Vladimir Putin ha devuelto la realpolitik a Occidente a base de cañonazos y bombas en Ucrania. Si los talibanes provocaron una vergonzosa huida de los Estados Unidos de América en Afganistán, con sus principales aliados participando en el sálvese quien pueda, no sorprende que los rusos hayan optado por pasar a la acción bélica para impedir que coloquen más misiles apuntando contra ellos en sus mismísimas fronteras. Ucrania contará con todo el respaldo mediático y moral de la Unión Europea, la OTAN y Yanquilandia, pero ninguno parece de momento por la labor de intervenir como más lo necesita ese país: militarmente. Podrán esgrimir las razones que deseen (como que Ucrania no forma parte de la OTAN ni de la Unión Europea, así que no es posible intervenir legalmente) pero la realidad es que, propagandas al margen sobre democracia, derechos humanos y Estado de Derecho, el Occidente liberal no inspira ningún respeto a sus antagonistas rusos... y chinos. Porque el acercamiento de Rusia a China bien puede explicar por qué Rusia se ha lanzado a una intervención militar que, dejando a un lado las sanciones comerciales, también parece estarle saliendo caro en lo referente a las pérdidas humanas.

A lo que no hemos dejado de asistir desde antes de la intervención militar rusa contra Ucrania es a un nuevo y enorme episodio de la hipocresía globalista. Sí, Rusia ha agredido militarmente a un país que considera de su área geográfica de influencia... Exactamente lo que ha hecho Estados Unidos a mucha mayor distancia de su frontera, porque prácticamente ha visto el resto del mundo como su feudo. Sí, Rusia ha bombardeado las principales ciudades de Ucrania... Pero ver al viejo Joe Biden condenando la violación de la legislación internacional, como si su país jamás hubiera lanzado las bombas atómicas y el napalm sobre población civil, llama como poco a fruncir el ceño de indignación. Pero de las muchas hipocresías globalistas llama la atención, por anecdótica que parezca, la referente a las competiciones deportivas; los clubes y la selección rusa han sido expulsados, incluyendo el Mundial de Catar de este año. Sin ir más lejos, el pasado verano fue habitual escuchar durante la Eurocopa acusaciones de homofobia contra Rusia; no obstante, siempre se ha guardado un evidente silencio al respecto sobre la actitud nada gayfriendly de Catar. Parece ser que a la plutocracia que se esconde tras el globalismo, la misma que promueve con tanto entusiasmo las reivindicaciones de la agenda LGTB, a la hora de la verdad le hace más daño, en término de negocios, un misil ruso que la ley islámica y, por eso, puede tragar con que dos homosexuales no puedan ir de la mano en un país musulmán durante un evento deportivo (o en general) pero no con que Rusia intervenga en Ucrania para tener más poder geopolítico frente a sus rivales.

Y puestos a hablar de hipócritas, qué decir de los políticos españoles... Hace meses asistimos a una competición por ver quién acogía bajo su jurisdicción a más refugiados (mejor dicho, colaboracionistas) afganos. ¿Quién se acuerda de esa gente? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Siguen en España? Si es así, ¿en qué condiciones? Ahora se repite el espectáculo con los ucranianos. Cualquiera que escuche desde Ucrania a Pedro Sánchez o a Isabel Díaz Ayuso pensará que España es un país tan bien gestionado que puede permitirse el lujo de llamar a la acogida de la población que huye de la guerra muchísimo mejor que Rumanía o Polonia, cuando los que vivimos en España, seamos españoles o de origen extranjero, sabemos muy bien que de los políticos autóctonos bien poco (por no decir nada) podemos esperar. Eso sí, la generosidad del pueblo español con el sufrimiento de los ucranianos, especialmente con los niños (como se ha demostrado en otras épocas con infantes austriacos y saharauis), es algo que puede ayudarnos a conservar la fe en nuestro futuro ante la perspectiva de una sociedad cada vez más individualista y desaprensiva, si bien todas las muestras públicas de apoyo a Ucrania a las que hemos asistido por los grandes medios están intoxicadas por la propaganda globalista que miente con todo descaro al llamar dictador a Vladimir Putin. Porque el presidente ruso podrá generar todas las antipatías habidas y por haber, pero la Federación Rusa no es ninguna satrapía, sino un actor del escenario internacional que está jugando sus cartas exactamente igual que los demás países del mundo.