La última semana ha estado copada por la polémica estallada en el seno del Partido Popular. El conflicto entre el núcleo de Pablo Casado y la presidenta madrileña apunta a finalizar con la dimisión del primero y un nuevo hombre al frente del principal partido de la oposición (al menos en escaños). Los votantes del Partido Popular pueden estar de enhorabuena: Alberto Núñez Feijóo, al menos mediáticamente, tiene una aureola de ganador de la que carece Pablo Casado, por eso no es de extrañar que pueda formar un tándem con Isabel Díaz Ayuso que incomode a los principales partidos de la izquierda. Incomodidad, en todo caso, por la perspectiva de que con ellos el Partido Popular sí pueda ganar unas elecciones generales y arrebatarles las poltronas; en el terreno ideológico, en cambio, el líder gallego no apunta a presentar ninguna batalla más allá de presumir de buena gestión, exactamente como su homóloga madrileña.

Antes del lío sobre el presunto espionaje a Isabel Díaz Ayuso ya pudimos ver a Pablo Casado en su máxima expresión. Pedro Sánchez, a propósito de los resultados autonómicos en Castilla y León, le exigió que los socialistas sólo le facilitarían ese gobierno si el Partido Popular así lo solicitaba públicamente, si explicaba por qué Vox debía permanecer fuera de las instituciones y si se comprometía a no pactar con ellos nunca más; es decir, que desde el Partido Socialista imponían al Partido Popular cómo debía gestionar su propio proyecto. Me van a disculpar la ordinariez, pero a Pedro Sánchez sólo le faltó exigir a Pablo Casado que se pusiera de rodillas delante de todo el Congreso y se marcara un Mónica Lewinsky. Como era de esperar, no hubo ninguna respuesta contundente por parte de Pablo Casado; nada extraño, teniendo en cuenta que hablamos de un hombre sobre quien penden sospechas en cuanto a lo mucho que tuvo que hincar los codos para aprobar sus estudios universitarios y que, a pesar de todos sus asesores, no tuvo más que una salida vergonzante a por qué acudió a una misa donde pedían por el alma de Francisco Franco. Por algo Pedro Sánchez echará de menos a Pablo Casado y sus palabras de despedida no son una simple cortesía: para el actual presidente del Gobierno, era el líder de la oposición ideal. Allá donde estén, Manuel Fraga y Gonzalo Fernández de la Mora presenciarán abochornados a lo que han quedado reducidos sus herederos.

También se ha debatido mucho acerca del espectáculo ofrecido por el principal partido de la oposición. Ha sido algo similar a lo que ocurre cuando se habla de corruptelas: las propias siempre se presentan como casos aislados y puntuales que en nada desmerecen al resto de la organización, mientras las ajenas resultan algo intolerable e indigno para la democracia. Por eso los partidos del Gobierno de España han actuado como si el conflicto entre Pedro Sánchez y los barones socialistas jamás hubiera ocurrido, y como si pablistas y errejonistas jamás hubieran reñido ni terminado en escisión. Y eso por hablar única y exclusivamente sobre las peleas por los sillones... ¿Quién no siente vergüenza ajena cuando los socialistas definen al Partido Popular como una estructura de corrupción? Por fortuna para el principal partido del Régimen de 1978, a la mayoría de los españoles ya les resulta indiferente la corrupción protagonizada por los gobiernos socialistas, tanto como la protagonizada por los populares. La degradación política ha llegado al extremo de que el nivel de los discursos y consignas de los principales partidos está a la altura de los niños de parvulario, dicho sea con todo el respeto para los críos. Por eso, siendo demasiado generosos, hay tan poco que decir en realidad sobre el conflicto público-interno acaecido en las filas del Partido Popular.