Las crisis colectivas, en la Historia, son siempre un drama humano (social, económica y políticamente) pero también una oportunidad de cambio y mejora. Y en la crisis del Coronavirus en España, que ha afectado profundamente al país durante el año 2020, hemos comprobado ambas dimensiones. 

En primer lugar, es visible el alto nivel de destrucción nacional, en términos de pérdida de vidas humanas y de eliminación de empleos, demostrando para diferentes estudios y medios la realidad de España como real y presente “Estado fallido”: por la negativa gestión de la misma, económica (la segunda peor en la OCDE) y sanitariamente (siendo líderes en el número de fallecidos e infectados); o por la enorme división interna entre partidos y regiones, que ha impedido respuestas unitarias y eficaces. Y en segundo lugar, contemplamos como la notable solidaridad colectiva, la enorme capacidad de lucha de emprendedores y trabajadores, y la defensa ciudadana de la libertad de expresión en estos tiempos tan duros, pueden ser signos de la oportunidad histórica para construir esa posible y futura “España soberana”.

No habíamos ganado

Habíamos vencido al virus. Así lo proclamó el presidente español, Pedro Sánchez, en sede parlamentaria en junio de 2020. Objetivamente la curva se había doblegado, las Ucis se habían vaciado, los españoles se podían ir de vacaciones, y la economía parecía remontar algo en datos de paro y producción. Era la gran victoria para España y para el Gobierno socialista-comunista. En lo político, las encuestas no detectaban gran desgaste del Ejecutivo (especialmente beneficiado en las del CIS), y en lo económico se anunciaba entre aplausos el triunfo en la negociación de las ayudas de la UE para la reconstrucción: 140.000 millones, de los que más de 72.000 serían subvenciones o transferencias para proyectos de innovación y desarrollo; pero había letra pequeña: no serían fondos para los pagos corrientes tan necesarios (especialmente para sufragar el “escudo social”), tendrían condiciones de reformas estructurales, y los mismos no llegarían hasta 2021 o 2022.

La “nueva normalidad” hablaba de co-gobernanza: Las Comunidades autónomas serían las responsables de gestionar dicho escenario con, y el gobierno central se limitaba a una función de coordinación inter-territorial. Además, se anunciaba que esa vacuna tan deseada podría llegar pronto. En la carrera internacional para crearla en tiempo récord, 48 vacunas se encontraban en ensayos clínicos, destacando entre ellas Moderna, AstraZeneca, Novavax, Johnson & Johnson, Novartis, Pfizer, CanSino o Sinovac (descartando por motivos políticos la vacuna rusa Sputnik V); y el Ministerio de Sanidad, Salvador Illa, afirmaba que ya se habían comprado 31 millones de dosis de la vacuna contra el COVID-19 de AstraZeneca, y que llegaría a España en diciembre de 2020 o en enero de 2021. Los niños volverían a la escuela y La Liga de fútbol regresaba sin público pero en las plataformas digitales de pago. Parecía en principio del fin de la “Pandemia contra España”.

Aunque pronto se demostró que era una victoria pírrica, o directamente falsa. Desde principios de septiembre creció de nuevo, lentamente, la curva de contagios en España, acelerándose en octubre, llegando a ser nuestro país líder en la tasa de infectados por millón de habitantes. La generalización de las pruebas PCR y los rastreos (considerados insuficientes) no fueron capaces de mantener a raya al virus, aunque contribuyeron a dar una mejor radiografía de la realidad de la infección. El nuevo descontrol nacional se mostró cuando el final del verano hizo estallar de nuevo la Pandemia, surgiendo brotes por doquier: en julio se vieron afectadas Aragón y Cataluña, en agosto se encontraban focos en Murcia o Castilla y León, en septiembre se detectaba transmisión comunitaria en Madrid y de Navarra, y en octubre casi todas las regiones veían crecer de manera imparable sus números de infectados. España volvía a convertirse, medio año después, en uno de los epicentros de la Pandemia, que también crecía descontrolada por toda Europa en sus números de contagios y muertos (aunque sin llegar a las cifras de fallecidos de mayo de 2020).

Llegaba la Segunda Ola

Tras más de seis meses del comienzo oficial de la Pandemia en España, llegó la tan temida Segunda Ola, quizás antes de lo previsto por políticos y expertos. Tras un desconfinamiento progresivo y rápido, con el objetivo nacional de relanzar la economía nacional salvando la campaña turística, el comienzo del otoño en 2020 agudizó la crisis. La proclamada como “nueva normalidad” comenzaba a fracasar, por la acción de jóvenes alocados e irresponsables, fiestas universitarias, aforos siempre desbordados en bares o discotecas, aglomeraciones en el transporte público, falta de civismo de los habitantes de la “piel de toro” o nuestra incorregible naturaleza de contacto social. 

Pero una minoría, cada vez más visible, acusaba de la misma al Estado: falta de recursos en atención primaria, descoordinación autonómica, o una “desescalada” precipitada. Habían regrasado los turistas extranjeros (sin test en origen y con controles limitados en los aeropuertos), se salvaba algo del periodo estival, y los bares y restaurantes supervivientes levantaban sus persianas con limitaciones variables de aforo. La mascarilla se volvió obligatoria y habitual en espacios públicos y en cada esquina encontrabamos dispensadores de gel hidroalcohólico. Se volvían a abrir los colegios (generalmente de manera semipresencial), la vida social y cultural se recuperaba tímidamente, y muchas tiendas comenzaban a reanudar su labor tras los meses de confinamiento. Las Ucis se vaciaban y no se preveían nuevos colapsos hospitalarios (ante el protagonismo de la atención primaria, los test masivos y los rastreos de contagiados y sus contactos). Esperanza fundada en la voluntad política, la tendencia de casos, el final de la “desescalada”, y en modelos predictivos como el desarrollado por la Singapore University of Technology and Design, que llegaba a estimar que la Pandemia habría terminado en España, ni más ni menos, que el 9 de septiembre. 

Pero en pocas semanas esa publicitada “nueva normalidad” se comenzó a venir abajo. Un proceso de adaptación que demostraba ser bien temporal y frágil o bien simplemente mediático, en ese equilibrio polémico y difícil entre salud y economía, entre control y libertad.  El virus ni había sido derrotado ni había desaparecido, como demostraba el estudio de seroprevalencia; había retratado el mapa de la infección en España, reflejando como la enfermedad (o los anticuerpos por ella generados) solo estaba, u estuvo, presente en el 5,2% de la población (“Estudio nacional de sero-epidemiología de la infección por Sars-Cov-2 en España”, julio de 2020). 

Persistencia de la infección que provocaba el resurgir de controversias constantes sobre el mismo Coronavirus, especialmente sobre las medidas médicas y legales para controlarlo y las Fake news. En primer lugar, sobre la obligación de las mascarillas (cuando meses antes la OMS rechazaba su uso sistemático), el distanciamiento social (incumplido especialmente en los países nórdicos o anglosajones), del control de la movilidad (al atentar a la libertad individual), o de la futura vacunación masiva. En segundo lugar, en los tratamientos con productos como la hidroxicloroquina y el Remdesivir, en las dudosas formas de difusión de la enfermedad (con la nueva tesis de expansión por aerosoles), en las diferentes maneras de reducir la carga viral (desde enjuagues bucales al uso del medicamento Aplicov) o en la posibilidad de apostar por la costosa “inmunidad de rebaño”. En tercer lugar, sobre las consecuencias graves que se estaban detectando en el plano social, económico y sanitario ante las medidas confinatorias aprobadas por la mayoría de gobiernos en el mundo, coartando libertades y paralizando sectores enteros de la economía (de la restauración al ocio nocturno). E incluso reabriendo el debate sobre cómo llegó el COVID-19 a España: fundamentalmente desde Italia, sin advertir su experiencia previa y sin cerrar las fronteras (estudio del consorcio SeqCovid y el CSIC).

Y Madrid, tras el verano, se convirtió el epicentro español de la Pandemia, cualitativa y cuantitativamente. Ayuso contra Sánchez, la Puerta del Sol contra La Moncloa, una parte del PP contra el PSOE. Ante el aumento de contagios en las zonas sureñas de la comunidad de Madrid, su gobierno apostó por confinamientos selectivos (restricción de aforos, de horarios y de la movilidad) en función de áreas sanitarias, con el objetivo de no paralizar aún más la economía y considerar eficaz y mesurada una acción menos restrictiva, mientras el Gobierno central quería imponer el cierre total. La “batalla de Madrid”, entre dos gobiernos y dos formas de encarar la Pandemia, mostraba públicamente la dimensión política de nuestro país como posible “Estado fallido”: división y descoordinación.

Sergio Fernández Riquelme y varios autores: Pandemia contra España. Letras Inquietas (Septiembre de 2020)

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