Alguien dijo una vez que, si grazna como un pato, camina como un pato y se comporta como un pato, entonces, seguramente sea un pato. Y eso es evidente. Sin embargo, la Civilización Occidental, o lo que aún se conserva de ella, parece envuelta en una ceguera adormecedora que anestesia hasta el coma inducido su propia racionalidad. Una Civilización, nacida en Europa, en la cual la fe y la razón han sido sus pilares fundacionales, hoy parece querer destruirse a sí misma, primero matando a Dios y luego a la racionalidad y a la propia naturaleza humana.

Según un artículo publicado en la web del Foro Económico Mundial, fechado el 15 de febrero de 2017 titulado “Ocho predicciones para el mundo 2030”, así como el video con el mismo título del 6 de marzo del mismo año del canal oficial de YouTube del Organismo, queda reflejado de manera explícita la hoja de ruta a seguir por el también conocido como Foro de Davos. En estos documentos manifiestan -nunca viene mal recordarlo- lo siguiente:

“1. En 2030 no tendrás nada y serás feliz. Podrás alquilar cualquier cosa que necesites y te la llevará un dron a casa”.

“2. Estados Unidos no será la primera potencia mundial. Un puñado de países le sustituirá”.

“3. No tendrás que esperar a un donante de órganos. No se harán trasplantes de órgano, sino que estos se crearán”.

“4. Comerás menos carne. No será un alimento básico para el bien del medioambiente y tu propia salud”.

“5. Mil millones de personas tendrán que desplazarse por el cambio climático. Tendremos que hacer un mejor trabajo de bienvenida e integración de estos refugiados”.

“6. Las empresas tendrán que pagar por emitir dióxido de carbono. Habrá un precio global estandarizado para el carbón. Esto acelerará la desaparición del uso de combustibles fósiles”.

“7. La humanidad podría viajar a Marte. Los científicos estarán trabajando para hacer una estancia saludable en el espacio, lo cual puede facilitar la investigación”.

“8. Los valores occidentales serán puestos a prueba. Los valores que sustentan nuestras democracias deben ser considerados”.

Las predicciones (sic), sus intenciones y su integración total y absoluta en los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas o Agenda 2030 son tan elocuentes que no merecen mayor análisis. Tal es así, que una elite de empresarios, especuladores financieros, intelectuales, periodistas, científicos y políticos de las más diversas orientaciones marcan el camino a un organismo supranacional del que forman parte los Estados nacionales, y estos los asumen como propios acríticamente sin someterlos a la opinión popular. Nos encontramos ante la privatización del poder político, la perdida de la soberanía y, por ende, de las libertades democráticas. Si se expresa como una tiranía, se mueve como una tiranía y se comporta como una tiranía, entonces, seguramente sea una tiranía.

En la apoteosis del capitalismo triunfante frente a la caída del bloque soviético a fines del pasado siglo, Occidente comenzó a recorrer un camino que lo ha llevado a dejar de ser lo que fue y acabó metamorfoseándose con el poder globalista. Incluso, su nuevo antagonista chino, acabó siendo una especie de hibrido totalitario de partido único y control social con el turbocapitalismo más salvaje. Ese es el modelo buscado por el Globalismo, el sucesor natural del Occidente degradado.

La hegemonía planetaria de estos nuevos valores impulsados por la ONU en su Agenda homologada con la del Foro de Davos son los que, aunque no lo parezca o no queramos verlo, se imponen día a día y sin pausa en nuestra cotidianidad. Solo basta ver la programación de las televisiones, los mensajes informativos, las publicidades en todos sus formatos, las plataformas de entretenimiento de pago, los contenidos educativos en todos los niveles, y hasta la perversión del uso del lenguaje inclusivo que poco a poco va ganando normalidad, nos valen para entender el porqué de las propuestas y políticas de partidos, proyectos gubernamentales y presupuestos tienen una sola dirección: la de la tiranía de la corrección política globalista.

Es indudable que el mundo está cambiando, y en el nuevo escenario actual aparecen dos actores que se disputan el protagonismo. Uno de ellos es el que encabeza la globalización sin fronteras y la uniformidad sin rostro propugnada por las elites. El otro, su único oponente, es el que encarna la libertad, la soberanía y la identidad nacional de los pueblos.

Cicerón ya nos lo advirtió hace más de dos mil años: “la evidencia es la más decisiva demostración” y ante ella solo los necios pueden negarla. Si está a la vista, no se oculta y se pregona infatigablemente cual es el tipo de sociedad que los poderosos desean que vivamos como nuevos siervos de la “glebalización”-parafraseando a Diego Fusaro- pero nos negamos a verlo, tal vez, el mismo sabio romano nos dé la respuesta de lo que nos espera: “Cuando un pueblo está decidido a ser esclavo y se halla degradado, es una locura tratar de animar de nuevo en él el espíritu de orgullo y honor, de libertad y amor a las leyes, pues abraza con entusiasmo sus cadenas con tal que lo alimenten sin ningún esfuerzo por su parte”. Los hombres de hoy, aún libres, son los únicos que finalmente podrán dilucidar el dilema.