A mediados del siglo XIX Carlos Marx afirmaba que un fantasma, el fantasma del comunismo, recorría Europa atemorizando a los viejos poderes. Les atemorizaba porque aseguraba que se iban a acabar sus escandalosos privilegios, dando paso a una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales. Efectivamente, ese fantasma se mantuvo recorriendo Europa durante más de un siglo, pero realmente estaba demasiado mal diseñado, y al final acabó perdiéndose por la inmensa estepa rusa sin que apareciera esa soñada sociedad.

 

Pero no nos quedamos sin fantasma, le sucedió uno muy distinto: el fantasma del neoliberalismo. Tenía un aspecto muy diferente, no pretendía atemorizar a nadie, al revés, prometía libertad, riqueza y bienestar a manos llenas. El problema es que eso no era para todos, sólo para los más competitivos. ¿Y los demás? Bueno, tampoco era para preocuparse demasiado. La riqueza de los más opulentos iba a desbordar y acabaría llegando a todos.

 

Pero había que aceptar los principios del liberalismo: ambición sin límites, competencia despiadada, proceder sin el menor escrúpulo, indiferencia ante el mal ajeno y olvido de cualquier reparo moral. Se aceptaron, y la corrupción que vemos estallar cuando se mete el dedo en cualquier rincón escondido es una de las consecuencias de la aceptación de esos principios.

Pero había que aceptar sus principios: ambición sin límites, competencia despiadada, proceder sin el menor escrúpulo, indiferencia ante el mal ajeno y olvido de cualquier reparo moral. Se aceptaron, y la corrupción que vemos estallar cuando se mete el dedo en cualquier rincón escondido es una de las consecuencias de la aceptación de esos principios.

 

La riqueza efectivamente llegó a los más opulentos, pero de ninguna manera ha desbordado. Al revés, para el ciudadano común lo que llegó fueron los recortes, la austeridad, el paro, la precariedad y para muchos la pobreza. La desigualdad se disparó brutalmente, con las inevitables consecuencias de los desequilibrios y el malestar social.

 

Y lo peor de todo es que sus principios ideológicos y morales sí se impusieron arrolladoramente. La cultura, la mentalidad neoliberal produjeron y siguen produciendo la corrosión del sentido moral, de la solidaridad humana, del sentido de justicia. El resultado es la ceguera moral y la globalización de la indiferencia ante el sufrimiento de los seres humanos. El capitalismo, por detrás de la imagen seductora que nos presenta su publicidad, ha creado una sociedad dura, hostil, donde Los lazos que unen a unos seres humanos con otros, y que son básicos para realizarnos como seres sociales, están machacados por una competencia implacable e incesante. Y el esfuerzo para realizarnos como personas, con todas nuestras posibilidades y nuestras cualidades más elevadas, está sustituido por el afán de lucro, por la búsqueda del beneficio económico a cualquier precio.

 

Difícilmente encontraremos una muestra más clara de esta ceguera moral y de esta cruel indiferencia hacia el dolor humano que la unánime decisión de los gobiernos europeos sobre los refugiados. Los relatos de la odisea de esos millones de seres humanos que huyen de la muerte, provocada en gran parte por las políticas de las potencias occidentales, las imágenes conmovedoras y los fríos datos, no son capaces de conmover el duro egoísmo de los gobiernos y de buena parte de nuestras sociedades. Es verdad que millones de personas se han movilizado indignadas por esta cruel indiferencia. Pero otros muchos reclaman todavía más mano dura con los refugiados. Y detrás de esas multitudes inhumanas una sombra aparece, un nuevo fantasma, el fantasma de Adolf Hitler.