica” a las conjeturas y vaticinios planteados en sus libros.

Como veremos, no es exagerado afirmar que Toffler prefijó la agenda 2030 e, incluso, la forma de imponerla; empezando por considerar su advenimiento como irremisible, aunque para ello fuese preciso forzarlo un poco: “El gobierno del cambio es un esfuerzo por convertir ciertos (futuros) posibles en probables”. (El shock del futuro, Plaza y Janés, Barcelona, 1982, p. 571).

Planteándolo como un proceso inevitable, Toffler también expuso el objetivo globalista de destruir las naciones por la doble vía de la disgregación interna y la disolución en un ente mayor: “Una serie de fuerzas tratan de transferir el poder político hacia abajo, desde la nación-estado a regiones y grupos subnacionales. Las otras tratan de desplazar el poder hacia arriba, desde la nación a agencias y organizaciones transnacionales. Juntas, están conduciendo hacia un fraccionamiento de las naciones de alta tecnología en unidades más pequeñas y menos poderosas […] habremos de inventar formas políticas totalmente nuevas que traigan una apariencia de orden al mundo, un mundo en el que la nación-estado se ha convertido, a casi todos los efectos, en un peligroso anacronismo”. (La Tercera Ola, Ediciones Orbis, Barcelona, 1985, capítulo XXII, El fraccionamiento de la nación, p. 303 y p. 317).

Un texto en el que se advierte fácilmente cómo el autor pretende hacernos cómplices de su forma de pensar incorporándonos a un plural obligatorio –“habremos de”–, y en el que, por otro lado, se percibe un mayor afán por condenar lo que considera “caduco” que por entenderlo. Aunque tampoco cabe extrañarse, pues el éxito de Toffler se debió, en gran medida, a su retórica tramposa y a una amplia gama de recursos “populistas”: formulaciones reflexivas neutras para fingir un sereno distanciamiento, mostrándose como espectador imparcial de una dinámica pretendidamente natural o espontánea pero, por supuesto, previamente orientada; un lenguaje innovador para atraerse a los ignorantes y snobs; coacciones de orden moral como la apelación al sentir de la mayoría o al sentido inexorable de los tiempos bajo la eterna amenaza de “no quedarse atrás”; plurales inclusivos que buscan, asumen o exigen la complicidad del lector; promesas apetecibles; sofismas… Todo un repertorio destinado a manipular más que a persuadir, guiado por la aparente seguridad del autor sobre presupuestos indemostrables. Es decir, una manipulación basada en la inoculación de una esperanza; en la confianza entusiasta en un futuro percibido como alcanzable, o, si se prefiere, en la inducción de un sueño que entremezcla y confunde la realidad con la pura especulación o fantasía.

Toffler pronosticó “la inminente superlucha” entre los dos bandos enfrentados: “Uno, comprometido con la civilización de la segunda ola; otro comprometido con la de la tercera. Uno permanece tenazmente dedicado a preservar las instituciones: la familia, el sistema de educación colectiva, la corporación, el sindicato, la nación-estado centralizada y la política de gobierno seudorrepresentativo. El otro reconoce que los problemas más urgentes de hoy, desde la energía, la guerra y la pobreza hasta la degradación ecológica y la quiebra de las relaciones familiares no pueden ya resolverse dentro del marco de una civilización industrial”. (LTO, 419-20).

De modo que, en estricta observancia de la corrección política, asumamos la división que aquélla establece. “Por suerte”, Toffler resolvió por nosotros lo que es “más urgente”, lo que resulta “obsoleto” y “superado”, o lo que “debe” superarse; como ese marco de convivencia que no dudó en reprobar en virtud de su antigüedad.

Todo ello, por descontado, no impidió a este gran gurú del globalismo amparase en el buenismo de sus “nobles intenciones” para eludir cualquier responsabilidad en el conflicto que anunciaba, erigiéndose, ni más ni menos, que en defensor de la paz. “Cabalgar contradicciones” lo llaman algunos, pero señalar un enemigo, denigrarlo de todos los modos imaginables y pretender a continuación y como conclusión –como hace Toffler con total desparpajo en La Tercera Ola– una “transición pacífica a la democracia del siglo XXI” no deja de resultar chusco. Pues recuerda demasiado la vieja añagaza comunista de vestirse con la piel del cordero “pacifista” mientras socava y sustituye la democracia adjetivándola como “democracia directa”, “democracia real” o “democracia del siglo XXI”.

Por supuesto, Toffler se posicionó a favor de ese proceso globalista que tiene en el ecologismo otra de sus patas: “[…] la tercera ola da origen a grupos con intereses cuya amplitud rebasa los límites nacionales. Forman la base de la emergente ideología globalista a veces denominada «conciencia planetaria»”. (LTO, p. 315). Asumiendo no ya como deseable sino como imperativa una determinada conciencia social “si se quiere alcanzar con éxito la nueva fase de desarrollo eco-tecnológico”. (El shock del futuro, p. 568).

Y tampoco se molestó mucho en ocultar la vocación hegemónica y naturaleza totalitaria del Globalismo, limitándose a invocar como coartada la vieja monserga de perseguir el bien de la Humanidad: “El globalismo se presenta como algo más que una ideología servidora de los intereses de un grupo limitado. Exactamente del mismo modo que el nacionalismo pretendía hablar en nombre de la nación entera, el globalismo pretende hablar en nombre del mundo entero”. (LTO, p. 315).

Pero díganme ustedes si el espíritu que anima estas líneas no está transido de un hondo belicismo: “estamos presenciando en la actualidad los comienzos de una rebelión filosófica dirigida a derrocar las presunciones imperantes de los últimos trescientos años. Las ideas fundamentales del período industrial están siendo desacreditadas, menospreciadas, abandonadas o subsumidas en teorías mucho más amplias y más poderosas […] La aceptación, durante los tres últimos siglos, de las creencias centrales de la civilización de la segunda ola no se logró sin encarnizada lucha. En ciencia, en educación, en religión, en otros mil campos, los pensadores progresistas del industrialismo lucharon contra los pensadores reaccionarios que reflejaban y racionalizaban las sociedades agrícolas. Hoy son los defensores del industrialismo quienes se ven acorralados, mientras empieza a tomar forma una nueva cultura, una cultura de la tercera ola”. (LTO, p. 283-284).

¿Y qué es esto sino la reproducción del viejo maniqueísmo socialista que identifica lo progresista como “bueno” y lo reaccionario como “malo”? ¿Acaso no persigue su legitimación acogiéndose al clásico esquema de la “sucesión natural”, invocado una y mil veces a lo largo de la Historia en toda sustitución de un régimen por otro? En la civilización occidental y, me atrevería a decir, en cualquier civilización. Circunstancia que, en sí misma, no refuerza precisamente la posición del futurólogo. Pues si la nueva mentalidad que pretende abanderar el cambio se rige por los mismos patrones que la sustituida y por los que ésta fue condenada, ¿de qué cambio estamos hablando? ¿Cómo puede sostenerse que es más avanzada y mejor la óptica de nuestros visionarios salvadores si reproduce el mismo análisis parsista de quienes combate?

En fin, “pequeñas” contradicciones que no está de más señalar.