Como he dicho en otras ocasiones, pocas cosas existen sobre las que podamos emitir un juicio sincero, pues en casi todas tenemos algún interés. Y en la propensión negativa o positiva hacia algo perdemos parte de nuestra hipotética objetividad. Los frentepopulistas, por ejemplo, ponen a los reyes al nivel de los hombres más abominables; los monárquicos sectarios, por el contrario, los colocan a un nivel por encima de las divinidades en poderío y soberanía.

Pero los caballos -como decía Carnéades- que no tienen por qué ser rencorosos, cortesanos ni aduladores, arrojan por tierra al hijo de un rey lo mismo que al de un costalero. De ahí que los poderosos se empeñen en dominar el arte de manejar los caballos. Y entiéndaseme, si se quiere, la metáfora, transformando a los equinos del ejemplo en crítica independiente.

Debemos aplicarnos a aprender de una vez por todas que, el mal, por instinto o por enseñanza, conoce el alma de las multitudes. Por eso, todos los criminales históricos, todos los sanguinarios totalitarismos saben que cuando cortan el cuello al disidente no lo están corrigiendo a él, sino a los que contemplan al ejecutado. Tanto las normas pandémicas como las despóticas leyes con que nos golpean diariamente las izquierdas resentidas y sus amos no atienden al derecho sino a la coacción más descarnada.

Buscar la amistad de quienes nos procuran el bien es una actitud que se ha sustituido en estos tiempos por la de hacernos amigos de los que tememos. Se teme al mal y nos hacemos sus seguidores. Los hombres y mujeres de esta época triste no tienen el coraje de enfrentarse al mal porque carecen de espíritu de sacrificio, además de valor para aceptar ser la parte más importante del problema. 

Nadie quiere hoy admitir su responsabilidad ni ser corregido. Y eso lo sabe el mal, que halaga a los tontos y a los cobardes, tanto como victimiza y asesina a sus críticos. Comprendemos lo difícil que es representar bien una comedia cuando vemos actuar a un mal comediante. Y, como decía Montaigne, un lenguaje torcido corrige mejor el nuestro que no el derecho. Lo que enoja o fastidia nos despierta mucho más que lo que agrada.

Pero, en definitiva, todos los debates, todas las conversaciones, buscan de modo más o menos consciente encontrar la verdad. Al menos esa debiera ser la meta de toda confrontación dialéctica. Y si ello no es así, lo debemos a fanatismos y vanidades que oscurecen nuestro juicio. Lo ideal sería aceptar la verdad y enaltecerla cualquiera que sea la mano en que la encontremos; rendirse a la verdad, al bien, a la prudencia, es la mayor forma de nobleza.

Pero ¿cómo actuar de buena fe dialogando con un tonto o con un malvado? No es posible. No es solamente el pensamiento y la verdad los que se corrompen, sino nuestra alma. ¿Cómo buscaremos la verdad, la esencia de las cosas, lo conveniente, con quien carece de contenido y continente para ello? Y a la ignominia y a la nesciencia debemos añadir la flojedad. Porque es inútil hacer reflexionar a esos pusilánimes que todo lo temen y, por eso mismo, todo lo rechazan y confunden desde el principio.

Quien se vale de insidias para salir al paso de una noción o de un espíritu que asedia el suyo, trata de poner cerco al oponente, auxiliado por su intolerancia, es decir, por su cerrazón dialéctica, buscando un conflicto intoxicador con el apoyo de sus manidas fórmulas de oficio. Son lenguaraces y, sufriéndolos, se comprende que es mejor hablar en las tabernas que con estos escolásticos de la charlatanería, que acuden más a sus consignas que a su entendimiento. Es sabido que los sectarismos hacen más abundante el rencor y a menudo también la bolsa, pero nunca mejoran el alma. La ideología puede ser un elemento muy útil para las almas bien nacidas, pero resulta muy dañina y perniciosa para todas las demás.

Torpes, contumaces y hostiles como se muestran en sus alegaciones y coartadas, ni penetran en lo que se dice ni en el por qué, y sus respuestas adolecen de los mismos vicios. No es lo malo su tendenciosidad, sino su testarudez en el error. No podemos vivir en la esperanza de estimular su buena voluntad, porque de los viles, de la nesciencia y de los tarugos no pueden salir ideas, sólo perversiones y descarríos.

Como el corazón del necio pregona su necedad y la boca del malo arruina a su prójimo, lo inteligente y cívico es alejarse de ambos y, si se puede, llevarlos de la mano al manicomio, a la cárcel o a la inopia civil. La regeneración que necesita España no es posible si no se aísla a los causantes -es decir, a los votantes- del desorden. De lo contrario, seguiremos heredando viento y cosechando ruido y furia. Porque de imbéciles, cobardes y malvados sólo se obtiene ruina y sangre.