Señor, autorice que su padre vuelva a España, no sea que tenga que ir a recogerlo a Barajas en una caja de pino. Por Pablo Gasco de la Rocha

En la España de la corrupción generalizada, en la que durante cuarenta años se ha robado a manos llenas, reconozcamos que el asunto de su padre, el rey Emérito, se ha gestionado pesimamente, y no tanto en relación al desprestigio de quien fuera Rey, que comienza hacerse merecedor de ello tras perjurar lo que tan solemnemente juró, cuanto al desprestigio de la Corona. Lo que nos advierte que las Monarquías no caen por convencimiento, sino porque quienes las representan no son aptos, “no están a la altura de las responsabilidades del momento político”, como bien apostilló José Antonio Primo de Rivera cuando le preguntan sobre el debate entre Monarquía o República. De ahí aquello de “qué buen vasallo si hubiera buen señor”.

El asunto de su padre se ha gestionado mal, decimos, porque cuando se decidió que su padre tenía que “pechar” por todos los errores del sistema, se tuvo que haber gestionado todo lo que a su persona concernía de igual forma como se hizo con Felipe González, el “señor X” del GAL, el terrorismo de Estado frente a la aplicación de la Justicia que implemento y autorizo como presidente del Gobierno sin mayor contratiempo que haber sido señalado y obligado a declarar ante el Tribunal Supremo. Pues eso es lo que tuvo que pasar en relación a su padre, haberle hecho pagar por su fabulosa fortuna adquirida como comisionista y puesta a buen recaudo del fisco español. Porque, Señor, lo de su cuñado Ignacio Urdangarin tuvo un pase, lo de su padre tal ha sido gestionado no tiene ninguno para el prestigio de la Monarquía. Que eso es lo que ha buscado el Gobierno con toda la chusma que le apoya. 

Ahora bien, siendo está cuestión que ya no se puede enmendar, vengamos a dar al caso una solución plausible; una solución, medite bien esto que le digo, que muy seguramente sería aceptada por la mayoría de la población, comenzando entonces, por más gravedad y consecuencias que tenga el caso del Emérito, en poner el caso en relación con dos casos, de los muchísimos que podríamos poner, haciéndonos las siguientes preguntas….  

Señor, ¿qué pasa con los rufianes golpistas de Cataluña que puede que ni siquiera paguen el dispendio económico causado a España? ¿Y con Chaves y Griñán, ya sabe, los que fueron virreyes en Andalucía? ¿Acaso la ley no es igual para todos? Pues eso, ejerza su autoridad, la poca que tiene, y autorice venir a su padre, seguro que en esto le apoyan muchos españoles, la Jerarquía de la Iglesia y las Fuerzas Armadas. Con estos de su parte, como en tantas otras cuestiones, ¿qué y a quién puede temer? ¿Acaso, Señor, a una recua de maleantes que tendría con convertirse en cuerda de presos?

Autorice que vuelva y paute su venida. Que abone lo que le corresponda abonar, e ínstele que se recluya, un buen sitio desde mi punto de vista sería el Monasterio de San Jerónimo de Yuste, última morada del gran Rey Carlos I. Dele esa oportunidad, y al mismo tiempo tenga a mano a quien le puede dar consejo y beber de su experiencia. Sobre todo ahora que la Corona es un simple apéndice del que se puede prescindir sin mayores consecuencias. Lo que me da pie para decirle que la Monarquía necesita un Consejo del Reino, y todo Rey a una persona de enorme valía y sentido de Estado, incomodo siempre por su celo hacia la institución hasta el punto de ejercer de “Pepito grillo”. Pongamos que hablo de una persona como la que tuvo durante mucho tiempo su padre como instructor, preceptor, ayudante y secretario general de su Casa, el general Alfonso Armada, fiel hasta el final por patriotismo y lealtad a lo que creía que era lo mejor para España. El “mudo” del Rey Juan Carlos porque hay un amor que el corazón no entiende.

Finalmente, Señor, si con el padre se está como con la patria, con razón o sin ella, posibilite que su padre, cuando su vida se termina y arrastra la desilusión del exilio forzoso, inicie la última etapa de su vida llena oportunidades como sin duda nos merecemos todos, lo hayamos hecho mejor o peor.