Hace unos años un par de amigos y yo sacamos un libro, Exiliados del sistema, cuya circulación fue muy limitada. Uno de mis textos reflexionaba sobre la historia del soldado japonés Hiroo Onoda que, emboscado en la jungla de una pequeña isla filipina, no quiso creer que la guerra había terminado y no se rindió hasta 1974, veintinueve años después del fin de la contienda.

Más allá de la curiosidad histórica y humana, el valor de símbolo de este episodio lo vemos en que Onoda había seguido combatiendo una guerra que ya había terminado, perteneciente a un mundo que ya no existía.

La cuestión que se planteaba a partir de aquí era, naturalmente, si todos aquellos que denunciamos y somos contrarios a las ideas actualmente dominantes, no estamos también luchando una guerra que ya ha terminado. Si el rechazo radical de los valores hoy vigentes, o de gran parte de ellos, no es más que permanecer en la sombra proyectada por un mundo que ya no existe, que se va desvaneciendo, en la memoria y en la misma existencia física de aquellos que lo han vivido.

Es una cuestión poco cómoda pero insoslayable. Nos la debemos plantear, todos los que vemos hoy la civilización de Occidente como un cuerpo enfermo afectado por necrosis. Quienes negamos no sólo la concepción de “progreso” derivada de la ideología hegemónica, sino que también rechazamos la visión de la Historia como una línea recta cuya única dialéctica es la de avanzar sobre esa línea más o menos rápidamente, o hacia atrás. O lo que es lo mismo, quienes afirmamos la libertad y la indeterminación de la historia humana.

La respuesta a esa cuestión es clara: si nos limitamos a reflejarnos en el pasado seremos como ese soldado japonés, lo cual no tiene nada de vergonzoso o condenable en sí mismo; pero no tiene proyección y es algo que se agotará más bien antes que después. Puesto que no se puede dar marcha atrás y si ello fuera posible, sería sólo para repetir el camino, si queremos que nuestro rechazo al mundo actual sea fecundo, generador de realidades nuevas, no es posible solamente mirar al pasado, sino que todo debe incorporar un proyecto de futuro, con la vista puesta en las realidades del presente y sus problemas, únicos en cada momento histórico.

Cualquier proyecto viable debe tener en cuenta los problemas específicos de hoy. En particular, las ideas procedentes del siglo XX no pueden ser simplemente trasplantadas a la actualidad; siguen siendo útiles, pero principalmente para hacernos comprender cómo sirvieron para afrontar y dar una respuesta a los problemas de su época, cómo proyectaron en la política la concepción del mundo y de la vida que había tras ellas, su corazón metapolítico por así decir.

Podemos mencionar algunas de estas cuestiones específicas de hoy. La inmigración masiva, el hundimiento de la natalidad europea, viceversa la explosión demográfica en África y otros lugares. Los problemas ambientales. El ascenso de poderes mundialistas que quieren despojar de soberanía a las naciones. La globalización de los flujos de información que es inevitable, la movilidad global de personas y mercancías que, contrariamente a la moto que nos quieren vender, sí son evitables o regulables, porque dependen de voluntad política.

Una de las principales cuestiones es el carácter del mundo tecnológico en que vivimos, su relación con el poder y el papel del Estado. El estatalismo, en el sentido de la defensa de un Estado fuerte y la reivindicación de su misión, era un punto cardinal en las varias versiones del Fascismo histórico. Pero también en todos aquellos que podemos denominar un poco vagamente agrupar como “tercera posición” y que han intentado escapar de la alternativa entre capitalismo liberal y sistemas socialistas.

Hoy en día, quien se oponga tanto al capitalismo liberal como el parasitismo social de la izquierda psicológica (por sí decir), rechazando tanto la reducción de las patrias a parcelas en un mercado global como la descomposición social y sin fronteras de la izquierda cultural, casi fatalmente se ve abocado a mirar atrás, a esos modelos del pasado. Sin embargo, ese estatalismo en buena medida debe ser superado y precisamente en nombre de una Tercera Vía del siglo XXI.

Para darnos cuenta de ello consideremos el sistema chino actual. Que no es comunista aunque conserve la retórica y el nombre. La economía es capitalista aunque con una fuerte supervisión y el control estatal de los sectores estratégicos. La línea maestra es el interés nacional, el desarrollo económico y el aumento de la riqueza nacional; preferiblemente a través del mecanismo del mercado y la iniciativa privada, muy superior cuando se trata de crear riqueza al torpe colectivismo comunista. Peor donde eso no basta, como en los grandes proyectos estratégicos, la inversión a largo plazo para formar una clase técnica y científica, el desarrollo de tecnología espacial y militar, interviene el Estado. Como también lo hace para proteger el mercado interno, en una óptica de interés nacional y autarquía selectiva: la prioridad es la industria nacional y se deja entrar al extranjero lo mínimo necesario, exigido por las circunstancias.

Al mismo tiempo el control político depende de un Partido único y su burocracia. Se mantiene la soberanía monetaria totalmente en manos del poder político, a diferencia de lo que sucede en Occidente. Se fomenta el patriotismo y el orgullo nacional, servir en las Fuerzas Armadas es un honor. La educación es severa y selectiva, nada de estupideces inclusivas, aprobado para todos y toda la sarta interminable de gilipolleces de los estúpidos de la igualdad.

En breve, no tiene absolutamente nada que ver con la izquierda cultural ni con el comunismo del pasado. El sistema chino actual es lo que más se parece, si lo vemos prescindiendo de las etiquetas y del color rojo, a lo que sería una Tercera Posición del siglo XXI trasplantada desde el siglo XX. Naturalmente en versión oriental, desde raíces que vienen del confucianismo y no del cristianismo, desde una tradición que no valora el individualismo como la nuestra.

También, como sabemos por pequeños detalles que vamos conociendo, el gobierno chino utiliza hasta el máximo de sus posibilidades las herramientas de la tecnología para controlar y vigilar a su población. Otorga carnets por puntos de buen ciudadano, emitiendo una valoración en tiempo real o casi, de la conformidad y docilidad de sus súbditos, con implicaciones que pueden ser muy invasivas y limitadoras en la vida personal.

Creo que no es esto lo que queremos, que no es ésta nuestra Tercera Vía. Desde luego no vamos a cambiarles, a los chinos; ni a impedirles que se conviertan en una superpotencia porque, además de recursos naturales, sus recursos culturales e intelectuales son equivalentes a los nuestros. Pero podemos defender la identidad europea y occidental, formular nuestra tercera posición del siglo XXI, rechazando tanto el globalismo financiero de los señores del dinero como el globalismo de la podredumbre social de la izquierda cultural, sin caer en una pesadilla de control totalitario de la población por medio de la tecnología.

Entonces, si no queremos que esa Tercera Vía que buscamos se parezca más de lo que nos gustaría al modelo chino, lo que hemos de tener claro es que en su formulación hay que repensar y redimensionar el estatalismo.

El Estado de hoy no es el de hace ochenta años y es ni siquiera el de Franco. Entonces el Estado tenía sus límites; en el respeto de familia y tradiciones en algunos casos, en una limitación de la voluntad o la eficiencia del control en otros. Pero el principal límite era que no existía ese Gran hermano tecnológico que hoy está por todas partes, y éste es un dato que debemos tener muy en cuenta si no el dato principal. No es admisible ignorar que el Estado, hoy, puede entrar en nuestras vidas en una medida en que jamás antes ha podido hacerlo.

Ese estatalismo tan propio del siglo XX no sólo en la versión marxista, sino también en esas “terceras vías” en que hoy nos seguimos a veces inspirando, debe ser matizado y reformulado; se debe dar entrada a una componente muy robusta de pensamiento libertario, esa corriente que ha sido tradicionalmente fuerte en Estados Unidos que aboga por limitar el poder del Estado; en nombre de las libertades individuales, del no-control sobre las vidas, de la existencia de amplias esferas libres de la intervención o supervisión de los poderes públicos. En educación, en vida comunitaria y organización, en limitación estructural y no legal de la capacidad de controlarnos y vigilarnos.

Este es un gran trabajo que hay que hacer. Una conciliación que es casi cuadratura del círculo, probablemente un problema teóricamente insoluble pero que exige una solución práctica. Esto es parte de la gran tarea ideológica, metapolítica si queremos, si es que hemos de salir del marasmo actual, empezar una regeneración y asegurar nuestro futuro como civilización.

Conciliar opuestos que deben ser afirmados con energía porque ambos son indispensables. Poder estatal y pensamiento libertario. Identidad nacional y patriotismo europeo. Una de las cosas que siguen siendo válidas hoy como en el siglo XX, es que la Tercera Posición ha sido siempre una conciliación de polos opuestos, en dirección perpendicular a esa falsa perspectiva unidimensional impuesta en cada momento histórico por el poder dominante.