El torero Juan José Padilla se defiende. "Hay una federación de gallo combatiente a la que pertenezco y no es una práctica delictiva". En Andalucía y Canarias, legales siempre que se prohíban las apuestas, la presencia de menores y se hallen autorizadas por el ayuntamiento de turno. ¿Era legal a la que asistieron Padilla junto Morante de la Puebla y López Simón? Lo mismo da. Historia de infamia, recordad canarios y andaluces.

Preparación e inicio de la pelea

Estas aves herbívoras carecen, connaturalmente, de la agresividad suficiente para entrar en litigios con otros gallos. Esta falsa "violencia natural" es obtenida mediante la inicial selección de los machos - descartando a los más "débiles" - y el posterior proceso de entrenamiento y cruce entre ellos. Durante milenios, el sapiens sapiens ha creado alrededor de diez mil tipos de esta especie. Es normal que a la larga muestren violencia de manera casi automática al entrar en contacto con otros gallos, ya que han sido rigurosa y minuciosamente adiestrados para ello desde los dos lustros de vida.

Comienza el pugilato y todo se va envolviendo de plumas, uñas, trozos de pico y manchurrones de sangre. Alguna de las peleas, mejor, concluye en menos de un minuto por un diestro espolonazo que deja inconsciente o muerto a uno de los gallos. La mayoría de las peleas suelen tener una duración media de seis minutos hasta que un gallo cae herido o fallece. 

Las apuestas entre el público, de palabra sobre todo, comienzan a darse entre los espectadores. Muchísimos euros en juego. La madera ni está ni se le espera. La fiscalía, menos. Todo el mundo sabe dónde se celebran peleas clandestinas. Todo cristo calla. Acrisolada omertá. Ni un dedo se mueve. Y si nadie hace nada, todo idéntico a sí mismo en su extrema crueldad: absurdos piques, eufórico vocerío, babosas carcajadas y "graciosas" burlas comienzan a entremezclarse con pitidos y salidas de tono hacia la “camarera”, a veces en topless, que sirve las bebidas. El pestazo a hachís y a birra barata, más horror al asunto.

Espectadores, cobarde basura

Los dueños y espectadores, quizá al revelarse en los gallos la íntegra nobleza, honor y valentía de la que ellos mismos carecen, sencillo mecanismo de compensación psicológica, se elevan de sus sillas y sienten perturbación enorme. El espectáculo dentro del ruedo deviene equívoco debido a la gran celeridad con que los gallos batallan. En efímeros e inadvertidos torbellinos y batidas, advertimos en ocasiones a un gallo clavar la espuela en su propio cuerpo, procurando apresurar su fin, obligando al “juez” a detener el reloj y “recomponer” al desvencijado animal.

Mientras, las heridas y los daños en los cuerpos de las aladas criaturas son múltiples y en variadas ubicaciones: espolón, crestas, barbillas, lóbulos auriculares, cerebros, picos, patas. Destrucción total. Algunos picotazos rivales dejan al gallo aturdidísimo, llevando al animal a moverse arrastrando el cuerpo de costado.

En el “ring”, entre un diez y un quince por ciento de gallos mueren en la pugna. Sobre los gallos derrotados que quedan muy menoscabados es evidente su destino, pero a veces ignoramos qué ocurre también con algunos "triunfadores" que terminan con incurables e irreversibles heridas. De la gallera a la cazuela, qué gentuza más divertida. Si el gallo afloja para otra contienda, no existe motivo para seguir cuidándolo. En riesgo, el colosal negocio de las apuestas.

Peleas de gallos, sadismo y tortura

Traídos al mundo, criados y cuidados con el único propósito de un posterior disfrute sádico, cientos de gallos son sacrificados en tardes y noches de indecible tortura y sufrimiento intencionados. En las peleas de gallos no hay nada de honorable, tampoco bravura o cualquier virtud digna de ser tenida en cuenta. Es tan solo otra pieza más del abundantísimo catálogo de aberraciones del maltrato animal en su abyecta faceta de entretenimiento (y suculenta guita derivada) para los hijos de la gran puta humanos. Vómito. En fin.