Nada existe por sí mismo. La naturaleza, que experimentamos en el tiempo, tuvo que tener, cuando comenzó el tiempo, un origen, tanto del mundo inanimado o geológico como del que recibe la vida, pues es dentro de la naturaleza donde existe lo vivo, plantas y animales que reciben la vida, y que podemos llamarles “seres”, no porque se den la vida a sí mismos, sino porque reciben el “ser” y al recibirlo tienen vida y la pueden transmitir, porque sus organismos, crecen, nacen, se reproducen, es decir transmiten la vida al siguiente eslabón de la cadena vital y, finalmente, mueren.

            Siendo lo vivo algo que se puede conocer, contar, medir y pesar, es sorprendente advertir que por más de que se propague, la vida se transmite reproduciéndose sin agotar su capacidad de transmitirse, lo que nos pone delante de la intuición de la existencia de una fuente de la que mana la vida, de donde procede el ser. Imaginemos una habitación oscura, con las puertas cerradas, en la que prendemos la luz de una bombilla que ilumina los objetos. Si abrimos una puerta la luz también ilumina el espacio que se ilumina al abrir, pero la luz que reciben los objetos que hay en la habitación, no reciben menos luz al estar la puerta abierta. La luz que ilumina el espacio abierto no afecta a la que ilumina el interior. Igual que esta luz que reciben los objetos interiores no disminuye al ampliarse el espacio iluminado, la vida, al propagarse, tampoco se gasta.

            Al resultar evidente que el ser natural recibe la vida, es igualmente evidente que no es suya de forma absoluta; la planta o el animal, viven y cumplen inconscientemente su ciclo vital propagando la vida ejercitando el instinto que han recibido. El hombre, en cuanto animal, se encuentra insertado en esa misma dinámica, pero al disponer de memoria, razón intelectual y voluntad, dispone de un margen de actuación que le hace distinto del resto de los seres vivos que se encuentran en la naturaleza, y por ello, porque tiene libre albedrío, está llamado a actuar consecuentemente y lo que implica reconocer que la vida que ha recibido tiene que proceder necesariamente del ser, de quien tiene ser y, porque lo tiene, lo puede donar, ya que nadie puede dar lo que no tiene y por tanto el ser no es fruto de la naturaleza, pues ésta se limita a transmitir la vida obedeciendo a las leyes naturales y cuando parece que se consume se aprecian reacciones naturales que impiden su desaparición. Sin embargo la vida, que procede del ser, se desarrolla dentro de la naturaleza y no se gasta cuando se transmite, porque tiene su origen en el Ser, el que existe por sí mismo que lo dona constantemente a lo creado para que haya vida. En síntesis, la naturaleza se limita a transmitir la vida y la vida procede del Ser.

            Siendo el hombre receptor de la vida, ¿cómo es que se erige en dueño de la misma con un poder ilimitado como es eliminarla antes de su nacimiento o de su muerte? Él hombre que ha recibido la vida gratuitamente y que debe respetarla y transmitirla ¿cómo adopta la decisión de suprimirla violentamente en el seno materno, o de administrarle productos que le causen la muerte?

            Los eufemismos son productos lingüísticos que tratan de encubrir una realidad dramática o trágica, como es el caso de disfrazar la eliminación de una vida usando la palabra “interrupción” cuando el embarazo abortado no se puede reanudar. Más sibilina es la palabra “eutanasia” que usando el término cuyo significado etimológico es “buena muerte”, -¿quién estaría en contra de algo bueno? – la cultura dominante la aplica a la decisión de suprimir la vida de una persona que por edad o enfermedad, resulta gravosa a la familia o a la sociedad.

            El hombre habiéndose auto-establecido como dueño con poder ilimitado sobre aquello que se le ha concedido y depositado en su esfera de decisión, está fomentando las relaciones estériles y contra natura, e introduciendo vínculos afectivos artificiales que pretenden sustituir a los vínculo naturales y, por ello, propios de la naturaleza. Así se corta la cadena natural de transmisión de la vida, cuyas consecuencias para la especie humana se anuncian alarmantes, en un proceso del que también participan los impedimentos para la transmisión cultural de relaciones humanas, formas necesarias para la convivencia, y conocimientos, etc., impidiendo o dificultando el paso de todo el acervo cultural a las sucesivas generaciones.

            Estas manifestaciones de nuestros convulsos últimos siglos, coinciden con unas realidades culturales que tratan de “divinizar” a la Naturaleza, como planteaba un documento que se titulaba “¿Dios es verde?”. Acordándome el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas, me impacta ver un local cuyo título invita a amar al planeta: “Dear planet”. Cada vez con más asiduidad se extiende la costumbre vegana de no comer productos de origen animal, (no actúan igual con las plantas que también viven, pero el eliminar su vida no parece que les preocupe); también se prohíbe la caza, incluso en legítima defensa, contra los ataques de los lobos o jabalíes o se penaliza con multas el robo o eliminación de huevos de espacies naturales, mientras se tolera el aborto de seres vivos humanos, etc., todo ello nos lleva a pensar que vamos camino de repetir la historia del pueblo hebreo que, olvidados del Dios de la vida, que les había liberado de la esclavitud de Egipto, construyeron, bajo la presión social del pueblo, un becerro de oro para sustituir a Dios y adorarlo, y para realizar esta idolatría fue necesaria la intervención de un sacerdote conocedor de la técnica de la fundición, el levita Aarón, hermano de Moisés.