La proposición de Ley para proteger la libertad de expresión presenta por Podemos e Izquierda Unida, cuyo cabecilla principal es Pablo Manuel Iglesias Turrón o Turrión (que su segundo apellido no está claro), registrada el martes en el Congreso de los Diputados, es todo un programa revolucionario de enorme alcance y naturaleza criminal por cuanto incluye la despenalización del terrorismo (supongo que el de extrema izquierda), la  legalización de las ofensas al himno nacional y a la bandera, y la eliminación de los delitos de injurias al Rey. ¿Qué más pruebas se necesitan para poner al margen de la ley a estas dos formaciones y a sus dirigentes? 

    Pero en España, y desde hace mucho tiempo, nunca pasa nada, y si pasa no importa. Que así nos va, aunque luego los responsables de la moral, de la misma existencia física de España y del orden jurídico hablen de Dios, la Patria y la Justicia. Claro que como bien dice el refrán… “Obras son amores y no buenas razones”.

    Respecto al fulano al que nos referimos, al que habría que liquidar políticamente y poner al margen de la ley, del camarada Turrón, decir que desde la Transición, y ya ha llovido, nunca se había llegado a sentir tanta repulsa por un político, si exceptuamos a Santiago Carrillo, ya saben, la rata de Pontejos. Y es que, aunque sabemos lo que piensa y siente este fulano, cabía la posibilidad que se templase a tenor del cargo que ocupa, el chale que tiene que pagar y la prole que arrastra. 

    Decimos que suponíamos que se templase, pero ya se ha comprobado suficientemente que su solidaridad con la delincuencia no se ha quebrado un ápice, y que su desprecio al ideal que define a España y a su convivencia le importa un bledo. La pregunta es obvia, ¿cómo puede seguir siendo vicepresidente del Gobierno de España un tipo de esta calaña?

    Cómo puede seguir representando a España un fulano abyecto y despreciable, grotesco y vil, y con tan enormes carencias físicas, morales e intelectuales, que deja a la vista sus peligrosos impulsos de extrema izquierda irredenta, su propósito de dividir a la sociedad española y la amenaza que representa para el estado de derecho. En definitiva, su intención de cargarse la estabilidad de la nación, subvirtiendo el orden social e impulsando un proyecto político revolucionario sobre las más burdas mentiras o medias verdades, que para el caso es lo mismo. Un fulano que junto con el presidente Pedro Sánchez, que le nombró y le apoya, coacciona a funcionarios y políticos para que se plieguen a sus postulados desde la consabida consigna de otro vicepresidente socialista: “quien se mueve no sale en la foto”.

    Liquidar políticamente a Pablo Manuel Iglesias es un deber de Estado Y la Guardia Civil no debería saludar más a este fulano, abyecto, vil y despreciable, que comete el mayor delito: la deslealtad a España desde el cargo de vicepresidente del Gobierno que representa a toda la nación.    

    La sociedad española debería empezar a cambiar su forma y modo de conducirse, porque la única certeza que mantiene es que no hay certezas con el añadido de que lo que es justo tiene que ser validado constantemente. Luchar por la existencia de España va a ser la principal tarea de las gentes de esta generación.