Mientras estamos de vacaciones con millones de parados sin ingreso alguno, ERTEs, Mínimos Vitales o ayudas sin cobrar, y a un par de semanas del comienzo del curso escolar 2020-2021 sin saber a día de hoy cómo será dentro de la Nueva Normalidad, o peor aún, si comenzará en realidad, ya se oyen voces que advierten del inminente desastre:

La deuda creada por la pandemia no tiene precedentes y tendrá que ser saldada principalmente por los jóvenes de hoy. Es nuestro deber asegurarnos de que tengan todas las herramientas para hacerlo mientras vivan en sociedades mejores que las nuestras. (…) En algún momento Se acabarán los beneficios y se mantendrá la falta de cualificación profesional, lo que puede sacrificar su libertad de elección y sus ingresos futuros. (…) Durante años una forma de egoísmo colectivo ha inducido a los gobiernos a desviar capacidades humanas y otros recursos en favor de objetivos con un retorno político más seguro e inmediato: esto ya no es aceptable hoy. (…) La sociedad en su conjunto no puede aceptar un mundo sin esperanza. Debe, reunir  todas sus energías y redescubrir un sentimiento común, buscar el camino de la reconstrucción. (…) Precisamente porque hoy en día la política económica es más pragmática y los líderes que la dirigen pueden usarla discrecionalmente, debemos tener muy claros los objetivos que nos marcamos.

Si pensáis que estos argumentos son de algún líder soberanista, identitario o ultraderechista os equivocáis. Tampoco son de Marine Le Pen, Matteo Salvini, Viktor Orban o Janez Janša. No, al menos la mayoría de los europeos deberían conocerlo ya que su firma circula aún en pocos euros que llevan en los bolsillos. El dueño de esas palabras es Mario Draghi, el ex presidente del Banco Central Europeo hasta  el año pasado, y han sido pronunciadas hace un par de días.

La deuda contraída a causa de la pandemia y usada discrecionalmente de manera política por los gobiernos al frente de un barco sin timón, como muchos de la UE, y una generación perdida a causa de la poca o nula formación, pondrá tarde o temprano a Europa de rodillas ante el avance inexorable de los poderes globalistas que buscan la hegemonía en este siglo XXI. Cuando el mismo Mario Draghi advierte de este peligro, la cosa va en serio.

Mientras tanto, en el laboratorio de vanguardia del mundialismo en el que estamos, seguimos pendientes de si combinamos la mascarilla con la falda, del peligro del avance de la ultraderecha ante el acoso antidemocrático a la intimidad y descanso estival de alguna pareja ministerial, o si se prefiere la republica a la monarquía discutiéndolo en las redes sociales o en una terraza protegida por plexiglas y distancia de seguridad.

Esto va más allá de la política de partidos y de viejos esquemas ideológicos que pretenden interpretar la realidad. Ante la pérdida del sentido común generalizado, no solo el futuro de los jóvenes que deberán asumir semejante desgracia está en juego, sino también lo que queda de presente.

Solo con la audacia, el coraje, la entrega y la dignidad de los pueblos y naciones que se resisten al magma global del pensamiento único habrá salida. De lo contrario, hasta Mario Draghi tendrá razón.