En los avatares de la humanidad, la ley del péndulo es una realidad histórica. Lo que hoy es apogeo, mañana puede ser zozobra. El mundo, que no es más que un balanceo perenne, como pensaba Montaigne, oscila de un extremo a otro. Todas las cosas en él se agitan sin cesar, máxime los comportamientos humanos, las relaciones sociales. Uno no puede asegurar su objetivo, porque él mismo va alterándose y variando su perspectiva en virtud de su naturaleza y sus circunstancias. Somos transitorios, al hilo del devenir universal.

 

Y tenemos que acomodar nuestra historia a la hora en que nos hallamos. No sólo puede cambiar nuestra suerte, también nuestras intenciones, conformadas por diversas e inestables contingencias, por ensueños y fantasías irresueltas, o contradictorias, o directamente frustradas. Y todo ello porque nosotros hemos cambiado o porque han sido los otros quienes se han acogido a distintas consideraciones. El hecho es que nos contradecimos con frecuencia, aunque la verdad, el fondo de las cosas y la esencial visión del mundo algunos nunca las bastardeen.

 

Mientras la sabiduría se sabe imperfecta, la suficiencia en todo se basta, hasta en el ignorar. Y, en su ignara jactancia, nunca se arrepiente, como vemos todos los días en las acciones de nuestros mandatarios, tan satisfechos de sus imperfecciones, de su deshonor. Mientras unos seres humanos enseñan en la excelencia, otros adoctrinan en la depravación. No hay vicio que no hiera, ni fealdad que no provenga de la torpeza o la ignorancia.

 

Los más temibles demonios no son los que se nos presentan con cuernos y rabo, en alto el entrecejo, las venas de la nariz dilatadas y bestial el rostro, sino quienes con su apariencia externa y su falsa sonrisa son capaces de pasmarnos y de ocultarnos sus malevolencias, distanciándonos de su verdadera perspectiva, distrayéndonos de su malvado fin.

 

De esto tenemos el vivo y sufriente ejemplo de nuestros gobernantes -como digo-, y de sus amos y cómplices, los cuales, en su perversión y codicia insaciables, en su lenguaje y gestos buenistas procuran ocultar el estruendo de sus acciones, cada vez más ominosas para los intereses patrios, porque al absorber permanentemente su propio veneno se hacen más y más venenosos.

 

Hay algo que a las izquierdas resentidas y a sus cuadrillas se les da bien: mentir y envenenar conciencias. Son expertos en malas artes. Sus vicios corrompen constantemente el tejido social y lo ensangrientan de rencor, desuniendo y degradando a la ciudadanía.

 

Han llegado al último grado de podredumbre, a ese que aboca a los seres humanos a su desaparición como personas. Estas hordas no temen en absoluto ofender el código de valores, universal e indudable, agarrándose a sus leyes, superfluas y falsas. Y cuanto más tramposas son éstas, y más particulares y contrahechas, más se empeñan en sostenerlas. Las normas sectarias de su ideología los ocupan y definen; las ordenanzas de Dios y las de los principios morales que se ha dado el mundo civilizado, nada les importan.

 

Pedro Sánchez es un mercenario al servicio del globalismo de Soros, un español renegado que odia a su patria y que está empeñado en destruirla, en parte por resentimiento y en parte por su servidumbre a esos grandes señores del poder que lo sostienen. Por enésima vez -Tribunal Constitucional mediante- ha quedado expuesto a la ignominia de sus actos ilegales e ilegítimos.

 

Pero, en contra de lo que clama la razón y el bienestar patrio, nunca dimitirá, al menos voluntariamente. Tampoco ninguna de sus excrecencias ministeriales tomará esa decisión por propio deseo. ¿Qué seres humanos moralmente monstruosos sienten horror de sí mismos? ¿Quién de entre ellos estima como delito sus prácticas liberticidas o sus crímenes? ¿Para qué malvado son sus aberraciones una carga o las consideran una desgracia?

 

Todo en ellos es carne agusanada que la salsa de su propaganda prestigia. Sus disfraces y sus gestos no engañan más que a los tontos. Con ellos la mentira consigue un puesto de honor. Y, como carecen de conciencia, nunca van a desarraigar su aberrante maldad sino echándola sobre los otros, sacando el ventilador de los detritos a pasear. De ahí que estos liberticidas y sus cómplices digan perenne e insidiosamente que VOX es un partido de extrema derecha; pero no, hoy por hoy es un partido de extrema necesidad. Sólo gracias a él y a la ejemplar minoría civil que se halla en movimiento, se están abriendo claros en la oscuridad.

 

Con todo lo que los españoles libres están pasando, no es una tontería tratar de preservarse del contagio de esta época sombría, gobernada por tarados morales y prometeicos lunáticos. Por higiene social, por profilaxis moral, estamos obligados a desterrar de nuestro lado a los culpables de la ruina y de la aflicción de millones de españoles. Obligados a señalar y encarcelar a los vengativos y envidiosos, a los que ofenden públicamente a las leyes, a los que no cumplen nunca su palabra y siempre, por sistema, engañan.

 

Obligados a poner grillos a estos endriagos que sus cómplices políticos y sociales encumbran o eligen y reeligen, porque no puede existir licencia alguna, menos aún en el tiempo en que vivimos, para seguir permitiendo que pongan sus degeneradas manos en nuestras almas y en nuestras bolsas, ni tampoco que puedan seguir viviendo impunemente a costa del esfuerzo y de la solidaridad de los españoles de bien. Y estamos obligados también a abrir los ojos de la dormida ciudadanía.

 

Poner orden en el desorden es una necesidad. España es hoy una nación triste y sombría, y es obligado abrir una brecha en esa terrible opacidad en la que tratan de envolvernos. Bajo las botas de estos traidores, en sus leyes totalitarias, en sus chiringuitos parasitarios, en sus alojamientos ideológicos, todo es vil y tumultuario. Viven de la sangre y del sudor de los trabajadores, y gozan de lo que roban, acreditándose a costa del temor, del secuestro, de la ruina, de la enfermedad y de la muerte de los aherrojados, de aquellos de quienes se aprovecha su patógena naturaleza.

 

Gobernar un pueblo consiste en hacer lo contrario de lo que hacen estos gorgojos. No gobiernan, destruyen. Estos victimarios odian, amenazan, traicionan, engordan su patrimonio a costa de sus víctimas, y actúan siempre al contrario de los espíritus nobles, que no tratan nunca de subyugar al mundo, sino de conducir la vida humana conforme a su natural condición. El valor del alma no consiste en encaramarse hacia lo alto, sino en marchar ordenadamente.

 

Poco a poco, con más lentitud de lo que sería imperativo, pero de forma ineludible, estas larvas van quedándose sin aire. Por otra parte, jamás la Providencia será tan enemiga de su obra como para consentir que se instale el desánimo en el rango de las cosas mejores; estamos obligados a tener esperanza, sin dejar de luchar, eso sí, contra la deslealtad.

 

Y no está demás traer aquí las palabras del valiente y animoso Gonzalo de Sandoval, uno de los capitanes de Cortés, previas a la batalla de Otumba, días después de la Noche Triste, dirigidas a aquellos soldados malheridos, mancos y cojos, que se replegaban hacia Tlaxcala, por los que corría la sangre de sus mataduras: «Ea, señores, que hoy es el día que hemos de vencer; tened esperanza en Dios que saldremos de aquí vivos; para algún buen fin nos guarda Dios».

 

Ni las del propio combatiente Bernal Díaz del Castillo, prudente español de armas y de letras, que en su Historia verdadera de la Nueva España las recoge: «Pues a nosotros no nos dolían las heridas ni teníamos hambre ni sed, sino que parecía que no habíamos habido ni pasado ningún mal trabajo. Seguimos la victoria…».

 

De eso se trata, de seguir combatiendo hasta conseguir la victoria sobre los demonios. Y apoyados en el ejemplo y el recuerdo de lo mejor de nuestra fascinante Historia.